Se van los días sin apenas tocarlos. Busco tiempo en mis bolsillos y de nuevo desespero. La librería crece a trompicones y el miedo fluye como caño abierto. Recuerdo los días pasados en Ecuador, las gentes, los buenos humores, las ganas de creer y creerme. Busco los sentimientos y traigo otro fragmento de aquel viaje. Es largo y pienso cortarlo pero soy impaciente y al fin decido plantarlo entero. Espero que me digan, como siempre, que me cuenten, que me...
Esta es la crónica de mi viaje a Orellana con mi compañero Pato. Es la historia de un trayecto, en el espacio y el tiempo. Y aquí la dejo, con un abrazo y muchísimos nervios.
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Debo viajar a Puerto Francisco de Orellana, a El Coca como dicen los compañeros, para hacer algunas observaciones del trabajo de evaluación que estamos realizando. Compro por teléfono el billete, esta vez de avión, pregunto a algunas colegas qué ropa debo llevar (calor húmedo, me dicen) y preparo la pequeña mochila. Saldremos muy temprano en la mañana (hay que estar en el aeropuerto a las 6:00) y regresaremos esa misma tarde. Un viaje rápido, demasiado rápido para ver, lo sé, pero es la única posibilidad que tenemos.
Al atardecer me tumbo sobre la cama y me adormezco pensando en el ambiente que encontraremos. Orellana es una de las provincias petroleras del Ecuador, una de esas zonas donde los intereses económicos del capitalismo global reinante se cruzaron con la riqueza de la selva amazónica. Un lugar de enfrentamientos múltiples (población huaoraní/ evangelizadores/ colonos/ empresas petroleras/ medioambiente/ agricultura/ artesanía/ machismos variados/ y un largo etcétera), uno de esos sitios en los que las escaladas violentas se suceden hasta sentirse inevitables. En fin, una zona incómoda.
Me informo muy superficialmente sobre la provincia. Leo algunas cifras de población y producciones y me paro en la noticia del enfrentamiento violento entre población y ejército en Dayuma, en 2008. Definitivamente siento que vamos a un espacio difícil, me apena de antemano no poder pasar más tiempo.
Y me duermo.
Me levanto antes del amanecer, tomo una ducha rápida y voy en taxi hasta el aeropuerto. Son sólo 20 minutos: a las 5:30 estoy buscando, con mi compañero, el mostrador de la compañía aérea que parece no existir. Un joven nos informa de que debemos ir a otro hangar, los vuelos de VIP tienen pistas propias, afortunadamente anejas al Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre, de Quito. Corremos a la zona que nos han indicado y entramos en un mundo distinto, silencioso y aparentemente sereno, que imprime sentido a las siglas del vuelo: VIP (very important people en mi conocimiento general, vuelos internos privados en este caso).
Pasamos los controles de rigor y nos internamos en la acogedora salita de espera que compartimos con hombres y mujeres (dos, contándome) que visten trajes ejecutivos y llevan ordenadores portátiles y móviles de última generación. Me levanto a pedirle un café a la señora con vestimenta quichua que sirve tras un pequeño mostrador. Cuando voy a pagarle responde amable: “en VIP todo lo que se ofrece tras su ingreso es gratis, señora.” Comprendo que estoy fuera de lugar y aprovecho para compartir con mi compañero un gratuito y sabroso plato de piña tropical. Al fin anuncian el vuelo (casi media hora de retraso que dará lugar a disculpas reiteradas) y nos sumergimos en el pequeño avión de hélices rumbo a Orellana.
Mientras volamos pienso en mis prejuicios sobre el mundo del petróleo. Cierro los ojos y me recuerdo con mi padre en el petrolero en el que viví tres meses, me veo en Noruega visitando una plataforma y siento el ruido, oigo la voz quebrada de mi madre anunciando el incendio del barco en la bahía… El petróleo, ese “oro negro” que mis estudiantes de secundaria hacían sinónimo de riqueza, siempre me ha despertado sentimientos encontrados: ¡ya veremos!
Ver
Llegamos a El Coca apenas amanecido y nos trasladamos en taxi desde el aeropuerto al centro de la ciudad. La población de la extensa provincia (más de 20.000 kilómetros cuadrados) apenas llega a las 100.000 personas y la capital se nos aparece como una amalgama de viviendas alineadas en torno a calles y caminos que llevan al río, a los ríos. “Este es el río Napo”, nos dirá esa mañana un profesor, “pertenece a la cuenca amazónica. Usted puede ir desde aquí hasta su Atlántico. Claro que encontrará muchas dificultades para llegar. Hay que atravesar fronteras, se encontrará narcos y ejército, las compañías le impedirán pasar.” Las compañías. En el día pasado en Orellana no hay personas que me nombren una compañía petrolera concreta, hablan en abstracto de las compañías. Entonces pregunto, miro, contrasto.
