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miércoles, 20 de julio de 2011

LA PUERTA (I)

Hubo una puerta primera. Una genitora que se fue y se llevó su hueco imprescindible. Una madre puerta que hace tiempo les escribí y hoy, porque tengo la cama sin hacer y el cansancio a flor de piel, porque los orígenes deben nombrarse, porque la necesito vuelvo a exponerla.

Puerta (i)
A mi madre.

Miles de veces le dije que la necesitaba pero ayer me abandonó. Se fue a mediodía, mi puerta desquiciada, dejándome atrapado y sin salida.
Desde la condena de mi encierro escribo, mientras evoco la esbelta silueta de su marco y el sonido metálico de sus goznes. Por ella viví un afuera que no volverá. Me niego a la resignación de ser, sin el imprescindible hueco de su presencia.


jueves, 3 de junio de 2010

Carta sobre un nacimiento

Pasó el día uno, traje la hoja del calendario de mi admirado Sergio y no tuve ánimo para vestir de azul. Demasiadas palabras arremolinadas atascando la posibilidad de un disparatito limpio, certero. Demasiados miedos. Y, entonces, mejor callar.
Pero no quiero callar sino afianzar el regreso y vengo entonces con una carta que me encargó un niño artista para conocer el porqué de la librería y la pongo aquí, como único sé, boca arriba. El chico a quien va dirigida la carta, Donovan, está haciéndome bellísimas imágenes para el espacio que inauguraremos en julio y me solicitó, para su trabajo, que le enviara un texto contando el nacimiento de la idea. Yo, obediente de nuevo, le escribí la carta que hoy enseño. Del joven artista debo decir que fue alumno hace casi veinte años en aquel extinto (fea palabra apagafuegos) ciclo superior de EGB, que su capacidad creativa y su inteligencia se le derramaron siempre, como su bondad, que trabajar junto a él una mañana, observar sus procesos, escuchar sus motivos ha sido para mí un privilegio inesperado y que estoy profundamente agradecida por todo el buen trabajo que para mí, conmigo, está haciendo.
Gracias, Donovan.


Querido Donovan,


Voy a intentar escribirte algo sobre cómo y porqué, me nació la librería. No voy a coger escritos anteriores, como te había dicho, sino que me dejaré ir contándote y, claro, después me matará la vergüenza cuando te vea, pero creo que es lo mejor que puedo hacer , y quiero hacerlo porque me gusta mucho participar en el proceso creativo que realizas y que me parece admirable, sincero y profundamente bello.

Callo y cuento:

Antes de dejar el colegio, cuando lo dejé e inmediatamente después, estaba llena de desengaños. Durante algún tiempo me sentí como una disléxica sentimental sin cura, como si mi interpretación de los demás, de lo otro, fuera una lectura irremediablemente equivocada, como si hubiera perdido un decodificador. Era horrible para mí. Hablaba con personas a las que sentía cariñosas y cercanas, con las que quisiera hermanarme y volcarme en confesiones, personas que me resultaban amigas y que sabía, lo sé, que se dedicaban sistemáticamente a apuñalarme de la forma más trapera.La evidencia de la hipocresía se me apareció, repentina. Y yo, que creía haberme hecho adulta a base de ir a entierros y de asumir responsabilidades, descubría de pronto que la mentira era algo más que una travesura infantil y que se puede vivir en ella. De verdad fue muy doloroso. No lo he superado y no creo que lo haga. No podía culpar a los demás de ser como son, así que culpé a mi percepción, a mi entendimiento, a mí.

Durante más de un año me he buceado muy dentro buscando las piezas oxidadas, proponiéndome reajustes, desechando cambios... Ha sido un tiempo de altibajos en que las emociones las puse en el blog, y en personas que están más allá de los cables. Ha sido un tiempo de inactividad mundana en que me he observado a través de otros, he mirado hondo a mis hijos, me he hurgado heridas viejas y he abierto otras, y he leído. He intentado leer queriendo, amando, dejando que lo leído en letras, imágenes, sonidos, se me adentre y me diga. He leído con todo mi cuerpo procurando confundirme con lo leído, intentando desvelar el mundo desde mí. Y poco a poco, algo de camino se ha ido abriendo.
O eso espero, porque lo cierto es que en ese tiempo de exploración me he preguntado continuamente qué busco, qué quiero, qué lugar del mundo, qué actividad podría convertir en yo para el tiempo de viaje que por aquí queda. Me he husmeado, olido, revolcado. Me he hecho la engreída y me he desesperado. Me he distraído y he procurado trabajos que no siento. Y me he metido hasta dentro de mí, hasta muy muy dentro. Y ahí dentro, en mi pozo, en el abismo, entre el hígado y los pulmones, refugiada, siempre me han venido los libros, y las mujeres que necesito; siempre me ha reconfortado el recuerdo de mi madre abrazándome, siempre me he sentido feliz sabiéndome niña. Y desde ahí, Donovan, desde la certeza de que no me sueño varón, desde la verdad sentida de quererme mujer, desde la seguridad del abrazo de una madre, desde las letras de mujeres como Lilian, de hombres como Sergio, desde las miradas de mis hijos me despertó la conciencia de que mi vida es esa librería.

