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lunes, 21 de junio de 2010

PETRÓLEO Y MISERIA

Se van los días sin apenas tocarlos. Busco tiempo en mis bolsillos y de nuevo desespero. La librería crece a trompicones y el miedo fluye como caño abierto. Recuerdo los días pasados en Ecuador, las gentes, los buenos humores, las ganas de creer y creerme. Busco los sentimientos y traigo otro fragmento de aquel viaje. Es largo y pienso cortarlo pero soy impaciente y al fin decido plantarlo entero. Espero que me digan, como siempre, que me cuenten, que me...

Esta es la crónica de mi viaje a Orellana con mi compañero Pato. Es la historia de un trayecto, en el espacio y el tiempo. Y aquí la dejo, con un abrazo y muchísimos nervios.


Ir

Debo viajar a Puerto Francisco de Orellana, a El Coca como dicen los compañeros, para hacer algunas observaciones del trabajo de evaluación que estamos realizando. Compro por teléfono el billete, esta vez de avión, pregunto a algunas colegas qué ropa debo llevar (calor húmedo, me dicen) y preparo la pequeña mochila. Saldremos muy temprano en la mañana (hay que estar en el aeropuerto a las 6:00) y regresaremos esa misma tarde. Un viaje rápido, demasiado rápido para ver, lo sé, pero es la única posibilidad que tenemos.

Al atardecer me tumbo sobre la cama y me adormezco pensando en el ambiente que encontraremos. Orellana es una de las provincias petroleras del Ecuador, una de esas zonas donde los intereses económicos del capitalismo global reinante se cruzaron con la riqueza de la selva amazónica. Un lugar de enfrentamientos múltiples (población huaoraní/ evangelizadores/ colonos/ empresas petroleras/ medioambiente/ agricultura/ artesanía/ machismos variados/ y un largo etcétera), uno de esos sitios en los que las escaladas violentas se suceden hasta sentirse inevitables. En fin, una zona incómoda.

Me informo muy superficialmente sobre la provincia. Leo algunas cifras de población y producciones y me paro en la noticia del enfrentamiento violento entre población y ejército en Dayuma, en 2008. Definitivamente siento que vamos a un espacio difícil, me apena de antemano no poder pasar más tiempo.

Y me duermo.

Me levanto antes del amanecer, tomo una ducha rápida y voy en taxi hasta el aeropuerto. Son sólo 20 minutos: a las 5:30 estoy buscando, con mi compañero, el mostrador de la compañía aérea que parece no existir. Un joven nos informa de que debemos ir a otro hangar, los vuelos de VIP tienen pistas propias, afortunadamente anejas al Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre, de Quito. Corremos a la zona que nos han indicado y entramos en un mundo distinto, silencioso y aparentemente sereno, que imprime sentido a las siglas del vuelo: VIP (very important people en mi conocimiento general, vuelos internos privados en este caso).

Pasamos los controles de rigor y nos internamos en la acogedora salita de espera que compartimos con hombres y mujeres (dos, contándome) que visten trajes ejecutivos y llevan ordenadores portátiles y móviles de última generación. Me levanto a pedirle un café a la señora con vestimenta quichua que sirve tras un pequeño mostrador. Cuando voy a pagarle responde amable: “en VIP todo lo que se ofrece tras su ingreso es gratis, señora.” Comprendo que estoy fuera de lugar y aprovecho para compartir con mi compañero un gratuito y sabroso plato de piña tropical. Al fin anuncian el vuelo (casi media hora de retraso que dará lugar a disculpas reiteradas) y nos sumergimos en el pequeño avión de hélices rumbo a Orellana.

Mientras volamos pienso en mis prejuicios sobre el mundo del petróleo. Cierro los ojos y me recuerdo con mi padre en el petrolero en el que viví tres meses, me veo en Noruega visitando una plataforma y siento el ruido, oigo la voz quebrada de mi madre anunciando el incendio del barco en la bahía… El petróleo, ese “oro negro” que mis estudiantes de secundaria hacían sinónimo de riqueza, siempre me ha despertado sentimientos encontrados: ¡ya veremos!

