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martes, 22 de noviembre de 2011

ALGUNA VEZ

 Porque sueño, yo no lo estoy
Léolo

Alguna vez fui una niña de trenza oscura contra la espalda, niña descalza sobre las piedras tibias de sol, niña que juega en los barrancos, niña que mira asombrada.
Alguna vez fui la mujer que lava sábanas con añil, la que se curva sobre la tierra húmeda, la que vigila el guiso y el sueño del niño.
Alguna vez estuve preñada de vida, y otras tantas de sueños, y hablé entonces como si supiera, y vestí como si pudiera y viajé sobre la mar océana.
Alguna vez fui joven estudiante atenta a la voz de profesores lejanos, joven temerosa de fracasos, joven sola.
Alguna vez fui sometida y vencí las cadenas. Alguna vez.
Alguna vez amé nueve meses un sueño muerto y quise morir también.
Alguna vez, siempre, fui la que nunca he sido. Alguna vez, siempre, solo una mujer.

miércoles, 20 de julio de 2011

LA PUERTA (I)

Hubo una puerta primera. Una genitora que se fue y se llevó su hueco imprescindible. Una madre puerta que hace tiempo les escribí y hoy, porque tengo la cama sin hacer y el cansancio a flor de piel, porque los orígenes deben nombrarse, porque la necesito vuelvo a exponerla.

Puerta (i)
A mi madre.

Miles de veces le dije que la necesitaba pero ayer me abandonó. Se fue a mediodía, mi puerta desquiciada, dejándome atrapado y sin salida.
Desde la condena de mi encierro escribo, mientras evoco la esbelta silueta de su marco y el sonido metálico de sus goznes. Por ella viví un afuera que no volverá. Me niego a la resignación de ser, sin el imprescindible hueco de su presencia.


miércoles, 29 de diciembre de 2010

IDENTIDAD

El dolor era insoportable pero dormía. 

Llegó el desvelo, entonces. Apenas un toque de tiempo bastó para advertir la presencia del arpón que atravesaba su cuerpo desde la espalda y supo que se desangraba. Fue feliz la agonía sabiéndose al fin ballena.

Moraleja (s):
Asume tu esencia y despierta feliz
o
Mejor ballena sangrante que mujer flagelante
o
La escritura cansada no da para más.


sábado, 12 de junio de 2010

Escribir

Debo escribir, quiero escribir, tengo que escribir. Y no puedo hacerlo
Me duele de nuevo la cabeza. Mucho. Me duele y puse lejía en el váter. Entonces me duele más. Me duele de química y de rabia. Necesito controlar el dolor. Necesito una pastilla. Y un lápiz.
Me tomo un ibuprofeno y escribo. El estómago me rugirá en menos de media hora y maldeciré la pastilla tomada. Y la escritura.
No es esto lo que quiero escribir. Quiero que hable ella. La que me da la espalda.
Escritura automática, rápida, irreflexiva, rabiosa.
Escritura de lápiz para facilitar su desaparición.
De pie frente al espejo la mujer cierra los ojos y ve la libertad. La vio una vez con los ojos orbitados. Hace ya mucho tiempo. Tal vez demasiado. La vio desde la cama compartida con su madre en los tiempos del televisor sonando en blanco y negro.
Escritura de mierda. Necesito que me deje ver, que me diga, que cuente lo que viene. Pero ella sigue ahí, quieta y callada, de pie frente al espejo. Y yo rabiosa sobre el teclado. Rabiosa pero aún con olfato. Y huele a lejía. Y quisiera fumar y escupir el sabor del cigarro impregnado de lejía. Y no lo hago. En esta casa ya no hay tabaco.
La mujer acaba de abrir los ojos. No me mira. Tiene la vista fija en el espejo que la refleja.
Quiero saber.
Levanta despacio su mano izquierda y tira fuerte de un mechón de pelo hacia afuera. Tira mucho a juzgar por la tensión del mechón, pero su cara no refleja dolor. Levanta con decisión la mano derecha y corta el mechón. Lo deja caer al suelo.
Quiero decirle que no hace falta, que no necesita mutilarse para continuar, que su pelo no es culpable, que.
Levanta decidida su mano izquierda y tira del pelo. Levanta la mano derecha y corta. Levanta la mano izquierda y corta con la derecha. El espejo devuelve su imagen descabellada.
Me duele el estómago. Maldita gastritis. Maldita pastilla. Malditas tijeras.
La mujer ya sin melena. De pie frente al espejo. Me da la espalda.
Quiero que me deje ver. Me asomo de puntillas. Una y otra vez el pelo cae desde sus gestos precisos, rígidos, rabiosos. Mis dedos golpean las teclas. Una y otra vez. Su mirada fija en el espejo. Y entonces veo. Más allá de la mujer pelona. Mucho más allá asoma una niña tumbada en la cama mirando.
Me levanto. Dejo las teclas. Tengo que escribir con las tijeras.
Demasiado tiempo.
Y me duele la cabeza.