Y así fue, o eso creo, Donovan, como me nació la librería. Tras mucho tiempo de viaje me levanté un día y supe que tocaba mover ficha. Después de estar dentro fluyéndome me dejé llevar y me lancé. Cuando alquilé el local me sentí como mujer embarazada de ocho meses en ese momento en que ya no hay vuelta atrás y se le ve la cara al miedo. Ahora, a un mes de la apertura me vence el pánico cada día y cada día me agarro fuerte al útero y me abismo. No quiero nada especial, Donovan, no espero nada especial, simplemente creo que ese sitio soy yo.
Un beso,


jueves, 24 de diciembre de 2009

FELIZ NAVIDAD

Es lo que toca. Felicitarnos unos a otros, desearnos cositas buenas de boca para fuera, comprar como posesos, enviar tarjetitas a ser posible de ONGs que apacigüen nuestra conciencia.
Feliz Navidad, se lee en carteles de todo tipo, en correos electrónicos de personas que ni siquiera conocemos, en publicidades de ferreterías, supermercados, tiendas de ropa y más. Y más. El vecino que nos cruzamos cada mañana sin mediar palabra de pronto sube al ascensor y espeta la fórmula mágica:
¡Feliz Navidad!
Respondo con la misma frase. Ya me da igual. O me daba. Hoy tengo una razón tangible para felicitar, un motivos para que no me dé igual, una alegría para compartir. Hoy mi hermana, esa mujer a la que quiero como si fuera mi madre, o mi hija. Esa niña a la que admiro en silencio cada día. Esa otra en la que me miro ha escrito una felicitación navideña y, por si fuera poco me ha dado permiso para copiarla aquí. Y lo hago, y con ella les dejo mi abrazo a los de siempre, a los que quiero, a los amigos de carne y a los de espacio. A ustedes, como todos los días, las ganas de que les vaya bien y la mano de quien se siente halagada por su presencia aquí. A ustedes, Lilian, Sergio, Triana, Juan, Ilia, Toro, Brujita, Gemma, Adanero, Pizarr, Juanan, Aída, Raquel, Alejandro, Arruillo, Miriam, Jesús, Camille, Lauren, NàN, Isabel, Paz... A mi cachalote querido y a quienes callan pero están. A ustedes a quienes sí quiero, desde mi hermana, Feliz Navidad.


FELIZ NAVIDAD
$IN GOD WE TRUST$


Se acerca el fatídico día del nacimiento del mayor dictador de la Historia de eso que llamamos humanidad. Pronto hará 2042 años del día en que Dios nos recondenó apareciendo físicamente entre nosotros. Nos condenó a la culpa, al remordimiento, a la caridad y a la resignación. Eso sí, en nombre de Dios. Pero yo, gracias a Dios, soy atea. A mí me condenó, por eso, a ataques de claustrofobia en centros comerciales y a gastar lo que no tengo en aras de la sonrisa de mis niños. De todos los niños.
(¡Qué pensamiento tan asquerosamente burgués!)
Veinticuatro de diciembre. Hay niños que lloran, como todos los días. Niños que trabajan, niños que roban, niños que mueren, como todos los días.
Veinticuatro de diciembre. La mayoría de los niños del planeta no cenan pavo. No cenan. No han comido.
Veinticuatro de diciembre. Hay niños que mueren, como todos los días. Niños que se prostituyen y niños que son prostituídos. Niños que matan, como todos los días.
Y yo soy atea, pero...
...¡me cago en Dios,
y en el consumismo,
y en las diferencias,
y...
Feliz Navidad!



martes, 20 de octubre de 2009

Carta a una mujer que amo

Querida Irene:

Escribo al aire esta carta y regreso violeta a este espacio que hace más de un año abrí, para decirte que te amo. No es novedad para quien me conoce, lo sé, pero quiero hoy pregonarlo: te amo, Irene. Te amo, sí, porque te pienso necesaria, porque me siento tarada, porque contigo aprendo, porque te adoran mis hijos, porque así lo siento: te amo. Busco en el DRAE (por ver si me equivoco y por contaminación de Gemma, al César...) y leo: "amor- sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser"; entonces me entran ganas de largar un punto, y punto, porque descubro que sí, que es amor lo que te tengo.Pero freno, percuto el signo y sigo porque quiero abrir este nuevo vano ventilando el amor que te tengo y que se merecería músicas que no sé traer y voces que no son la mía.

