miércoles, 30 de julio de 2008

Tiempos, Izaskun Legarza

No hacía calor.

¡Estoy seguro, carajo! Seguro y aburrido de repetirlo:

No hacía calor. No hacía calor. NO HACÍA CALOR. NO.

¿Está claro?

(…)

Lo siento. Sé que diciendo que hacía calor, que casi no podíamos respirar, que el ambiente era opresivo, que la tensión podía masticarse y cualesquiera otras chorradas por el estilo todo me sería más fácil. Sé que me conviene mentir sobre el tiempo; modificar aquella atmósfera. Pero lo cierto es que no hacía calor.

Ha pasado mucho tiempo. No sé exactamente cuánto, de ese que marcan los relojes que inventamos y los calendarios que asumimos. Podría pensarse, en consecuencia, que no recuerdo bien aquel día y, sin embargo, la única certeza que tengo, la única verdad de mi vida es este recuerdo. Por eso no estoy dispuesto a mentir sobre este particular: no puedo mentir, es más honroso morir defendiendo la única verdad que poseo.

(…)

Vale. Podría decir que no me acuerdo y agilizarles el trabajo. Pero el caso es que me acuerdo, en todas las horas, en todos los días y las noches, en todos mis minutos, en el siempre del que descreí vive el recuerdo de aquella tarde de marzo. En mis sueños y mis vigilias, en los pequeños sentimientos de satisfacción que me abordan repentinamente, en las angustias que me poseen; en cualquiera de mis pensamientos sólo aparece aquella tarde. Es tan vívido el recuerdo que ese veinte de marzo se ha convertido en mi único puente hacia la realidad. Un puente que me une a un tiempo que ya no está en los otros, no está en ustedes, y sin embargo es el único vínculo conmigo: con mi yo: el que fui.

Por eso no puedo colaborar, no puedo mentir sobre aquel tiempo, porque es el nexo conmigo. Y no puedo traicionarlo, ni romperlo, ni calumniarlo. No debo porque yo sólo soy en esa tarde de marzo, pasada hace ya ¿veinte años?, en esa sala en la que siempre mantendré que: no hacía calor.

Tras su cotidiano monólogo con la enfermera que, comprensiva, lo escuchaba, Santiago suspiró profundamente y como venía haciendo desde el momento mismo de su ingreso en aquel hospital especializado, se sumió en un insondable silencio. Desde su mutismo, tumbado boca arriba sobre la cama, el hombre volvió a navegar sereno en las apacibles aguas de sus recuerdos: de su recuerdo.

Con los ojos cerrados aunque despierto pienso de nuevo en María. Ella es la dueña de mi memoria, de mi yo.

Me fui a vivir con María a un pequeño piso de alquiler al poco tiempo de conocernos; pasarían a lo sumo dos meses de amistad antes de tomar la decisión. El piso reunía condiciones suficientes para que los dos lo compartiéramos sin agobios y mi sueldo de enfermero nos permitía pagarlo sin apuros. Yo sólo tenía ojos para ella. La adoraba (creo que sigo adorándola) y tal vez por eso, o por deformación profesional, cada vez que ella se sentía mal íbamos al médico. Conocimos innumerables salas de espera repletas de todo tipo de pacientes ansiosos por obtener consuelo. Nos zambullimos en las numerosísimas medicinas autodenominadas alternativas que plagaban la ciudad. Nos desplazamos, cada vez con mayor frecuencia, al hospital capitalino y juntos visitamos traumatólogos, oftalmólogos, otorrinolaringólogos, ginecólogos, neurólogos … La lista de –ólogos se acrecentaba sin cesar ampliando, en paralelo, mi hasta entonces pobre conocimientos de logos farmacéuticos. El consultorio del Centro de Salud en que trabajaba tenía en su haber menos del diez por ciento de los productos que María y yo llegamos a acumular en nuestro pisito.
Recuerdo que alguna vez pensé que tal vez se tratara de una obsesión de María : algún tipo de extraño afán coleccionista que la incitaba a poseer toda la gama de envases farma y parafarmacéuticos del mercado en pos de una seguridad nunca adquirida. Creo, incluso, que se lo comenté. Lo cierto es que las afecciones de María continuaron, y las visitas a eminentes –ólogos que recetaban logos que María no consumía más de dos días pues descubría, siempre con asombro, que el

-ólogo de turno había errado su diagnóstico. Y así, de una sala de espera en sala de espera, transcurría nuestro tiempo, se incrementaban nuestros logos y mermaban nuestro ahorros hasta el punto de …

- ¡Santiago, Santiago!, ¡despierta!

- ¿Eh? ¡Voy, voy! ¡Uf! ¿Cuánto tiempo llevo durmiendo?