sábado, 27 de marzo de 2010

NACIMIENTO DEL ODIO (1)

Me verdeo de nuevo por instinto y desconocimiento, que no sé del color del cansancio y no fueron mal las entradas verdinegras y falta me hace cierto positivismo ajeno al paradigma científico, que quiero creer y me estanco en nudos antiguos y se me enredan deseos y miedos y necesito desenmarañar tamaño ovillo. Me pongo verde de esperanza y de envidia entonces para contar hoy algo de odio sentido y les traigo una historia pequeña de una pequeña niña de trenza negra que muy pronto se asqueó de sus días, que sabemos que la primavera la sangre altera y entre la estación del norte y la menopausia mía ando revuelta todo el día y las noticias me golpean y solo las letras me alivian. Letras leídas, aclaro, que lo de escribir se me vuelve más ajeno en cada vuelta y hoy leo la "Persuasión" Jane Austen y lecturas múltiples que seguramente, y para no variar, les comentaré. Pero no será hoy, no, que ya está bien de verde y quiero pintar en negro el nacimiento de algún odio, de tantos con sentido y esperar como siempre sus comentarios que leo y releo habitando el tiempo en intento de mejora y crecimiento. Siempre, de antemano, mi hondo agradecimiento.

Nacimiento del odio (1)

DRAE (XXII edición)
odio
(Del lat. odĭum).
1. m. Antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea.

Un día cualquiera, a las seis de la tarde, el timbre suena, mamá abre la puerta, y me llama:
-Rocío, ven, ya está aquí el tío Antonio.
Un día más abandono los juguetes y me dirijo a la cocina. Tío Antonio me besa en la frente y mamá me pide que sea buena:
-Pórtate bien, cielo, y hazle caso al tío Antonio.
Una tarde cualquiera mamá se va a trabajar y tío Antonio me acompaña al dormitorio, me desnuda con delicadeza, me pide que me tumbe:
-Acuéstate con las piernitas abiertas, Rocío.
Una tarde más me acuesto boca arriba y cierro los ojos. Tío Antonio me ata con su elegante fular de seda y se desnuda y mete en mi pipi su dedo de señalar y besa mis piernas.
Pero hoy no es un día más y de pronto se oye la puerta de la calle y mamá anuncia:
-Soy yo, Antonio, se me olvidó la bata.
-¡Mamá!- exclamo.
-Hasta luego, querida, me voy corriendo que llego tarde- responde. Y entonces todo se vuelve especial y tío Antonio introduce dos dedos y aúlla en menos tiempo y yo siento el odio naciendo.


A mi querida amiga Maria Helena Braga, compartidora de sentimientos y anhelos, incansable buscadora de conocimiento.

domingo, 7 de febrero de 2010

QUIERO

la palabra desnuda despojada de alamares vacuos deshabitada de connotaciones relacionadas con o con y además puede que con o tal vez con
quiero yo quiero la palabra huérfana que siento la palabra silencio el verbo puro solo limpio desamparado despojado desterrado vocablo voz áfona
quiero quiero quiero yo quiero yo yo yo quiero
quiero decir llanto y que la lágrima sea quiero escribir mierda y que se impregne el aire de olor palabra quiero
quiero quiero quiero quiero quiero yo quiero
quiero leer amor y sentirte dentro ver miedo y saberme sola mirar herida y que invada todas las mentes el infame recuerdo
quiero yo desollar la palabra descarnarla si es preciso desgarrarme en ella y que sabor sea tu boca y tristeza este cuerpo y golpe dolor y silencio todo
quiero quiero quiero yo quiero yo yo yo quiero
quiero decir risa y que se agite mi garganta escribir ruido y que se pierda el silencio sentir muerte y
quiero.