Te quiero, Irene, te amo de veras aunque no te lo diga en secreto como en el bolero y te reciba cotidiana sin mayores arreglos. Te quiero sabiéndome muy deficiente y con miedo, conociendo los tristes espacios que nos unen, la mierda que compartimos, los muros que nos separan, las noticias que desconozco. Así, te quiero.
Y hoy que ya es mañana y que tu cumpleaños transcurrió en la mesa sobre la que tecleo, hoy que intenté llenar un pequeño hueco de los infinitos socavones que nos delimitan, hoy, quiero decirte que "nada ni nadie hará que mi pecho se olvide de ti". O al menos eso espero, porque bien pensado aunque ebria, porque es tarde y celebramos con mal cava, no estoy yo muy segura de que el olvido no me llegue si me toca la enfermedad de mi madre y mi abuela y mi bisabuela. Puñetera enfermedad, pero ese es otro tema, como mi madre es otra mujer que amo y hoy fue tu cumpleaños y no el de ella. Fue tu cumpleaños, no sé cuántos ni me importa, y fueron de segunda mano los regalos. Y te quiero porque los celebras como si fueran nuevos, y los tocas uno a uno, y los muestras haciendo felices a los niños que te consideran especial, muy especial, casi tanto como en verdad eres.
Te quiero a ti con perros y gatos, con engaños y certezas, con fuerza incontrolable, con cansancios históricos, con gestos histéricos, con lecturas afectadas, con mentiras piadosas, con sabiduría inaudita, con cansancio y con pausa, te quiero. Y después de "tanto tiempo disfrutando de este amor" hoy, sin pretender ser tu dueña y esperando que nadie se adueñe de mí, quiero que vuele este amor que te tengo y por eso escribo y afirmo que yo, queridísima maestra-amiga, te quiero.

sábado, 10 de octubre de 2009

RECOMENDACIÓN



La foto es de Anto y está tomada desde "Los Molinos", Crevillente.

Estoy atragantada de vida y dolor. Tengo el cuerpo crujiente de cansancio y la mente revuelta ensayando centrifugados. Permanezco en silencio por impotencia, y por necesidad aquí vuelvo: a dar explicaciones sin sentido, a manchar la nada, a darles las gracias por estar y a recomendarles que lean, sientan y disfruten un delirio pleno de silencio en el que participan gentes admiradas por mí de esta red de tejedor desconocido. Sumérjanse en el silencio de delirio y ya vendrán a contarme.
Yo, mientras nado, intentaré descansar.

sábado, 20 de junio de 2009

Cristina Peri Rossi en el Auditorio de Tenerife

En Santa Cruz, el viernes 19 de junio de 2009.
Se acerca la medianoche y me siento (por esta vez de sentar) sola en un taburete en la barra de un bar. Es la primera vez que entro, hay mucha gente pero nadie conocido, respiro. Sobre mi porción de barra una cerveza bien fría, un pequeño plato de pan con tomate y anchoas, mi libreta, el pilot deslizándose, las servilletas... Desde mi anonimato en el bar bullicioso de voces violentadas por el alcohol inicio la escritura de mis dos últimos días. Y les cuento...
Ayer jueves, a las siete de la tarde, fui al auditorio de esta ciudad, a uno de sus pequeños cuartos de la parte baja, a escuchar a Cristina Peri Rossi que es, como bien saben quienes aquí vienen, una de mis ídolas. Me costó ir, me cuestioné la salida hasta pocos minutos antes de pisar la calle, me sentí ridícula, me vine abajo, me pinté en exceso y se me corrió de nuevo el rimel, me enfadé con el espejo, llamé a una antigua alumna para que hiciera de canguro con mis hijos, me hablé en segunda persona y me oí diciéndome estupideces, metí en el bolso La nave de los locos, me colgué del brazo de Patrick y caminé hacia el auditorio.
Hoy sola, tras una mesa redonda con mujeres del ámbito de la filosofía y de la literatura (entre ellas de nuevo Cristina Peri Rossi y Elsa López), sintiéndome fuera de lugar como tantas veces, antes de bajar a mis infiernos y censurarme la inmadurez que me abunda pese a la edad, quiero escribir que disfruté de la charla de ayer (mucho) y de la de hoy (también). Me sentí bien oyendo a la escritora uruguaya que desplegó la ironía (en el impulso me salió fina ironía porque mi impulso es redundante, como yo) que tan bien maneja, hilvanó en su discurso referencias literarias y científicas con anécdotas familiares cuidadosamente escogidas, cautivó al público con su verbo insaciable, con sus guiños políticos, con sus reivindicaciones feministas, y con su poesía. Antes de mañana, antes de recaer en la sensación de vacío, antes de saberme intrusa en estos espacios quiero decirles, hoy, que me gustó estar y escuchar, que reí libre, que analicé silenciosa, que miré cómplice. Que disfruté y quiero dejarles aquí un poema que leyó la autora y otro que con frecuencia en silencio leo yo.
CRISTINA PERI ROSSI
FIDELIDAD
A los veinte años, en Montevideo, escuchaba a Mina
cantando Marguerita de Cocciante
en la pantalla blanca y negra de la Rai
junto a la mujer que amaba
y me emocionaba.
A los cuarenta años escuchaba a Mina
cantando Marguerita de Cocciante
en el reproductor de cassettes
junto a la mujer que amaba,
en Estocolmo,
y me emocionaba.
A los sesenta años, escucho a Mina
cantando a Margherita de Cocciante
en Youtube, junto a la mujer a la que amo,
ciudad de Barcelona
y me emociono
Luego dicen que no soy una persona fiel.
Este poema abre el libro Playstation que le ha valido a su autora el XXI Premio Fundación Loewe y ha sido editado en Visor este año. El que hace años vengo leyendo se encuentra en el libro Aquella noche, editado por Lumen en 1996 (p. 13) y dice así:
MUJER DE PRINCIPIOS
He sido fiel al blues
a Sara Vaughan,
al mar,
a la aspirina,
a Caspar David Friedrich,
a los nocturnos de Chopin
y a los diurnos de Van Gogh,
al cigarrillo,
a la máquina de escribir
y a la lectura del periódico.
Al mar
-no a la montaña-
a la noches
antes que al día,
al invierno
antes que al verano,
al gua,
no al fuego,
a la química,
no a la geografía,
a la solidaridad
más que al sexo,
a la belleza,
siempre a la belleza.
He sido fiel a los perros,
a los osos,
a los dinosaurios
(nunca a las aves),
a los barcos,
no a los aviones.
Si no he sido fiel en el amor
sólo ha sido
por fidelidad a los fantasmas.
Ayer y hoy escuché y admiré a una de mis fantasmas. Esta es la crónica de ese encuentro. Y me voy del bar que no hay mujeres ya. Buenas noches.