Ver

Llegamos a El Coca apenas amanecido y nos trasladamos en taxi desde el aeropuerto al centro de la ciudad. La población de la extensa provincia (más de 20.000 kilómetros cuadrados) apenas llega a las 100.000 personas y la capital se nos aparece como una amalgama de viviendas alineadas en torno a calles y caminos que llevan al río, a los ríos. “Este es el río Napo”, nos dirá esa mañana un profesor, “pertenece a la cuenca amazónica. Usted puede ir desde aquí hasta su Atlántico. Claro que encontrará muchas dificultades para llegar. Hay que atravesar fronteras, se encontrará narcos y ejército, las compañías le impedirán pasar.” Las compañías. En el día pasado en Orellana no hay personas que me nombren una compañía petrolera concreta, hablan en abstracto de las compañías. Entonces pregunto, miro, contrasto.

Puerto Francisco de Orellana es una ciudad llena de comercios destartalados que da la sensación de encontrarse en movimiento perpetuo. La gente se mueve deprisa y esquivando la mirada. Hay personas muy distintas, es fácil reconocer etnias diversas, tonos de piel, diferentes formas de vestir. Parece claro que es una ciudad hecha desde otros, una ciudad colonial. Y lo es en muchos sentidos, porque no solo fue ciudad fundada para evangelizar a las puertas de la selva, sino que con el boom petrolero en los años sesenta llegan a la ciudad, a la provincia, colonos de todos los puntos de Ecuador, personas en busca de futuro que abandonan campos y se trasladan a Orellana con la idea de ese nuevo El Dorado que fue el descubrimiento de la riqueza petrolífera.

En las calles hay comercios abiertos con gran variedad de artículos y, sobre todo, casas de comidas y tiendas, fijas o ambulantes, con frutas que me son totalmente desconocidas. Caminamos, miramos y charlamos. La gente no se muestra abierta a primera vista. Mi compañero y yo tenemos que visitar campos agrícolas en los que nos informan de los problemas con los acuíferos contaminados por los residuos del petróleo, de los suelos pobres característicos de las zonas selváticas, de las dificultades para conseguir que el cacao, el café, la yuca, den utilidades. En todas las tierras los mismos comentarios: ¡el agua está contaminada!, en el colegio un laboratorio de aguas y suelos. Casi todos los trabajos los hacen por encargos de las compañías.

Volvemos a la ciudad y al camino. Nos acercamos al río y nos sentamos en una pequeña terraza a conversar. Ahora sí, frente a nosotros, el comercio estrella de la zona, el mercado de sexo. Sexo pagado para todos los públicos, pienso. Lo veo siempre que me acerco al petróleo: en los barcos, en las plataformas, en las cercanías de los pozos. Claro que lo veo en otros sitios, pero no puedo concebir el petróleo sin sexo y aquí, de nuevo, lo encuentro. Mujeres solas de todas las edades, niñas apenas desarrolladas, jóvenes de pechos erectos, madres con caderas de deseo, abuelas cansadas. Todo tipo de mujeres para todo tipo de clientes. Mujeres que conviven en burdeles de carretera, mujeres que trabajan en privado y a domicilio, mujeres para todos los gustos y todos los bolsillos. Hombres, niños, también, claro, pero es difícil visibilizarlo.

Las trabajadoras de los prostíbulos humildes son mujeres a la vista de todos. Algunos lugares de carretera a pocos pasos de la ciudad lucen farolillos rojos y carteles de cartón pintado en los que las familias de mujeres trabajadoras se asoman, salen a la puerta, saludan a los conductores de los buses, mercadean con las señoras del pueblo, hacen su trabajo dignamente, y se someten a veces a la violencia de esos hombres, trabajadores de abajo, que poco ganan con el petróleo. Esos entre los que están sus hermanos, sus esposos y sus hijos. En la ciudad es fácil detectar las calles de lupanares. Se mezclan, allí, negocios abiertos parecidos a los de la carretera con prostíbulos simulados con epígrafes de sauna, night club, masajes… Y locales de lujo, y anuncios privados y públicos. Como en los edificios oficiales, en las ciudades petroleras de la selva ecuatoriana, los prostíbulos se distribuyen en las plantas, cuanto más alto más lujoso y más caro. Me entristece el ambiente, y me atrae. Hay algo muy animal en ese mundo de hombres sudados que sólo en el sexo tienen contacto humano. Hay algo atractivo en esas miradas perdidas que sólo a través del alcohol sueltan la voz y emiten el grito frustrado. Hay algo terrible en esos seres solitarios. Algo profundamente inhumano. Me freno.

Es tarde, hay que volver a los colegios y volver al aeropuerto y volver… un par de entrevistas con químicos de la zona, intercambio amable de correos y de nuevo al vuelo.

