domingo, 18 de enero de 2009

VEJEZ

Y como sigo perdida en pensamientos improductivos como si la espiral me hubiera atrapado. Y como la vanidad de mi última entrada me patea la boca del estómago. Y como estoy atragantada de no saber qué puerta es la buena. Y como me resisto a la claudicación traigo, desde esta otra vejez yerma, el sentimiento tierno que le envié a Juan y tuvo a bien publicarme tiempo ha. Procuraré no seguir blogueando de las rentas. Pero por ahora es lo que hay.

VEJEZ

Recuerdo con absoluta precisión el día en que inicié mi vejez. Era mayo, sábado quince de mayo, para más señas. ¡Nunca lo olvidaré!….. Estaba yo tendiendo ropa blanca en la azotea. El día despuntaba limpio y soleado.

Sonó el teléfono y miré mecánicamente los dígitos que aparecían en la pantalla. Sonreí. Era mi hijo Manuel. Mi pequeño.
Manuel llevaba doce años viviendo en Francia. Se había ido con un Erasmus y allí se quedó, en París VII, impartiendo clases de español. Le gustaba su trabajo y las dos veces al año que rigurosamente me visitaba (en Navidad para reunirse con toda la familia, y a finales de mayo para celebrar juntos nuestros coincidentes cumpleaños) me hacía madre orgullosa. Mi niño Manuel siempre dicharachero, efusivo en sus cariños, delicado en sus silencios. Delicioso mi pequeño.
—¡Hola mamá!—, saludó su voz alegre al otro lado del teléfono. Una sombra me nubló el pensamiento.
—¿No vienes a nuestra cita, Manuel?
-¡Pero bueno, mami! ¿Qué forma de saludar es esa? —me reprochó bromeando—. ¡Claro que voy, preciosa! ¿Cuándo he fallado a nuestro encuentro privado?
—Nunca, hijo. Lo siento. Esta llamada.
—Ay, ay, ay… pero si se me está volviendo una chica desconfiada, mi reina. Esta llamada, señora, es para anunciarle que llego pasado mañana.
—¿Y…….?.
—Vale, vale. Es imposible ocultarle cosas a una madre. Prométeme que no te reirás.
—¿Por qué voy a reírme, Manuel?
—Por el favor que quiero pedirte, mami. Verás, es que llevo unas semanas pensando más de lo normal en mi perrito de peluche. ¿Ves como ibas a reírte? El caso es que me gustaría traérmelo a París conmigo, si a ti no te importa, claro.
—Pues claro que no me importa, mi niño. Esta misma tarde lo lavo y le pongo tu colonia para que lo encuentres como siempre. Es tuyo, el peluche.Y yo pensando que no venías.
—No te hagas ilusiones, en dos días me tienes ahí. Un besote, mami.
—Un beso, pequeño mío.
Colgué el teléfono. Terminé de tender mecánicamente la ropa y entré en la casa.
Repentinamente anciana tomé en mis brazos el conocido peluche.
.

12 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Que pena.
Un terremoto dentro de un peluche.
Por mí puedes seguir viviendo de tus rentas.
Me encantan.
Aunque la de hoy me ha emocionado.

Besos.

Maribel dijo...

Izaskun, con historias como éstas bien se puede bloguear de rentas. Maravilloso, tierno, maternal, profundo, desgarrador, es la vida. Ese comienzo: "Recuerdo con absoluta precisión el día en que inicié mi vejez..." es soberbio.

Sigue desempolvando relatos como éste que es una delicia leerlos.

Un abrazo.

Triana dijo...

Pues coincido con Toro Salvaje y con Maribel,busca en el baul y trae todo lo que guardes en él. ¿Me vas a dejar que te lo robe;es fuerte, como tu acostumbras y tierno muy tierno, como idem.

¡¡Aupa niña, eres enorme!!

Un abrazo fuerte.

sergio astorga dijo...

Izaskun, si no sacas lo que tienes en el baúl, voy y me lo cargo,así se dice en España?
La vejez y sus miedos, que distintos, que inmediatos, con la conciencia de lo que es vivir.
Amor,poder, posesión desprendimiento. Todo como un rayo que parte en dos.
Un abrazo joven, espero.
Sergio Astorga

Miriam Jerade dijo...

Me conmovió muchísimo. Al final lo que hemos escrito ya no es nuestro, como tampoco lo son nuestros múltiples rostros, ni la juventud que sólo reconocemos con la vejez. Me doy cuenta leyendo tu preámbulo de que nosotros somos nuestros peores jueces, qué horror. Un abrazo.

siempreconhistorias dijo...

Gracias Toro por la emoción y sobre todo por la constancia. Creo que no me quedan rentas así qeu tendré que volverme mujer productiva.
Un abrazo.
Izaskun

siempreconhistorias dijo...

Muchísimas gracias por tu aliento, Maribel. Estoy intentando que me salga algo para el relato solidario.
Un abrazo.
Izaskun

siempreconhistorias dijo...

Difícil auparme con el sobrepeso que tengo y tanto me agobia, Triana, pero tú estás a punto de conseguirlo con tus ánimos. Sabes que puedes coger lo que quieras, después de la Revolución Francesa abandoné el concepto de propiedad privada.
Un abrazo agradecido.
Izaskun

siempreconhistorias dijo...

Muy joven tu abrazo, Sergio, y rejuvenecedor con esa fuerza que le pones a las coloridas palabras que nos brindas. Te envío el baúl un día de estos.
Un abrazo arrugadito.
Izaskun

siempreconhistorias dijo...

Sí somos nefastas jueces, Miriam, con exigencias desmedidas. Pero también eso nos hace grandes, supongo. Como sabes tus pensamientos me parecen de gran altura.
Un abrazo sincero.
Izaskun

Raquel T. dijo...

Permítete estar dentro de esa espiral, reina Izaskun, deja que pasen esos pensamientos improductivos y que dejen lo que, seguro, también contienen de bueno. Todos tenemos derecho a esos días (incluso temporadas) de "vacío" recalcitrante de cuerpo y alma, porque todo sirve, todo enseña, todo te fortalece un poco. Y creo, reina Izaskun, que lo que aquel día Manuel te regaló fue volver a darlo a luz, sentir de nuevo el final de nueve meses de espera ilusionada, porque aquel día de mayo, no empezaste tu vejez, no, sino que Manuel empezó su madurez...
Abrazo para mi reina adolescente, por dentro y por fuera...

Adrian Lee Mclean Lorenzo dijo...

Prometo cuando acabe esta avalancha de trabajos y exámenes ponerme al día en tu blog, que veo que gana seguidores a puñados (buena señal), y aparte también prometo llamar para saber que tal va todo. Por ahora, espero que bien, besos y abrazos.

P.d: pasate por mi blog cuando tengas tiempo, no tengo mucho nuevo pero alguito si, a ver que opinas.