sábado, 23 de mayo de 2009

ADRIANO

Aceptar que Adriano es mi amigo me provocó un gran extrañamiento. Me quedé varios días muy pensativa, consulté con mis personas más queridas, me cuestioné mi pasado mi presente y mi futuro, me llené de herpes, me miré al espejo por ver qué me decía esa señora que se asoma y me tapa. Dudé existiendo y por fin admití lo que para los demás era hacía tiempo evidente: Adriano es mi amigo.





Hace quince años que Adriano y yo nos conocemos. Él se jacta de recordar perfectamente la primera vez que nos vimos y cómo se dirigió a mí. Yo lo creo y me río pensando qué tiene de extraño que dos personas que llevan quince años viéndose, que han estudiado juntas, que han tomado copas, montado exposiciones y barrido suelos a dúo sean amigas. Me río de mí y de mis pensamientos reaccionarios (que tenerlos los tengo pero bien coartaditos) porque aunque he compartido conversaciones sobre lo divino y lo humano con Adriano, aunque nos hemos hecho confesiones íntimas y he sido la primera en enterarme de algunas anécdotas de su vida me costó tolerar (así son mis contradicciones) que t
engo un amigo con diecinueve años. Pero lo tengo; es un chico delicioso, guapo y dulce, comprensivo e inteligente, creativo y realista. No es perfecto, pero sí delicioso mi niño Chano, que así lo llamo.





Nos conocimos por mi trabajo de maestra de parvulitos y la chispa fue inmediata. El curso fue maravilloso: hicimos bombones en clase y Chano se lamió las manos con la cara de felicidad más sincera que en mi vida he visto; dibujamos trenzas en una Serena de tamaño real que pintamos para la presentación del libro del mismo título de Juan Cruz; aprendí con él sobre mis rodillas lo que es un 360 y lo divertido que es coger olas; y fuimos juntos a la playa... y ¡disfruté tanto!







(Y a juzgar por su carita creo que también Chano, que lucía este extraordinario moreno con cuatro añitos lo pasó bien aquel día).





















Pero terminó el año (que dicen que lo bueno si breve) y yo sí seguí viendo a Adriano. Y continuamos hablando y persistí en la práctica de hacerle cosquillas para que me mostrara sus magníficos tres hoyuelos, y lo observé mirándome de reojo cuando su padre le hablaba en inglés al ir a recogerlo y creció y creció y llegó a 4º de ESO y nos despedimos formalmente para seguir frecuentándonos.




Adriano adolescente grafitero me dejó verlo manejar sus botes, me enseñó técnicas y me presentó la obra de Bansky. Chano cariñoso hizo para compañeros más jóvenes fotos de todos los profes como personajes para un almanaque (me tocó el Morfeo de Matrix), me consultó dudas de todo tipo, me presentó a su novia, me propuso montar festivales de arte joven (los dos que hicimos fueron maravillosos) y se me hizo universitario. Hoy Chano, segundo curso de Bellas Artes, carné de conducir desde hace un año, fotógrafo en franca mejoría, seguidor de mi blog y colega de mis hijos es el artista del que más obras tengo en mi casa y un muy, muy querido amigo más allá de nuestras edades y mi censura. Y quería escribirlo para dejar constancia del amor que le tengo, de lo mucho que me ayuda, de lo importante que me es su sonrisa, de lo orgullosa que me siento de nuestra amistad.