Volver

En el avión las mismas caras de la mañana. Faltan algunas, dos o tres, pero no hay nadie nuevo. Nos vamos los de fuera, sin mancharnos. Se quedan los obreros de las compañías, los colonos que recorrieron medio país para sumirse en una miseria distinta, los trabajadores que no se perdonan el daño a sus aguas y a sus tierras, los que se emborrachan todas las tardes y se conforman con la puta más vieja.

Vuelan los técnicos, los que a diario van y vienen en avión a la ciudad, los jóvenes con calzado adecuado que pagan a las hijas del obrero en el prostíbulo de piso alto. Los que regresan a su casa dejando en la selva las tensiones del trabajo, con el cuerpo relajado tras una penetración de las que sus mujeres no admiten, limpios de ducha, con el bolsillo lleno. Y también, claro, los que sólo van una vez al mes, para firmar contratos importantes, para hacerse la foto de rigor con el político de turno, para hacer como que. Esos que cuando llegan tienen ya preparada la fiesta y las mujeres, los que dejan el dinero imprescindible para que el ciclo siga. Esos que apenas conocen el olor del petróleo, que no han soportado el sonido inolvidable de las extracciones. Esos, los importantes, los que sólo saben de bolsa, los que de verdad se enriquecen, los que piden putas de importación o se divorcian y buscan otra. Los jefes de verdad. Esos, que ni siquiera van.

Llego a Quito con la rabia sorda de no saber lo suficiente, de no haber hablado con mujeres huaoranís, de no haberme adentrado en la selva. Y no vuelvo limpia, no, porque me huele el cuerpo a impotencia.

domingo, 14 de marzo de 2010

... Y CON COHORTE

Quedé alzada en Santo Domingo y vengo hoy a continuar la narración de lo vivido en aquella ciudad de región costa aunque sin mar océano. Pero antes de retomar las vivencias pasadas quiero aclarar, en vista del extraño ambiente que respiro por este patio, que no pretendo hacer crónica oficial de lo ocurrido y que el, o los, viajes contados desde mí tienen gran parte de mentira, de invento, de sentimiento sobre la acción. Vamos, que no estoy narrando cómo es sino cómo lo llevo dentro y desde esa subjetividad que como saben defiendo quiero decirles hoy lo que viví, soñé, sentí.

ParaSergio Astorga y Helena Braga,
amigos que me amparan.


ALZADA... Y CON COHORTE.

Los pies en tierr
a de nuevo para emprender el camino de regreso, y de nuevo abejas y cuyes, cerdos y lombrices, charla y sendero. Con los pies en el suelo, con la mirada cansada de luz y el cuerpo sudado de tiempo, recorro la senda con los dos hombres amigos.
Hace calor. En cada trecho una pausa breve para beber un sorbo de agua despacio. En todo el trayecto conversación animada, explicaciones sobre la contaminación de los riachuelos que cruzamos, nostalgias de otros tiempos, comunicación de proyectos
de cultivos nuevos. Ganas, todo el tiempo.
Una joven embarazada trabaja con el rastrillo. Hablamos de la alta tasa de gestantes adolescentes y coincidimos en no aceptar argumentos climáticos. Continuamos.
A. se ofrece a guiarnos hasta algún hospedaje en el que pasar la noche. Aceptamos y recorremos con él la ciudad en un bus atestado de gente desde el que nos indica las zonas dedicadas al comercio, los lugares que no debemos caminar, los que pueden gustarnos, los que debemos conocer, los frecuentados en la noche, los... Al fin y al cabo somos turistas en la ciudad, aunque nos pese, y A. se comporta como anfitrión que nos acompaña al hotel:

-Buenas tardes, dos habitaciones individuales, por favor- digo con mi acento canario que suelen tomar por chileno.
-¿Para toda la noche o para un ratito?- responde la recepcionista amable.
Tardo un momento en entender. Miro a los hombres que me acompañan. Río.
-Para toda la noc
he- le digo suave.
-Son once dólares por cada habitación- continúa la joven. Saco el dinero y pago. Entonces, mientras escribe la factura, vuelve a la carga. -Si suben los tres tendrá que pagar una doble...
A. se ha puesto serio. Suavemente me empuja hacia las escaleras y se queda hablando con la señorita.
Asciendo.
La habitación es amplia y huele a limpio. Suelto la mochila y me descalzo: ¡adoro ser descalza!
Los ventanales dan a la calle principal que empieza a oscurecerse de modo que me ducho y salgo con Pato a cenar. Caminamos uno junto al otro, en silencio, sin olvidar los límites seguros que nos marcó A. De vuelta, antes de acostarnos, una cerveza.
Duermo bien aunque hay ruido en la calle. Me siento cobijada. Y temprano despierto.
Me levanto antes de que amanezca y tomo una ducha. El agua está fría y solo hay un grifo. No hay agua caliente si se considera innecesaria y estamos en una ciudad tropical. Me resulta extraño. Y razonable.
Salgo a caminar. La ciudad despierta repentina y ruidosa. La neblina no oculta los colores vivos que llenan las calles. Todo me es nuevo y desearía poder aprehenderlo.
A la hora convenida nos reunimos con quienes nos han de llevar a una de las siete comunas tsáchilas que hay en Santo Domingo. En el coche el hombre nos habla de la comuna, de sus miembros, del tipo de vida que llevan, de la vergüenza tsáchila en la comunicación con los otros, de las construcciones que están haciendo, de sus costumbres. Nos comenta el tipo de caña que se usa para fabricar las cabañas, el tratamiento que se les da, la propuesta de ecoturismo que están desarrollando.
Y la carretera es cada vez más barro. Y el coche da cada vez más brincos hasta que el conductor nos informa de que no podemos continuar porque ha llovido demasiado. Queremos seguir a pie pero nuestros guías nos lo impiden. Toca regreso. Volvemos entonces a la ciudad sin haber contactado con los tsáchilas y me siento frustrada. ¡Una vez más!
Antes de retornar a Quito un corto almuerzo con A. frente a la estación: sopa de cangrejo, pollo con arroz, café. Cuando subimos al bus llevo en la piel la decepción del trabajo inconcluso. Pero apenas hemos recorrido unos pocos metros sin salir de la ciudad cuando recibo en el móvil un mensaje de A. Leo: "Tenga cuidado no pise a alguna hormiguita de la legión que le envié. Ellas serán su escolta. Así estará protegida mi señora". Sonrío tragándome la amargura. Me voy de Santo Domingo alzada y con cohorte. No puedo desear más.

domingo, 21 de febrero de 2010

TRAVESÍA DE LA MUJER ALZADA

Ideas proyectos de yo otra me bullen muy dentro. Sueños efervescentes se me agolpan en el rígido cuerpo recipiente. La cabeza olla a presión girando pensamientos. Yo que busco la válvula de escape que libere el vapor pestilente. Y nada.
Quiero contar espacios vividos en la América que me retuvo. Viajes pasados que se desdibujan a golpe de nostalgias. Y se hace de nuevo el miedo a no saber decir lo sentido; el temor a la decepción tras selvática; el vértigo a errar el trazo de las palabras requeridas para el tránsito. Y la vergüenza.
Lo pienso un segundo y arrincono el pudor para lanzarme con descaro a decir mi intermitente travesía entre Quito y Santo Domingo; a narrar, desde la impresión otra vez, un trozo de viaje adentro que vuelve a ser, tiene que ser, para Sergio.

A Sergio Astorga y Helena Braga,
amigos que me alzan del suelo.

Casi una hora de trole hasta llegar a la estación del sur. Las 6:30 de la mañana y el inmenso edificio de factura moderna y claridad extrema es un hervidero de gentes en movimiento perpetuo. Subo por la amplia rampa marmórea a la zona de compra de billetes y cuando al fin encuentro la ventanilla que anuncia viajes a Santo Domingo, la joven amable me informa de la salida de buses en intervalos de diez o quince minutos. Siento que estoy en un país en movimiento y decido esperar a mi compañero antes de comprar el boleto. Regreso, entonces, a la planta baja en busca del café ansiado y me sumerjo en el patio de comidas de Quitumbe, pero esa es otra historia, otro mundo, otro viaje. Tomo el café como si en mi casa estuviera, y vuelvo a ascender.
Tres horas de bus pegada a la ventanilla entre pasajeros durmientes. El descenso de la cordillera occidental es brusco y por momentos me siento en un tobogán gigante. Un leve mareo me sobreviene pero no hay lugar para el miedo en la curiosidad que me habita. Miro fuera. Miro, como quien desea beber de un trago la vida entera, buscándome en la floresta. Pronto aparecen las conocidas plataneras y las casas del camino se visten de colores y el aire se llena de familiar humedad.