viernes, 15 de enero de 2010

ROTA

Cuando el dolor me aúlla desde dentro no acuden en mi auxilio las palabras. No me sirve gritar rota, ni jirón, ni dentellada. No me vale el susurro voces ni el lamento canto. No hay sonido para el consuelo. No hay llanto que libere. No hay verbo que proteja.
Dentellada rota.
Jirón de grito.
Palabra aullada.
Dolido auxilio.
El diccionario abierto en vano intento. La vida desmembrada expuesta.El blanco mostrador de la vieja pescadería. La infancia sangrando entre los hielos.
Yo fragmentada.
Las moscas dentro.
El caleidoscopio oscuro en que me juego.
Deslucido.
Miedo

domingo, 29 de marzo de 2009

AVISO VITAL

AVISO VITAL








Desapareció el cinco de febrero del año en curso el cachalote que me alentaba. Puso respuesta en mi anuncio y se fue dejándome sin rumbo y con miedo. Ahora nado a la deriva y la muerte se entra en mis sueños.
Ruego a quienes conozcan su paradero, le hagan saber que permaneceré encallada a su espera. Para encontrarme bastará seguir el dulce sonido del ária de la locura.





































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































































lunes, 9 de marzo de 2009

BJORN O ... MI PRIMER RELATO

Hace unos años viajé por primera vez a Italia. Fue un viaje de trabajo que no me impidió disfrutar de Florencia, de Pisa y de Lucca, donde se desarrollaron las actividades previstas. Conocí lugares fantásticos y maravillosas personas a las que me sigue uniendo una profunda amistad: Lise, Marco, Danilla, Michela,... y Bjorn. Oso, me explicó, es el significado del nombre de este profesor noruego al que convertí en protagonista de mi primer relato.



Fueron días inolvidables aquellos pasados en Lucca. El trabajo intenso y en inglés (lengua hermética para mi, como todas las ajenas al español) me hacía sentir totalmente desbordada con frecuencia, pero los colegas europeos me brindaron un apoyo bestial. Me sentí capaz, integrada, normalizada en cierto sentido gracias, fundamentalmente, a Lisa, a Donatella y a Bjorn que desde sus dimensiones de vikingo orgulloso me conminaba a diario a respetarme practicando la tan de moda asertividad. -Coraje, Iza- me decía el profesor y me explicaba el valor ausente de rabia que debía aprender a usar para protegerme. No aprendí, pero entendí. Y me sirvió. Y escribí mi primer relato Bjorn o La habitación 217 o Las heridas de Ana.



Mucho tiempo después, cuando abrí este blog tras pasear en la añorada máquina de coser palabras, de Juan Yanes, publiqué el relato. En estos días Bjorn y Lise han estado en esta isla que sigo habitando y aunque ya no trabajo en la escuela que está en el proyecto nos hemos visto a diario, como buenos amigos que somos. La noche antes de su partida le di a Bjorn el relato manuscrito en inglés gracias a un extraordinario gesto de desprendimiento y conocimiento de mi cuñado Adalberto. A él le encantó, y a mí me ilusionó leerme en otra lengua. Por eso, por purita vanidad repito hoy aquí mi relato en español con la traducción de mi cuñado y amigo. Espero que les guste.








Bjorn or Room 217 or Ana’s wounds.