Gracias, Adriano. Tu amistad es un privilegio.





Muchos, muchos besos.





(Ah, y lo tengo enlazado, claro, es el niño del Cuarto de Aperos)

jueves, 14 de mayo de 2009

ÁNGELES SIN GUARDAR (8)






Señores, señoras (abanicos y sopladores); niñas y niños; reptiles varios, perdidos cachalotes, lenguas de pájaro; amigos todos (ejem) aquí emprende el vuelo el octavo y postrer ángel de mi amado cuadernillo. Con él tomo de nuevo tierra para reemprender, fiel al ritmo del vacío, expediciones adentradoras que espero materializar en algo legible para ustedes. Por ahora estoy en pleno aterrizaje. Espero no tragar mucha tierra y que les guste el posado.



Gracias por los apoyos.









ÁNGELES SIN GUARDAR



Sergio Astorga
















miércoles, 6 de mayo de 2009

ÁNGELES SIN GUARDAR (6)

Hace muchos, muchos años, descubrí que mi cuerpo tenía memoria. Fue en los días de guaridas del tigre y estaciones corporales de Th. Berterat; en los momentos de ánimo subido en montaña rusa y seres queridos muriendo. Fue hace mucho, mucho tiempo.



Ocurrió que un buen día, sin razón aparente, mi cuerpo despertó contento y rebuscando en mi libretas comprobé que en fechas similares de años anteriores el optimismo me había invadido. Más tarde caí en la cuenta de que los momentos en que eso me ocurría estaban relacionadas con el nacimiento de mi querida hermana. Pero, nada creyente y muy analítica yo decidí no darle importancia, hasta que un día desperté terriblemente angustiada y el calendario me reveló que se cumplía el aniversario de la muerte de mi padre.




Tantas veces me pasó que hablé con el jefe de psiquiatría del Hospital Universitario, médico que nos trataba a mis depresiones y a mí en aquella época. Y charlamos y charlamos (así se me puso la cabeza) sobre esa memoria temporal que guardaba mi subconciente y que se activaba para recordarme vivencias inolvidables. Y anotamos y medimos intervalos y constatamos que mi sabio reloj no se atenía escrupulosamente al calendario gregoriano, sino a tiempos lunares que restaban cifras a los aniversarios oficiales.



Y siguió mi vida, y cambiaron los psiquiatras, y me habitué a los ritmos de mis libretas, y dejé de sorprenderme por la memoria de mi cuerpo. Y llegó hoy. Y de nuevo la sorpresa. Y es que hoy algo debe pasar, algunas partículas de exóticos nombres han debido conjugarse, porque todo me dice que hoy día seis de mayo, con mi sexto ángel a punto de volar, es el día en que recibo los mejores regalos, aunque sea el 18 mi oficial cumpleaños. Eso debe ser, supongo, porque sólo esa idea me permite encajar la cantidad de extraordinarios acontecimientos que han torpedeado hoy mi cansancio y me han apuntalado.




Hoy me desperté muy temprano (antes de las seis, qué asco) y me vine al ordenador en que encontré una preciosa carta de Raquel, mi princesita de bagajes, que me anunciaba un regalo en su blog (áulica) con el que he requetellorado de amor.






Y recibí, también hoy que ya es mañana, un indescriptible mensaje de la madre de Aina hablándome de su madre y ofreciéndome su amistad. Y recibí a mis hijos amorosos, y hablé con mi sobrina largo y tendido, y comí con mi profesora favorita haciendo una justa redistribución de nuestras pobrezas. Hoy me llegó un mail cariñosísimo de la sonrisa imaginada, y respondí comentarios perturbadores, y me llamó Garita para quererme. Hoy han dejado en este blog su huella personas nuevas, y las amistades han vuelto cariñosas, y Lauren ha venido a tomar café. Hoy hablé con mi admirada Miriam (escritura aleatoria) y ordené parte de mis libros, y me sentí segura durante un ratito. Hoy, muy cansada, al borde del abismo, mi cuerpo me ha recordado que tengo amigos que me brindan ángeles o se tornan bastones. Amigos que son ustedes.




Y tengo miedo.



ÁNGELES SIN GUARDAR (6)
Sergio Astorga


martes, 28 de abril de 2009

ÁNGELES SIN GUARDAR (2)


Y como mi hermana se fue y yo soy ida, como estoy sin estar en mí, como me canso más de la cuenta y no hallo manera de expresión propia y me quedan sosas las lentejas. Y como no sé qué puedo hacer mas que lamentos, y como no quiero rendirme a la evidencia, y como ni yo me soporto, decido continuar mostrando obra ajena. Y como me enorgullezco de ser custodia de estos alados, les traigo la segunda hoja del cuadernito de los ángeles sin guardar que Sergio me dio y yo comparto a pluma abierta con la Esponjis requeridora de alas.