Puerto Francisco de Orellana es una ciudad llena de comercios destartalados que da la sensación de encontrarse en movimiento perpetuo. La gente se mueve deprisa y esquivando la mirada. Hay personas muy distintas, es fácil reconocer etnias diversas, tonos de piel, diferentes formas de vestir. Parece claro que es una ciudad hecha desde otros, una ciudad colonial. Y lo es en muchos sentidos, porque no solo fue ciudad fundada para evangelizar a las puertas de la selva, sino que con el boom petrolero en los años sesenta llegan a la ciudad, a la provincia, colonos de todos los puntos de Ecuador, personas en busca de futuro que abandonan campos y se trasladan a Orellana con la idea de ese nuevo El Dorado que fue el descubrimiento de la riqueza petrolífera.
En las calles hay comercios abiertos con gran variedad de artículos y, sobre todo, casas de comidas y tiendas, fijas o ambulantes, con frutas que me son totalmente desconocidas. Caminamos, miramos y charlamos. La gente no se muestra abierta a primera vista. Mi compañero y yo tenemos que visitar campos agrícolas en los que nos informan de los problemas con los acuíferos contaminados por los residuos del petróleo, de los suelos pobres característicos de las zonas selváticas, de las dificultades para conseguir que el cacao, el café, la yuca, den utilidades. En todas las tierras los mismos comentarios: ¡el agua está contaminada!, en el colegio un laboratorio de aguas y suelos. Casi todos los trabajos los hacen por encargos de las compañías.
Volvemos a la ciudad y al camino. Nos acercamos al río y nos sentamos en una pequeña terraza a conversar. Ahora sí, frente a nosotros, el comercio estrella de la zona, el mercado de sexo. Sexo pagado para todos los públicos, pienso. Lo veo siempre que me acerco al petróleo: en los barcos, en las plataformas, en las cercanías de los pozos. Claro que lo veo en otros sitios, pero no puedo concebir el petróleo sin sexo y aquí, de nuevo, lo encuentro. Mujeres solas de todas las edades, niñas apenas desarrolladas, jóvenes de pechos erectos, madres con caderas de deseo, abuelas cansadas. Todo tipo de mujeres para todo tipo de clientes. Mujeres que conviven en burdeles de carretera, mujeres que trabajan en privado y a domicilio, mujeres para todos los gustos y todos los bolsillos. Hombres, niños, también, claro, pero es difícil visibilizarlo.
Las trabajadoras de los prostíbulos humildes son mujeres a la vista de todos. Algunos lugares de carretera a pocos pasos de la ciudad lucen farolillos rojos y carteles de cartón pintado en los que las familias de mujeres trabajadoras se asoman, salen a la puerta, saludan a los conductores de los buses, mercadean con las señoras del pueblo, hacen su trabajo dignamente, y se someten a veces a la violencia de esos hombres, trabajadores de abajo, que poco ganan con el petróleo. Esos entre los que están sus hermanos, sus esposos y sus hijos. En la ciudad es fácil detectar las calles de lupanares. Se mezclan, allí, negocios abiertos parecidos a los de la carretera con prostíbulos simulados con epígrafes de sauna, night club, masajes… Y locales de lujo, y anuncios privados y públicos. Como en los edificios oficiales, en las ciudades petroleras de la selva ecuatoriana, los prostíbulos se distribuyen en las plantas, cuanto más alto más lujoso y más caro. Me entristece el ambiente, y me atrae. Hay algo muy animal en ese mundo de hombres sudados que sólo en el sexo tienen contacto humano. Hay algo atractivo en esas miradas perdidas que sólo a través del alcohol sueltan la voz y emiten el grito frustrado. Hay algo terrible en esos seres solitarios. Algo profundamente inhumano. Me freno.
Es tarde, hay que volver a los colegios y volver al aeropuerto y volver… un par de entrevistas con químicos de la zona, intercambio amable de correos y de nuevo al vuelo.
Volver
En el avión las mismas caras de la mañana. Faltan algunas, dos o tres, pero no hay nadie nuevo. Nos vamos los de fuera, sin mancharnos. Se quedan los obreros de las compañías, los colonos que recorrieron medio país para sumirse en una miseria distinta, los trabajadores que no se perdonan el daño a sus aguas y a sus tierras, los que se emborrachan todas las tardes y se conforman con la puta más vieja.
Vuelan los técnicos, los que a diario van y vienen en avión a la ciudad, los jóvenes con calzado adecuado que pagan a las hijas del obrero en el prostíbulo de piso alto. Los que regresan a su casa dejando en la selva las tensiones del trabajo, con el cuerpo relajado tras una penetración de las que sus mujeres no admiten, limpios de ducha, con el bolsillo lleno. Y también, claro, los que sólo van una vez al mes, para firmar contratos importantes, para hacerse la foto de rigor con el político de turno, para hacer como que. Esos que cuando llegan tienen ya preparada la fiesta y las mujeres, los que dejan el dinero imprescindible para que el ciclo siga. Esos que apenas conocen el olor del petróleo, que no han soportado el sonido inolvidable de las extracciones. Esos, los importantes, los que sólo saben de bolsa, los que de verdad se enriquecen, los que piden putas de importación o se divorcian y buscan otra. Los jefes de verdad. Esos, que ni siquiera van.
Llego a Quito con la rabia sorda de no saber lo suficiente, de no haber hablado con mujeres huaoranís, de no haberme adentrado en la selva. Y no vuelvo limpia, no, porque me huele el cuerpo a impotencia.