She opened the door of room 217 with the apathetic abruptness of someone who had been performing the same mechanical tasks every morning for more than fifteen years. Unhurriedly, swimming in the sound that flooded over her from her earphones, she gently pushed the metal trolley that carried bed sheets and towels. Only two more rooms and she would be finished with another working day.
She inhaled deeply the sweet scent of the linens, her eyes fixed on the enormous, calm and apparently protecting animal that was licking the wounded, naked, lifeless body of the old professor.
She couldn’t shout.
She didn’t want to.
Never before had she seen that placid smile on the lips of the woman she had known for so long.
The shrill ring of the alarm clock unexpectedly interrupted the disturbing look that the huge beautiful bear was giving her from the bed.
Ana got up and, with little enthusiasm, headed mechanically for the bathroom.
Under the invigorating spray of cold water, she tried to remember her dream. But she soon gave up and, while soaping herself, went mentally over the classes that she was to teach that morning. Too many years trying to convey her by now hesitant passion for mathematics. However, a smile travelled all through her body as she recalled that a new student would join her class that day.
She came out of the shower, determined to get dressed and perfumed with great care for her new student.
As she finished her class, she sighed deeply, feeling that multiple correlations had been once and for all understood. She picked up her notes while saying goodbye to the students and smiled warmly as the new young man came up to her extending his hand:
- Good morning, Professor, my name is Bjorn.
Barely one hour later they were entering the guesthouse that Ana had chosen many years ago as her residence, their hands tenderly yet tightly intertwined. It was he who resolutely grasped the keys hanging from the hand of the receptionist. The placid smile on Ana’s face contrasted with the flapping of her chest, passionate once again.
They walked up the two floors. When he closed the door, she was already waiting on the bed. Her wounds would be licked, at last.










viernes 19 de septiembre de 2008



BJORN O LA HABITACIÓN 217 O LAS HERIDAS DE ANA.



Abrió la puerta de la 217 con desganada brusquedad, como corresponde a quien lleva más de quince años realizando las mismas mecánicas tareas cada mañana. Sin prisa -nadando en el sonido que la inundaba desde sus auriculares- empujó suavemente el carro metálico que portaba sábanas y toallas. Tan sólo dos habitaciones más y terminaría otra jornada.



Inspiró profundamente el dulce perfume de la ropa con los ojos clavados en el inmenso animal que, sereno y aparentemente protector, lamía el cuerpo herido, desnudo, sin vida, de la vieja profesora.



No pudo gritar.
No quiso.




Nunca antes había visto esa plácida sonrisa posada sobre los labios de la mujer hace tiempo conocida.




El timbre estridente del despertadoro interrumpio de manera inesperada la inquietante mirada que el enorme bellísimo oso le brindaba desde la cama.




Ana se levantó y, con desgana, se dirigió mecánicamente al cuarto de baño.



Bajo el estimulante chorro del agua fría intentó recuperar la memoria de su sueño. Pero pronto desistió y, enjabonándose, respasó mentalmente las clases que debía dictar aquella mañana. Demasiados años intentando transmitir su ya dudosa pasión por las matemáticas. Sin embargo una sonrisa atravesó su cuerpo cuando recordó que un nuevo alumno se incorporaría es día a sus clases.



Salió de la ducha decidida a vestirse y perfumarse con esmero para su nuevo estudiante.









Al finalizar la clase suspiró profundamente sintiendo que las correlaciones múltiples habían quedado definitivamente aprehendidas. Recogió sus notas despidiendo a los estudiantes y sonrió cálidamente cuando el chico nuevo se le acercó y le tendió la mano:
-Buenos días, profesora, mi nombre es Bjorn.



Apenas había pasado una hora cuando entraban, las manos enlazadas con tierna fuerza en la pensión que muchos años atrás escogiera Ana como residencia. Fue él quien tomó, con firmeza, las llaves que pendían de la mano de la recepcionista. En el rostro de Ana una plácida sonrisa contrastaba con el aleteo de su pecho de nuevo apasionado.



Subieron caminando los dos pisos. Cuando cerró la puerta ella esperaba ya sobre la cama. Por fin iban a lamer sus heridas.
