Y porque así siento y quiero, repito mi profundo, sincero y muy cacareado agradecimiento a Sergio, Helena y Antonio; por todo y, además, por esto.
¡¡¡GRACIAS!!!




lunes, 6 de abril de 2009

INÉS

Viajo de nuevo a 1990 para presentarles a la niña que me enseñó a tolerar las barbies y a pensar con un ordenador encendido al lado: Inés Chinea Mederos: Inés.



Inés entró en el colegio en aquel parvulitos donde me dejé el pellejo. En el grupo de Pablo y de Aina también Inés. Pequeñita, siempre con la mirada atenta y dulce, obediente y nada sumisa, Inés. Ejemplo viviente de que no por ser únicos son repelentes los hijos, Inés ha sido desde hace diecinueve años un referente obligado para mí. Y con ella, por ella, también su madre y su abuela.



Inés se me presentó, desde muy pequeña, niña toda suave determinación. Enfrentaba los problemas con salidez de arugumentos a los cuatro años, se frustraba y lloraba, pero siempre seguía. Y siguió firme siendo adolescente con olor de patchuli en tiempos de colonias con nombre propio, con faldas de rastrillo entre compañeros con marcas deportivas, con lecturas políticas en desuso, abriendo camino Inés. Muchas veces soñé poder vivir con ella la juventud que tan ejemplarmente disfrutó, sin perder trenes, sin renuncias por moda. La envidié, sí, creo que sanamente porque Inés, con Aina, con Pablo, me ofrecieron nuevas versiones de mi ser. Me engrandecieron. O eso creo.



Me recuerdo en las insoportables sesiones de claustro(fobia) defendiendo que sí se puede estudiar y pensar haciendo uso frecuente de un ordenador, que no es la máquina la "culpable", que no es la "técnica" mala en sí misma. Hacía yo mi discurso y siempre estaba el compañero dispuestos a inquirir -sí, Izaskun, bonita teoría, pero ¿puedes decirme algún alumno que se pase estudie con el messenger abierto y estudie bien?. Y sí podía, sí, porque era el caso de Inés. Y entonces se hacía el silencio. Un silencio denso, de esos en que la electricidad traza dibujos visibles y las miradas que se cruzan deben esquivarse para sobrevivir. El silencio de la impotencia, porque nadie podía decir que no fuera extraordinaria alumna, Inés, y sin embargo... defendía Bola de Dragón y podía contarte episodios enteros, iba todos los miércoles al cine con Aina y había visto todo tipo de películas, estudiaba alternando lecturas y respuestas en chats y era hija única y solidaria. Rompiendo esquemas, pronto empezó a decirme que se sentía más cercana a los anarquistas que a Marx. Y nos queremos igual.



¡Tantos recuerdos! Para celebrar un día ocho de marzo en la escuela Inés y Aina prepararon una pequeña obrita teatral sobre el papel de la mujer en lasl distintas etapas históricas (desde la prehistoria). Escribieron el guión (aun lo conservo), fabricaron de cartón el teatrillo y escenificaron. Las marionetas-actrices eran barbies de la excelente colección que Inés posee (si vieran a la barbie mujer-maltratada). Una pena que los adultos no diéramos más importancia a aquellos trabajos creativos. Ahora sólo quedan en nuestra memoria proyectos que debieron haber sido recogidos en memorias colectivas. Pero así es parte de la historia.



¡Tantos buenos momentos! Inés es hoy socióloga. Siempre me visitó mientras estudiaba la carrera y me prestó apuntes de los profesores que consideraba buenos, y me compartió clases en la escuela. Siempre me ayudó. Hoy es ella la experta en población que yo no llegué a ser, y trabaja en estudios de diásporas asiáticas, y me cuenta. Hoy está de nuevo en la isla (en la actualidad vive en Madrid) y sé que pronto la veré, y que aprenderé y que me sentiré querida.



¡Tantos miedos! Y siempre apoyando, Inés.



Gracias, niña determinada. Gracias a tu madre por confiar en mí. Gracias a tu abuela. Gracias, muchas gracias a ti.

jueves, 12 de marzo de 2009

AINA

Aina reside en París, donde estudia, y desde allí la siento latir. Joven bella, esbelta e inteligente es Aina, que posee, por si lo anterior no bastara, una extraordinaria capacidad de trabajo y un innato sentido estético. Y yo la quiero y me enorgullezco pensándola.



Año 1990, con 27 años y mucho miedo inicio mi andadura profesional ante una clase de parvulitos. Treinta y seis niños y niñas de 3 y 4 años. Entre ellos Aina con sus ojos claros, su desmesurada altura, su voz firme. Aina me mira con recelo, Aina me cuenta que en la guardería pintó un pañuelo para regalarle a su madre, Aina se sienta a trabajar independiente sin necesidad de que yo diga nada. Y crece, Aina. Nos vemos en los pasillos y en las clases de música, se habla de su trabajo y su personalidad en los claustros. Nos observamos.



