miércoles, 1 de octubre de 2008

Lucas, sus pudores, de Julio Cortázar

Hoy no es para mí un buen día. Pero empieza octubre, el día trece hará ocho años que veía la luz Adalberto el mismo día que su padre terminaba su primer trabajo como ayudante de dirección en El cumpleaños de Carlos, el otoño se deja oír con lluvia en estas latitudes de exasperante calor y me obligo a intentarlo. Me dedico a estudiar, me releo Antígona (la de Sófocles) y vuelvo a Cortázar para respirar. Fuerzo mi sonrisa con los pudores de Lucas que recuerdo a diario. Se los dejo aquí:
"En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metros del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará de lo más bien, suave y silencioso, pero ya hacia el final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costada e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los mislos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas tiembla por él pues está seguro de que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente parezca no preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas e incluso lo cubre con choque de cucharitas en las tazas y corrimiento de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas es feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mámá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar exento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de la casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piececita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso de Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres."
Julio Cortázar, Un tal Lucas.
Este episodio de Lucas lo he tomado del libro Un tal Lucas, de Julio Cortázar, en la edición hecha por Alfaguara en 1997 y se encuentra en la tercera parte entre las páginas 153-157. No me cabe duda de que es manía pero me gustaba más el libro azul y hueso, también de Alfaguara que manoseé durante años y terminé regalando. El tipo de papel me parecía más apropiado para escribir sobre él, más gustoso.

2 comentarios:

sergio astorga dijo...

Vengo a visitarte y a disfrutar del gusto que tienes por los libros, por la materia en la que estan hechos: pulpa de madera y pulpa de espiritu.
Julio es una corteza y cortesía de palabras.
Un abrazo de papael pautado.
Sergio Astorga

siempreconhistorias dijo...

GRacias mil por tu visita, Sergio. Obsesa, sçi, de la palabra (verbo), del papel (tacto y olfato), soy. No sé si con criterio, pero con pasión. Tus comentarios son una fortuna.
Un abrazo sincopado.
izaskun-