viernes, 6 de marzo de 2009

DESVELOS CON GRITO

Me gustan palabras de pronto, como desvelo. Juego con ella para develarme, sueño con el velo cayendo, mezclo pensamientos y me velo. Otra vez un día de estos días estos para el vómito del miedo.
Qué vergüenza. Me acabo de citar y no lo borro. Procuro un auxilio que sólo el grito puede brindarme. Lo necesito.
Y GRITO
Grito contra el espejo en el que no estoy. Ése que apareció en mi camino con el reflejo de otra. El que me cubre con falso velo. Y despierto llena de cristales rotos. Contra el pasado que me agarrota, me esposa de pies y manos, me fija dentro de un velo que me asfixia. Momificada en vida despierto.
Y GRITO.
Grito desde la garganta callada con el latido a toda máquina. Sin voz. Con el pulso acelerado despierto de un sueño de olas gigantes en un mar de rocas. Mis hijos serenos indicándome lo que debo hacer para no ahogarme. Los pies fríos y los ojos llagados cuando despierto.
Grito a grito herido mi hermana cansada en la orilla. Grito piedra que se rompe, rigidez helada dentro de la máscara, fragilidad mal escondida. Grito las manos ya frías, el miedo a no ser. A grito pelado me manifiesto por ser. Vergüenza de tanta queja. Olor de ombligo mal cicatrizado.
Grito. La mandíbula encasquillada. Grito con el dolor agudo del animal herido que se me entró en el sueño. Grito con todo mi cuerpo. Desde todos mis tiempos. Desde el transcurrir. Desde mis fragmentos grito. Más y más fuerte. Más. Grito. Desesperado intento de romper el velo que vuela y vuelve. Grito chirriando miedo. Grito y grito. Golpeo las teclas. Me acompaña el miedo. Y grito desde muy dentro, desde muy lejos. Y grito más y más y másmásmásmásmásmásmásmásmásmás, másmásmásmásmásmásmásmásmásmásmásmásmásmásmásmásmásmásmásmás, latido grito y grito másmásmásmásmásmásmásmásmásymásmásmásymásmásmás latido grito y grito más y más con el calambre metido en el cuerpo grito frío en los huesos y más y más y m á s y y y y y
Y CHILLO

martes, 17 de febrero de 2009

VIDAS CRUZADAS


No quiero hoy escribir, ni pensar quiero. No puedo evitar sentir y confundirme, llorar de miedo y alegría. Dormir de impotencia. No encontraré palabras ni colores. ¡No puedo! Entre estas dos notas se cruzan hoy mis vidas: la alegría por y para Pizarr (http://elmundodelossueos-pizarr.blogspot.com/), la tristeza por y para mi signo(http://torosalvaje.blogspot.com/).







Mejor, por hoy, me retiro.
El collage es de Marta Cedrés.





miércoles, 4 de febrero de 2009

ANUNCIO

Se ofrece señora con experiencia para joderle la vida al más pintado.
Interesados, preguntar debajo de mi ventana.

lunes, 2 de febrero de 2009

CAPITALISMO

Conocía la teoría económica y las bases históricas de lo que llamaban capitalismo. Sabía, también, explicar el fenómeno denominado globalización y argumentar su oposición al sistema reinante. Sin embargo, había algo en él que se resistía a creer que los seres humanos, sus compatriotas, no poseían más religión que la del capital. Se negaba a aceptar el valor del dinero y pensaba, pobre iluso, que ante las angustias de la existencia las personas tenderían a aferrarse a creencias más que a monedas. Tenía la certeza de que así debía ser y se propuso demostrarlo.





Harto de que sus colegas lo tildaran de romántico, el doctor Menéndez decidió realizar un experimento que mostrara al mundo la veracidad de su hipótesis. Y fue así como Alejandro, (nombre de pila de nuestro doctor, que sólo en boca de su madre oía), solicitó una excedencia en el hospital en el que trabajaba y salió al mundo dispuesto a demostrar la inoperancia del dinero ante la vitalidad del ser.



Y así partió el doctor, vestido de muerte, a recorrer los senderos de la vida. Y transitó guadaña en ristre, durante años, por caminos sinuosos e iluminadas autopistas. Y presenció pánicos múltiples e individuales, gritos graves y agudos, miedos públicos y privados. Y como muerte acongojó a orientales y boreales, jóvenes y viejos, machos y hembras. Y buscó el ser. Y regresó cansado.





Volvió a su hogar, el doctor Alejandro Menéndez, cansado y solo, con la guadaña mellada y el ánimo herido. No verificó su hipótesis. Por contra el doctor era, ahora, millonario.

jueves, 1 de enero de 2009

Día 1: ¡sin palabras!


jueves, 11 de diciembre de 2008

UN FRAGMENTO DE DESMEMORIA de José Cardoso Pires.