En el año 1997 Aina vuelve a ser mi alumna. Ahora son púberes de 6º de Primaria y menos de 36 los que conforman el grupo. Siguen Pablo, Dani, Inés, Aina... Hasta que terminan la Educación Secundaria Obligatoria en el año 2002 están junto a mi. Después ella también. Es una etapa difícil para mí. Me vence con excesiva frecuencia la inseguridad, el cansancio me crece, tengo problemas con los adultos. Me refugio en mis alumnos y emprendo un trabajo de investigación para una convocatoria del Instituto Canario de Estadística (ISTAC) con cuatro alumnos voluntarios (Marta G., Inés, Aina y Pablo). Ellos plantean el tema (estudio de las tribus urbanas en Santa Cruz de Tenerife), diseña las encuestas, las prueban y corrigen, las justifican y recogen los datos (más de 2000 encuestados). Yo sólo guío, aporto los conocimientos teóricos, los ayudo a subsanar errores, propongo cruces de datos (¿podrá hacerse un mapa urbano de las tribus?, ¿estarán los gustos musicales, el vestir, las formas relacionadas con el barrio de procedencia, con la ecomía familiar?), me encierro con ellos a trabajar días y noches como si fuéramos universitarios. Yo voy a cumplir 39 años y ellos 16. La forma en que Aina organiza y decide en milésimas de segundo me fascina. Es una estudiante brillante, conocedora del método, capacitada para el trabajo intensivo, buena colega. La investigación es un éxito, el grupo recibe un premio, viajan con una compañera y el director del centro a Gran Canaria. Yo estoy embarazada. El curso acaba y mi querido grupo se marcha al Instituto. ¡Me siento sola!


Algunos alumnos me visitan con cierta frecuencia. Entre ellos Aina. Estoy al tanto de sus éxitos en el bachillerato, de su evolución personal, de sus gustos. Sé que quiere hacer cine y me agrada. Es una de mis alumnas anómalas. Uno de esos seres que los envidiosos no pueden tolerar, una chica que estudia un bachillerato de ciencias con las mejores notas y que mantiene su idea de estudiar cine. Qué pena -me dicen algunos compañeros- una niña tan válida... podría estudiar medicina, física, matemáticas, lo que quisiera... qué disgusto para la familia. Pero afortunadamente los padres de Aina son sensibles, quieren a su hija, son cinéfilos y respetuosos. No hay disgusto. Aina se marcha a Barcelona y en la Escuela de Cine tiene una trayectoria tan brillante como cabía esperar. Y ahora París, y lo que llegará.



Aina es para mí una alumna inolvidable, una joven excepcional. Escribo este fragmento de mis recuerdos para que ustedes la conozcan, para que ella lo sepa. Para agradecerle todo el aprendizaje que me brindó, las lecciones que me dio, las miradas con que me desafió. Para agradecerle la infancia que compartió conmigo, la adolescencia me dejó presenciar, el cariño de su juventud que aun me llega. Y es que Aina, un día apareció en la puerta de mi clase con su hermano. Vivía ella en Barcelona y Pau me compartía ciudad pero no local de estudio. Les abrí la puerta del aula y me abalancé a saludarlos. Él me besó y preguntó: -¿qué tal?, Izaskun-. Aina lo miró con su peculiar mezcla de severidad y cariño y le dijo: -Pero, Pau. ¿Qué manera de saludar es esa? ¿Todavía no has descubierto que hay personas que no tienen nombre? ¡Nina siempre será mamá! ¡Izaskun siempre será la seño!- Entoces me besó.



Gracias. Muchas, muchas gracias, Aina.
Espero no decepcionarte.



Usé puntos y aparte. Lo prometo.

lunes, 9 de marzo de 2009

BJORN O ... MI PRIMER RELATO

Hace unos años viajé por primera vez a Italia. Fue un viaje de trabajo que no me impidió disfrutar de Florencia, de Pisa y de Lucca, donde se desarrollaron las actividades previstas. Conocí lugares fantásticos y maravillosas personas a las que me sigue uniendo una profunda amistad: Lise, Marco, Danilla, Michela,... y Bjorn. Oso, me explicó, es el significado del nombre de este profesor noruego al que convertí en protagonista de mi primer relato.



Fueron días inolvidables aquellos pasados en Lucca. El trabajo intenso y en inglés (lengua hermética para mi, como todas las ajenas al español) me hacía sentir totalmente desbordada con frecuencia, pero los colegas europeos me brindaron un apoyo bestial. Me sentí capaz, integrada, normalizada en cierto sentido gracias, fundamentalmente, a Lisa, a Donatella y a Bjorn que desde sus dimensiones de vikingo orgulloso me conminaba a diario a respetarme practicando la tan de moda asertividad. -Coraje, Iza- me decía el profesor y me explicaba el valor ausente de rabia que debía aprender a usar para protegerme. No aprendí, pero entendí. Y me sirvió. Y escribí mi primer relato Bjorn o La habitación 217 o Las heridas de Ana.