En una curva del camino se me viene dentro la imagen nítida de lo por suceder. Y con igual presteza se desvanece.
Llegamos a Santo Domingo a las 10 de la mañana. Café, y taxi al instituto. Trabajo, diálogo, intercambio de ideas, aprendizaje. Hombres y mujeres reservados, de mirada esquiva y gesto desconfiado entre los que destaca A., hombre grande, alto en tamaño y gesto, rudo de manos y provocador de mirada.
La reunión termina y A. nos invita a recorrer las tierras del trabajo cotidiano. Así caminamos bajo el sol velado hasta las cochineras, yo tras él presintiéndolo animal herido, jefe de manada sin nada que perder. De pronto se vuelve y me mira fuerte. Chilla entonces la cerda recién parida contra nuestra presencia. El cuerpo me dibuja una sonrisa mamífera. Los ojos se me clavan en la camiseta blanca que le absorbe el sudor bajo la camisa. Acepto el reto y se abre el juego. Queda meter las manos en pilas repletas de lombrices, fotografiar cuyes que en breve comeremos, caminar entre abejas, hundir los pies en el barro bajo las balsas, cortar palma, compartir agua.
Termina la jornada y A. se ofrece a guiarnos a un hospedaje para el descanso nocturno. El suelo está húmedo de trópico cuando resbalo y sus manos me apresan veloces elevándome. Se hace vida la imagen y sobrevuelo la tierra pisada flotando como niña a quien su padre eleva.
Estoy en Santo Domingo de los Tsáchilas. Mañana volveremos al trabajo. Las firmes manos de A. permanecen hincadas en mis costillas. En un breve instante me vivo, yo, mujer alzada.


jueves, 21 de enero de 2010

VIAJE A LA ANTESALA DE LA SELVA

Viajar de Quito a Puyo en bus -como allá dicen-, en guagua de gente de a pie -como aquí decimos- me fue un viaje como hacia dentro, un recorrido por las entrañas mías,una suspensión del tiempo. Permítanme que les cuente hoy lo que sentí en aquellos momentos que ya me son pasado y que les ponga algunas imágenes del recorrido que en mí tiene olores y sonidos y piel, mucha sentida piel por lo vivido. Seré breve e injusta por poco descriptiva. Seré sincera porque camino ya en la aceptación de mi transparencia. Después de En la noche, este segundo fragmento de mis cuadernos viajeros que quiero dedicarle a mi queridísimo amigo Sergio Astorga por ser el hombre que mejor me presiente y más me exige desde su paciente cariño.

A Sergio Astorga este trozo de lo sentido

Fue como realizar un viaje al interior de mi yo no asumido. Salir de la luz plena del cielo quiteño y acercarme, en cada curva, a la turbia luz de la selva incomprensible. Desaparecen las siluetas monumentales de las montañas andinas y empieza la llanura serpenteante. Por la ventanilla asoman cascadas de agua dignas del mejor folleto turístico, niños de sonrisa amplia, paredes de roca para deporte del turismo europeo, prostíbulos de puertas abiertas y niñas en pijama, balnearios de lujo... La vida en una carretera.

Fue lento y profundo. Se hace negro en un túnel sin fin. Tras su boca un paisaje que presagia selva. Entonces otro túnel inesperado. La oscuridad es absoluta. Miro directa a mis miedos. Se abre el cielo y ya es de noche. Las cinco de la tarde. El suelo embarrado. Un túnel más. Me pierdo en mi infancia, recuerdo a Carpentier, siento que busco los pasos perdidos. No podré soportar un nuevo hueco. Y se acerca otro túnel.
Respiro buscándome dentro. El último túnel está en obras y hay que bordearlo por la carretera vieja. Bajo las ruedas el precipicio que lleva al río. Cierro los ojos. Me siento. De pronto toda la piel se me hace conciente. Noto su respiración. Pienso en total silencio.
Mi compañero de trabajo, el joven Pato, saca las fotos callado. Llegamos al Puyo en la noche prematura de la selva. Le pedimos al taxista que nos lleve a un sitio céntrico y barato donde pasar la noche. Nos deja frente a un pequeño hotel situado junto a la plaza del centro. Le agradecemos y pagamos el transporte sin precio de extranjeros. Dos habitaciones individuales, 6$ por persona. Me siento invasora.


