De nuevo mucho más que improductiva. Me encuentro hoy agotada y sin ganas de nada distinto a olvidar. Pero me resisto y traigo este cuentito que Juan Yanes me publicó en aquella espléndida máquina que tanto añoro. Lo escribí para un concurso en La Gomera y ni lo seleccionaron pero yo le sigo teniendo cariñito, tal vez porque lo leo saltándome la terrible puntuación que utilicé y le pongo en mi cuerpo el ritmo de la mecedora.
EL VAIVÉN
, ‘pa-lan-teypa-trás, ‘pa-lan-teypa-trás, ‘pa-lan-tey…
Cómodamente envuelta en el movimiento de la vieja mecedora, Carmen reposaba serena, dejando bailar sus recuerdos al ritmo maternal del conocido vaivén.
pa-trás, ‘.
El plácido gesto de su rostro, limpio del más mínimo atisbo de desdicha, delataba una envidiable felicidad.
Ciertamente, Carmen: ya jubilada; viviendo de nuevo en aquella casita terrera; balanceándose al compás de la más que centenaria mecedora; esperando, como cada tarde desde hacía ya casi un año, la bulliciosa llegada de sus tres pequeños sobrinos-nietos; era una mujer incuestionablemente feliz, pese a las muchas desgracias vividas.
Y es que Carmen regresó, como se fue, para vivirse.
Fue el veinte de marzo de 2006 cuando desembarcó con sus enseres en el muelle de “La Villa”, después de veinte años sin haber pisado su isla natal. Los mismos veinte años que habían transcurrido desde la muerte de su abuela Teodora.
¡Qué recuerdos! En aquella ocasión la célebre actriz había abandonado precipitadamente la lujosísima sala en la que recibió el codiciado galardón para desplazarse en un jet privado hasta Tenerife, desde donde fue trasladada en helicóptero a San Sebastián para abrazar el cuerpo inerte de la mujer que la forjó. Carmen, luciendo aún las galas con que sus paisanos la habían visto por televisión recoger el Óscar a la Mejor Actriz y dedicárselo a Teodora, acompañó a su abuela hasta su última morada dejando en el nicho la preciada estatuilla, junto a la vieja cajita de galletas que, con todas sus cartas escrupulosamente ordenadas, guardaba celosamente la anciana. Treinta años de correspondencia diaria, exceptuando un mes que las dos mujeres reservaban para compartir espacios. Trescientos treinta meses de cartas que Teodora repasaba diariamente para sentirse partícipe de la vida de su nieta en el extranjero. Sí, en el extranjero, porque a los veinte años, animada por su abuela y por algunos profesores malditos por más de un cura, Carmen dejó España para irse a estudiar teatro a Francia. Como las grandes, decía su abuela cuando pasaba por algún foco de rumores, la veremos triunfar como a las grandes: como a Sarah Bernhardt, como a la Xirgu. Será la mejor. Y no renegará de nosotros, apostillaba.
¡Y tenía razón!
El 20 de marzo de 2006 Carmen, aún atractiva a sus casi setenta años, bajó la escalinata del ferry sabiendo que había llegado a su destino. Volvía para vivir y morir en la misma casa en que vivió y murió su abuela: la casa familiar que la vio crecer, la misma en que doña Carmen le ofrecía su leche de mujer-mamífera-solidaria, su leche que la hermanó con Ramón brindándole la oportunidad de convertirse en tía abuela postiza de los tres pilluelos que dentro de pocos minutos volverían a rodearla, como todas las tardes desde hacía ya casi un año, pidiéndole con admiración que les contara alguna historia, que deshilvanara para ellos los tejidos de su memoria como con ella hizo su abuela Teodora.
,’pa-lan-teypa-…
Su abuela, que fue como su madre, excepto en el tema de la leche del que se encargó doña Carmen. Y es que la primera tragedia de Carmen no se desarrolló en un escenario. Su primera tragedia, la de tantas otras niñas y niños, se actuó en la cama que la vio nacer a ella y días después morir a su madre, en el fatídico verano del año 36.
Ni que decir tiene que Carmen no recordaba aquella cama, ni aquella casa ya inexistente, ni aquel verano nefasto. No recordaba. Pero sabía. Teodora se había encargado de informarla cuidadosamente, de ir dando respuestas ciertas a sus preguntas de niña inteligente, de construir su memoria histórica. Carmen sabía, y ese conocimiento era la paz de su rostro, pues Carmen no olvidó sus orígenes. Nunca quiso olvidarlos.
Fue una calurosa noche sin luna cuando la joven Catalina rompió aguas. En “El Valle” reverberaban sin cesar los silbos informando detenciones y huidas: éxitos y fracasos. Apenas se hablaba. Con su esposo rumbo a Venezuela y la isla despoblada de médicos por las tropas del futuro dictador Catalina inició, entre mujeres, su único parto. Más de cuarenta y ocho horas de dolores compartidos precedieron al fuerte, premonitorio llanto, con el que Carmen bajó a la vida. Todo estuvo bien hecho. La joven madre durmió con su hija acurrucada junto a su pecho. Pero no había penicilina. No había médico.
Y la muerte capturó a la recién parida.
Dicen que el eco de la difunta flotaba aún en el aire cuando Teodora cruzó el zaguán de la capitalina casa familiar. Envuelta en su toquilla Carmen miraba embelesada la voz que repetía con dulzura la cantinela que la acompañaría el resto de sus días:
“Mi niña bonita,
La flor de las flores,
Su tiempo vendrá,
Que sepa de amores”
trás,’pa-lan...
-Abuela Carmen, abuela Carmen, despierta, venimos a que…………
- De acuerdo, niños, primero un besito a la abuela y después los tres sentaditos en el suelo. ¿Qué cuento queremos hoy?
- El de los elefantes-, responde el pequeño Ramón.
- Vamos allá-, exclama Carmen incorporándose:
Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar:
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.
……………………………. "
Este relato está dedicado a mi hermana, portadora de la memoria familiar.