El escritor portugués José Cardoso Pires (1925-1998) sufrió en 1995 una isquemia cerebral que lo llevó a un aislamiento del que se recuperó. La experiencia se publicó en 1997 en su obra De Profundis. En 1999 el autor falleció tras un nuevo ataque.



El libro del que voy a copiar el primer capítulo está editado por Asteroide en 2006, con traducción de Carlos Manzano y prólogo de Joao Lobo Antunes (neurocirujano y hermano de Antonio L. A.). Para mí es un libro fetiche que se me presenta según el momento joya, puñal, o diccionario. Es un libro que leo y releo a trocitos en un vano intento de comprender a mi madre encerrada en ella desde hace ya más de ocho años. Hoy traigo aquí las diez primeras páginas del texto.



DE PROFUNDIS
José Cardoso Pires
"Cuando perdiste el sueño y la certeza,
te volviste desorden, te volviste nube."
Simónides de Ceo,
Epitafio para los
caídos en las Termópilas
Enero de 1995, jueves. En bata y con el cigarrillo apagado en los dedos, me disponía a desayunar en la mesa a la que ya estaba sentada mi mujer con Sylvie y António, que habían llegado la víspera a Portugal. Creo que di los buenos días y que, aunque sereno, traía una palidez de cera. Fue una mañana cenicienta que nunca jamás olvidaré: las personas hablaban no sé de qué y yo recorría la sala con la mirada: el suelo, las paredes, el enorme plátano por detrás del balcón. Me detuve en la taza de té y ahí me quedé. "Me siento mal, nunca me he sentido así", murmuré con fría tranquilidad.
Silencio brusco. Yo y la taza ante mis ojos. De repente me vuelvo hacia mi mujer: "¿tú cómo te llamas?"
Pausa. "¿Yo? Edite". Nueva pausa. "¿Y tú?"
"Parece ser Cardoso Pires", respondí entonces.
¿Y ahora, José?
[...]¡Te marchas, José!
José, ¿adónde?
Carlos Drummond de Andrade
Aún hoy sigo oyendo aquel "parece ser". Resulta espantoso cómo mi yo se transformó bruscamente allí en otro alguien, en otro personaje menos inmediato y menos concreto.
En esta introducción a la pérdida de la identidad que un trastorno cerebral acababa de desencadenar, lo que me parece, desde luego, implacable e irreversible es la precisión con la que en tan rápido lapso me vi desposeído de mis relaciones con el mundo y conmigo mismo. Como si acabara de iniciar un proceso de despersonalización (Él -o mi nombre- es) que, encima, se volvía más ajeno por la imprecisión de parece ser. Además, la circunstancia de haber respondido a Edite con el apellido y no con el nombre de pila, el más íntimo entre marido y mujer y el único que nos resultaba natural, es como otro indicio del distanciamiento provocado por el golpe del azar que me había privado de memoria y de pasado.
Él, el Otro. El Otro de mí. Al instante, Edite ya estaba hablando por teléfono con los médicos sobre ese alguien impersonal que yo estaba empezando a ser. Yo la oía desde el centro del vertíbulo con gran serenidad. Sabía -eso creo- que algo me ocurría, algo oculto, activo, pero en aquel momento ya empezaba a oír y a sentir sólo de paso, sin retener. (Aun así, tenía algún conocimiento de la ansiedad que me rodeaba: "Esto no va a ser nada", creo haber dicho a Sylvie, cuando la descubrí en el pasillo, atenta a las llamadas por teléfono de Edite.)
Recuerdo que aquella mañana fue invadida por un aguacero desalmado, se oía una lluvia gruesa y pesada allí fuera, pero debió de ser pasajera, porque, cuando acabó, Edite aún seguía al teléfono. A partir de entonces lo único que sé es que me puse a afeitarme delante del espejo del cuarto de baño con la pasividad de quien afeita a un ausente... y allí fue.
