miércoles, 3 de septiembre de 2008

El descubrimiento del alfabeto, de Luigi Malerba.

EL DESCUBRIMIENTO DEL ALFABETO
Al atardecer Ambanelli dejaba de trabajar y se iba a casa a sentarse con el hijo del patrón porque quería aprender a leer y a escribir.
- Empecemos con el alfabeto- dijo el niño, que tenía once años.
- Empecemos con el alfabeto.
- La primera de todas es la A.
-A- dijo paciente Ambanelli.
- Luego viene la B.
- ¿Y por qué primero una y luego otra?- preguntó Ambanelli.
Esto el hijo del patrón no lo sabía.
- Las han puesto en ese orde, pero usted puede usarlas como quiera.
- No entiendo por qué las han puesto en ese orden- dijo Ambanelli.
- Por comodidad- respondió el niño.
- Me gustaría saber quién se ha encargado de hacer este trabajo.
- Vienen así en el alfabeto.
-¿Quiere esto decir acaso- dijo Ambanelli- que la cosa cambia si yo digo que primero viene la B y luego la A?
- No- dijo el niño.
- Entonces sigamos adelante.
- Luego tenemos la C, que se puede pronunciar de dos maneras.
- Estas cosas las ha inventado al guien que no tenía nada que hacer.
El niño no sabía qué decir.
- Quiero aprender a poner mi firma- dijo Albanelli, no me hace ninguna gracia tener que poner una cruz cuando tengo que firmar un papel.
El niño cogió el lapicero y un trozo de papel y escribió: "Ambanelli, Federico", luego mostró el papel al campesino.
- Ésta es su firma.
- Entonces empecemos con mi firma desde el principio.
- La primera es la A- dijo el hijo del patrón, luego viene la M.
- ¿Has visto?- dijo Ambanelli-, ahora empezamos a razonar.
- Luego la B y luego otra vez la A.
- ¿Igual que la primera?- preguntó Ambanelli.
- Idéntica.
El niño escribía las letras de una en una y luego las recalcaba con el lápiz llevando con su mano la mano del campesino.
Ambanelli se quería saltar siempre la segunda A que a su juicio no servía para nada, pero un mes más tarde había aprendido a escribir su firma y por la noche la escribía sobre las cenizas del hogar ara que no se olvidara.
Cuando vinieron los del acopio del grano le dieron a firmar el recibo, Ambanelli se pasó por la lengua la punta del lápiz tinta y escribió su nombre. La hoja era demasiado estrecha y su firma demasiado larga, pero a los del camión "Amban" les pareció suficiente, y puede que por eso desde entonces muchos empezaron a llamarle "Amban", aunque poco tiempo después ya había aprendido a escribir más pequeña su firma y a ponerla por entero en los recibos del acopio.
El hijo de los patronos se hizo amigo del viejo y después del alfabeto escribieron juntos un montón de palabras, cortas y largas, bajas y altas, delgadas y gordas, tal como se las figuraba Ambanelli.
El viejo puso tanto entusiasmo que soñaba con ellas por la noche, palabras escritas en libros, en las paredes, en el cielo, grandes y resplandecientes como el universo estrellado. Algunas palabras le gustaban más que otras y hasta intentó enseñárselas a su mujer. Luego aprendió a juntarlas y un día escribió: "Consorcio Agrario Provincial de Parma".
Ambanelli contaba las palabras que había aprendido como se cuentan los sacos de grano que salen de la trilladora y cuando llegó a aprenderse cien le pareció que había hecho un buen trabajo.
"Ahora creo que ya es suficiente para mi edad."
Ambanelli se iba a buscar en los trozos viejos de periódico las palabras que conocía y cuando encontraba una se ponía contento como si hubiese encontrado un amigo.
Leer con mis hijos ha provocado el reencuentro con muchos libros y el descubrimiento de tantos otros.
Este cuento delicioso de Malerba, que por deformación profesional no puedo dejar de asociar con mi admirado Paulo Freire, está publicado junto a otro del mismo autor que lle va por título El agua del mar.
La edición que tengo y he usado es de una de esas editoriales cuidadosas que se agradecen: Gadir Editorial.
La traducción de los cuentos es de Francisco de Julio Carrobles y las ilustraciones de Teresa Novoa.
Por supuesto les recomiento el acercamiento al libro objeto.

2 comentarios:

Cachalote dijo...

Ahora que tengo más de un momento, me he detenido a leer otras cosas que tenías al fondo del cajón y he descubierto que eres una fantástica urraca, absoluta maestra en el arte de encontrar y coleccionar brillos de todas las formas y colores. Yo también (re)descubro las palabras que desenpolvas en tu blog y con ellas construyo mi sonrisa, como si hubiese encontrado una amiga.

Vuelvo a las profundidades. Espero encontrarte de nuevo, en cualquiera de las caras que utilices para expresarte*

siempreconhistorias dijo...

Demasiada ventaja la de tu conocimiento de mí, Cachalote. Y demasiado buenos tus comentarios para callar yo por el anonimato. Gracias, muchas, por encontrarme amiga y construir sonrisa. Gracias por estar y si te dejas pedir, no te sumerjas mucho, que no quiero hundirme con todas mis historias.
Un abrazo.
Izaskun