- Toda la tarde, como casi siempre. Vamos. Ya es la hora de cenar.

La enfermera le hablaba con voz pausada y tono amable. Santiago se incorporó dispuesto a comer la de antemano conocida cena de todos los martes de semanas impares de la estación invernal. Tenía la certeza de encontrar crema de puerros, filete de merluza a la plancha con guarnición de zanahoria y un yogur natural azucarado. Sin embargo, levantaba cada uno de los plateados sombreritos que cubrían los alimentos con un desconcertante gesto de curiosidad e inocencia que le otorgaba un encantador aire infantil.

-¿Has terminado?

- Sí. Estaba todo muy bueno. Como siempre.

Si no le importa voy a ir al cuarto de baño mientras llega la tila.

- ¿Te las sabes todas, eh?

- Cuestión de tiempo, supongo.

- Hablando de tiempos, Santiago, ¿no te decidirás nunca a contarme qué hacías con aquel abanico rojo la tarde que en tu recuerdo no hacía calor?

Santiago enmudeció de pronto. Miró con ternura a la enfermera, se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño. Cuando salió no había nadie en la habitación y la bandeja con los restos de comida había sido suplantada por una infusión humeante. Dispuesto a abismarse de nuevo en su recuerdo Santiago se metió en el lecho. Sintió un leve desasosiego al percibir la sustitución de la esperada tila por una menta poleo.
Se tumbó.

Sí. Los problemas económicos nos llevaron al punto de decidir abandonar nuestro céntrico pisito y trasladarnos a uno más económico que un compañero de trabajo alquilaba en las afueras. Era un cuarto sin ascensor, pero estaba muy bien reformado y era algo más amplio que el nuestro. En seguida nos convencimos de que mudarnos era lo mejor. Además, con nuestros años y estando sanos subir escaleras no suponía ningún impedimento. Incluso nos planteamos que un cambio de domicilio podía influir positivamente en la salud de María.
Totalmente decididos hicimos un pago por adelantado a mi compañero y le solicitamos que nos guardara el piso durante quince días pues María debía ir a visitar a un afamado doctor del Hospital Psiquiátrico de la capital.

El día de la cita María me sacó bruscamente de una soporífera siesta y, más nerviosa de lo habitual, me solicitó que me apresurara. Ya estábamos saliendo de la casa cuando me pidió que sacara del gavetero su abanico rojo.

La sala de espera del nuevo médico me pareció vulgarmente similar a las innumerables salitas ya conocidas. De hecho me sorprendió que siendo el único no-ólogo que visitamos en nuestro ya largo periplo clínico el aspecto del recinto y de los pacientes me fuera tan conocido. Me sorprendió, también, la actitud de María, abanicándose sin cesar, de forma aparentemente convulsiva, como si estuviera luchando contra un insoportable calor que, desde luego, no estaba en el ambiente como podía deducirse sin muchos quebraderos de cabeza por el atuendo abrigado de trabajadores y pacientes. Me sorprendió, sobre todo, la manera en que María dejó su abanico sobre mi regazo y se dirigió al cuarto de baño justo a la hora de su cita. Me sorprendió, enormemente, la voz de la enfermera de psiquiatría pronunciando mi nombre mientras mantenía abierta la puerta de la consulta en la que entré como paciente.

Mientras intentaba explicarle lo ocurrido al psiquiatra me abanicaba sin cesar pensando en María.

Ni siquiera intenté escapar cuando los robustos enfermeros me indicaron con gesto amable la puerta del ascensor en que subimos juntos a mi habitación.

FIN DEL PRIMER TIEMPO

- Santi, despierta. Venga, por favor, se nos hace tarde.

- ¿Eh?

- Santi, ¿qué te ocurre? Te has quedado totalmente dormido mientras yo fregaba los platos. ¡Vamos a llegar tarde!

- ¿Dónde estoy?

- Por Dios, Santi, no te hagas el gracioso y date prisa. Dentro de una hora tenemos mi cita con el psiquiatra.

- Perdona, cariño. Enseguida estoy listo.

(…)

- ¡En marcha!

- Casi se me olvida, ¿puedes coger mi abanico rojo?

FIN DEL SEGUNDO TIEMPO



FIN DEL TERCER TIEMPO

3 comentarios:

Mónica dijo...

Ya está !!!!
no necesito tu dirección ya la tengo, en cuanto pueda te enlazo a mi blog tb.

Un besazo para la isla

Adrian Lee Mclean Lorenzo dijo...

Hola Izaskun, lo de la imagen te podré ayudar, a ver si nos vemos un día y te explico, eso es facil. Bueno un beso!

siempreconhistorias dijo...

Gracias Chano. Además no logro vincularte porque me sale un error en la página, pero...
A ver si quedamos para una comidita.