Sí, allí fue. En la medida en que es posible localizar una fracción más que secreta de la vida, fue en aquel lugar y en aquel instante cuando yo, cara a cara con mi imagen en el espejo, pero ya desligado de ella, me convertí en Otro sin nombre y sin memoria y, por siguiente, incapacitado para la menor relación pasado-presente, de imagen-objeto, del yo con otro alguien o de lo real con la visión que entraña lo abstracto. Él. El mismo al que la mujer (Edite, se llama, pero nada garantiza que ese hombre aún conozca su nombre, que no la considere un simple hecho, una presencia), exacto, ese mismo Él, al que Edite encontraría, poco después, peinándose con un cepillo de dientes antes de partir con urgencia para el Hospital de Santa Maria y el mismo al que una enfermera sorprendería días después en la misma operación delante del espejo en el lavabo de la habitación.
Días después ¿cuándo?
Sin memoria, se desvanece el presente, que simultáneamente es ya pasado muerto. Se pierde la vida anterior... y la interior, claro está, porque sin referencias del pasado, mueren los afectos y los lazos sentimentales, y la noción del tiempo, que relaciona las imágenes del pasado y que les da la luz, y el tono que las data y las vuelve significativas: eso también. Es verdad, también eso se pierde, porque la memoria, como aprendí por mí mismo, es indispensable para que se pueda no sólo medir el tiempo, sino también sentirlo. Así, al ver a mi Otro yo peinándose con un cepillo de dientes en una habitación de hospital (según me contaron más adelante), me pregunto cuántas veces le sucedió aquello y al instante veo a una enfermera aparecérsele por detrás y cambiarle el cepillo por el peine, sin un comentario, sin una palabra siquiera, pura y simplemente con la práctica de quien ejecuta una rutina, y a él obdecerla sin la menor resistencia:él, como cumpliendo el papel que le corresponde en dicha rutina. ¿Siempre ese juego?, me pregunto.
Tal vez. Es posible que la aceptación apática del error se debiera a su incapacidad mnemónica para relacionar... y, por tanto, para preguntar. Es posible. Para él, ahora o ayer era todo otrora, mundo ajeno, o como tal, y desinterés: el constante y desinteresado desinterés del hombre deshabitado de personas y lugares, de tiempo y de sentimientos.
¿Apatía, en ese caso? En esta fase del proceso admito que no se trata propiamente de apatía, serán los médicos quienes podrán decirlo. Que yo sepa, él al principio sabía que estaba enfermo. O tendría una mínima percepción de la imposibilidad de vincularse con los demás, la imposibilidad con la que convivía y aceptaba con naturalidad. Recuerdo incluso que, al observar algo que le llamaba la atención, lo dejaba de lado instintivamente, porque estaba convencido de que un segundo después iba a olvidarlo.
el de oír y percibir, mientras oía, pero desconectar rápidamente, era el plano en el que se movía. Oír y al instante desconectar. Desconectar. Y ver: ver también contaba. Ver a personas (figuras) a través de un cristal mudo y perderlas acto seguido: todo ello sin angustia, como quien llenara el tiempo con una serenidad terminal, como quien, en la desertización que lo invadía, fuera avanzando hacia la muerte cerebral en un escenario de contornos indiferentes.
En las Poesías de Drummond de Andrade, que tengo ahí, en la estantería, José caminaba, pero ¿hacia dónde José?
Y página a página entramos en ese Otro que fue Él. Muy bello libro para mí. Muy, muy bello.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