El Puyo es la capital de Pastaza, una ciudad que no lo parece, con silencio de tierra hospitalaria. Me ducho despegándome costras de prejuicios previos y salgo a pasear en la noche. Me siento a cenar en un comedor atestado de personas del lugar. Seco de pollo. Caigo en la cuenta de que no siento el tiempo. Nunca llevo reloj. Pero no es eso.
Me percibo alerta. Como si algo terrible pudiera suceder en cualquier momento. Como si faltaran escasos segundos para rodar la escena definitiva. Como si la vida pudiera quebrarse en cualquier movimiento. Anoto en la servilleta: "quietud de tensión extrema." Hay alcohol en las miradas cuando me voy a dormir. Sola.
El sonido de la lluvia me arrulla el sueño. Descanso tranquila. Bajo la ventana una pelea que incorporo a mis sueños. Hay algo violento en la exuberancia desbocada de la naturaleza que nos cerca. Me levanto a las cinco para caminar el silencio. Abro mi piel y miro. Me atrae. Y no lo entiendo.
Me asqueo ante las fotos de turistas blancos asistiendo a ceromonias shuar o pintados como huaos. Me asombra la densidad de ese silencio que puedo sentir con todo el cuerpo. Desde muy dentro sé que hay algo que me da miedo. Me fuerzo a caminar despacio. El aire es agua. Estoy fascinada.
Me voy al trabajo. La gente nos acoge con extrema amabilidad. Cuentan, ríen, comparten. En un pequeño descanso la mujer a quien entrevisto me pregunta qué me parece su ciudad. No sé qué responder y le hablo de la neblina que nos cobija, de la cortina de luz y de las sensaciones que esa envoltura inmaterial me provoca. Ella me mira fijamente dejándome hablar. Cuando termino me toma las manos y clava sus pupilas en las mías. Habla: "En nuestra lengua Puyo significa neblina, agua en el aire, luz velada.... usted ya vivió esta ciudad, querida".

A la hora de partir estoy serena. Respiro despacio sintiendo la selva del otro lado. El pensamiento se me adentra a los orígenes. Me reconcilio con mis miedos y me vivo libre. Una parte de mí pertenece a ese silencio. La vida apreciada al fin, allí, en la antesala de la Amazonía.

lunes, 28 de diciembre de 2009

EN LA NOCHE

Me desvelo en esta noche de trabajo intenso y por hoy casi fructífero. Demasiado café, la espalda dolorida, las músicas resonándome, las ganas de poder. Los sueños y el miedo (echo de menos la lectura de María Zambrano, la lectura en general) me vencen y sé que no me debo acostar. Me quedo entonces sentada en la misma silla en la que llevo innumerables horas aposentada, me introduzco los auriculares, me abro una cerveza y les ecribo unas líneas absurdas garabateadas en la libreta de este extraño viaje. Estoy en Quito. Es de noche. El cachalote amado guía mi navegación mientras un ángel custodia mis cielos. Para ellos los rebujatos de esta noche. Para todas, y os, mi más profunda gratitud por ser. Y por estar, a veces.

Para el Cachalote que me guía y el Ángel que me guarda.

En la noche me adentro. Sola. Llueve y camino. Busco el silencio donde poder pensarte. El paraguas cerrado en mi mano. Me dejo mojar. Quiero Mi vida sin mí. Me paro y miro al cielo. Desde el agua que habito. Alzo la mirada.

Entro en el negro. La avenida desierta. Luces de coches que cruzan. Me escondo en lo oscuro.

Esta ciudad tiene noche de montaña. Apenas alcanzo a verme las manos. Me siento en el bordillo de la noche negra. Sigue lloviendo. Desde la soledad te pienso. Ya añoro este espacio que pronto abandonaré. Respiro. Me lleno del no olor de Quito.

Un coche me pica las luces. Reemprendo el camino. Sola. Cruzo la inmensa avenida negra entre coches que apenas frenan. Hay un chico haciendo malabares con una esfera de cristal en los semáforos. Me saluda al pasar.

Está oscuro. Me siento bajo un semáforo. Me hago público del joven artista callejero. Pablo en la memoria. No tengo miedo. Me acerco y le doy todo el dinero que me queda. Me vuelvo a la noche de los pensamientos. Bajo la lluvia el beso robado del chico de la esfera transparente. Es sincero.

En la noche me adentro. Sola. Llueve y te pienso.