LA ESPERA


Acabo de recibir una llamada que no debí haber contestado, pero lo hice. Al colgar el teléfono sólo me quedó el miserable llanto por mi impotencia: el asco y la rabia de saber que nada ha cambiado. Este relato (malescrito hace unos meses en la sala de espera de un médico) responde a los mismos sentimientos frente a las mismas situaciones y las mismas personas. Estaba en máquina de coser palabras pero hoy, en un vano intento de venganza (supongo), y con conciencia
de su poco valor literario, lo traigo.
Esta espera es, de algún modo, un estúpido retrato.



LA ESPERA



Cruzó la calle con el corazón encogido de inseguridad. Antonio la esperaba, como cada jueves, de pie frente a la puerta verde. Así era desde hacía ya más de cinco años: cada jueves un paseo; cada dos miércoles, si no había fútbol, cita en la habitación del hotel. Allí mismo. Así el podía ver los cambios de luz de su casa por la ventana.Desde la distancia se leía el reproche en su cara. Pero estaba allí. La esperaba. Un alegre revoloteo de mariposas en su estómago avivó en ella la conciencia del amor que la poseía.
—¿Por qué no viniste el jueves?
—Tuve que ir al Hospital.
—¿Otra vez tu viejo?
—No.
—¿Entonces?
—Yo. Es que…
—¿Tú qué —inquirió Antonio mientras le sujetaba el brazo con fuerza innecesaria.
—Nada. Nada importante. Me… me intoxiqué. Me hicieron un lavado de estómago y… no pude venir. ¡Lo siento!
Caminaron uno junto al otro, en silencio, hasta la esquina que cada jueves presenciaba sus despedidas.
—¡No más llamaditas de atención, eh gordi! Sabes que no me gustan los mimos. Espérame el miércoles en la habitación.Ella permaneció con la mirada baja mientras recibía el esperado pellizco en el culo.
—Hasta el miércoles, entonces.
—Sí, amor. Te esperaré en la habitación.
Ese miércoles tocaba partido. Ella lo sabía y se sentía por ello especialmente privilegiada. Se compró el perfume que a él le gustaba oler en su cabello, soportó con humor la dura semana de trabajo, cuidó cada detalle de su aspecto y esperó en la habitación.
Esperó. Lo había dicho y lo hizo.
Una hora después de la finalización del partido María, la mujer de Antonio, profirió un grito escalofriante desde la cocina. Él corrió a socorrerla y la vio. Estaba allí, en la habitación del hotel, esperando. Su cuerpo joven colgaba de la ventana sujeto por la cinta de la cortina con que se había ahorcado.
Antonio abrazó a su mujer.
—Tranquila, cariño —le dijo mientras la abrazaba. Se ve que la droga está empezando a hacer estragos en este barrio. Ven, ven a sentarte.
Tranquila.
.
.
.

jueves, 27 de noviembre de 2008

LAS ELEGIDAS

Antes de meterme en es lío de este blog, en uno de esos días en que la presión atmosférica era más soportable que la social escribí esta infinitesimal que Juan Yanes publicó amablemente en su blog máquina de coser palabras (no se pierdan esa maravilla los que no lo conozcan) y que hoy traigo aquí.



LAS ELEGIDAS, de Izaskun Legarza
Su cuello crujió con suavidad extrema bajo el conocido peso de las expectativas familiares.
Murió por no creerSE, sentenció el primo traumatólogo.
Ante el nuevo fracaso la familia, implacable, eligió a la pequeña Ana como estandarte anunciador de los anhelos acumulados. Su cuello luce, desde entonces, un férreo collarín.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Un gigantesco vacío.

Vuelvo hoy a una de esas inconclusas libretas que sobrevuelan mi vida y me releo escritos de septiembre del año 94. En un mismo día todos estos disparates juntos:


De nuevo sola en el estudio, deseándote en tu ausencia. Obsesiva, escucho el ascensor por si apareces por sorpresa. Todavía estás aquí y me oprime ya tu ausencia, y me salen los suspiros a borbotones, y se me anuda el estómago. Y sé que me hice dependiente de ti como si fueras mi hilo. Y escribo.
Un gigantesco vacío.
Así era, si es que puede hablarse de dimensiones en la nada. Era enorme, el agujero frío. Sentí que había detenido al tiempo. Ilusa creí que lo había vencido. Me encontré suspendida en lo desconocido y me dio miedo abrir los ojos. Quise volver, entonces. Pedí despertar y que el reloj funcionara.
Sentí miedo.

sábado, 1 de noviembre de 2008

...

en la frontera de la despedida
me (d)escribí


y si el cansancio tiene un límite


entonces


debe mi cuerpo contenerlo

tengo mi yo agotado y repleto

de incapacidad

hastiado mi nombre

de ser fracaso

y continuan tus silencios

desternados

miércoles, 15 de octubre de 2008

Yo lloro, lágrimas de Izaskun

Lloro

Yo lloro

Ahora

En este instante

¡Ya!

Cuando el dedo golpea la tecla

Cuando los ojos revisan ortografías

Cuando el anular va a la tilde

Ya

Lloro

Lágrimas repentinas

imprevistas

relajantes

lloro.

Lágrimas niñaabrazodepadre

lloro

Mujerconmiedo

lloro suspiros sin eco

Y maldigo el espacio

y el tiempo

Para ti

yo lloro