Mucho tiempo después, cuando abrí este blog tras pasear en la añorada máquina de coser palabras, de Juan Yanes, publiqué el relato. En estos días Bjorn y Lise han estado en esta isla que sigo habitando y aunque ya no trabajo en la escuela que está en el proyecto nos hemos visto a diario, como buenos amigos que somos. La noche antes de su partida le di a Bjorn el relato manuscrito en inglés gracias a un extraordinario gesto de desprendimiento y conocimiento de mi cuñado Adalberto. A él le encantó, y a mí me ilusionó leerme en otra lengua. Por eso, por purita vanidad repito hoy aquí mi relato en español con la traducción de mi cuñado y amigo. Espero que les guste.








Bjorn or Room 217 or Ana’s wounds.





She opened the door of room 217 with the apathetic abruptness of someone who had been performing the same mechanical tasks every morning for more than fifteen years. Unhurriedly, swimming in the sound that flooded over her from her earphones, she gently pushed the metal trolley that carried bed sheets and towels. Only two more rooms and she would be finished with another working day.
She inhaled deeply the sweet scent of the linens, her eyes fixed on the enormous, calm and apparently protecting animal that was licking the wounded, naked, lifeless body of the old professor.
She couldn’t shout.
She didn’t want to.
Never before had she seen that placid smile on the lips of the woman she had known for so long.
The shrill ring of the alarm clock unexpectedly interrupted the disturbing look that the huge beautiful bear was giving her from the bed.
Ana got up and, with little enthusiasm, headed mechanically for the bathroom.
Under the invigorating spray of cold water, she tried to remember her dream. But she soon gave up and, while soaping herself, went mentally over the classes that she was to teach that morning. Too many years trying to convey her by now hesitant passion for mathematics. However, a smile travelled all through her body as she recalled that a new student would join her class that day.
She came out of the shower, determined to get dressed and perfumed with great care for her new student.
As she finished her class, she sighed deeply, feeling that multiple correlations had been once and for all understood. She picked up her notes while saying goodbye to the students and smiled warmly as the new young man came up to her extending his hand:
- Good morning, Professor, my name is Bjorn.
Barely one hour later they were entering the guesthouse that Ana had chosen many years ago as her residence, their hands tenderly yet tightly intertwined. It was he who resolutely grasped the keys hanging from the hand of the receptionist. The placid smile on Ana’s face contrasted with the flapping of her chest, passionate once again.
They walked up the two floors. When he closed the door, she was already waiting on the bed. Her wounds would be licked, at last.










viernes 19 de septiembre de 2008



BJORN O LA HABITACIÓN 217 O LAS HERIDAS DE ANA.



Abrió la puerta de la 217 con desganada brusquedad, como corresponde a quien lleva más de quince años realizando las mismas mecánicas tareas cada mañana. Sin prisa -nadando en el sonido que la inundaba desde sus auriculares- empujó suavemente el carro metálico que portaba sábanas y toallas. Tan sólo dos habitaciones más y terminaría otra jornada.



Inspiró profundamente el dulce perfume de la ropa con los ojos clavados en el inmenso animal que, sereno y aparentemente protector, lamía el cuerpo herido, desnudo, sin vida, de la vieja profesora.



No pudo gritar.
No quiso.




Nunca antes había visto esa plácida sonrisa posada sobre los labios de la mujer hace tiempo conocida.




El timbre estridente del despertadoro interrumpio de manera inesperada la inquietante mirada que el enorme bellísimo oso le brindaba desde la cama.




Ana se levantó y, con desgana, se dirigió mecánicamente al cuarto de baño.



Bajo el estimulante chorro del agua fría intentó recuperar la memoria de su sueño. Pero pronto desistió y, enjabonándose, respasó mentalmente las clases que debía dictar aquella mañana. Demasiados años intentando transmitir su ya dudosa pasión por las matemáticas. Sin embargo una sonrisa atravesó su cuerpo cuando recordó que un nuevo alumno se incorporaría es día a sus clases.



Salió de la ducha decidida a vestirse y perfumarse con esmero para su nuevo estudiante.









Al finalizar la clase suspiró profundamente sintiendo que las correlaciones múltiples habían quedado definitivamente aprehendidas. Recogió sus notas despidiendo a los estudiantes y sonrió cálidamente cuando el chico nuevo se le acercó y le tendió la mano:
-Buenos días, profesora, mi nombre es Bjorn.



Apenas había pasado una hora cuando entraban, las manos enlazadas con tierna fuerza en la pensión que muchos años atrás escogiera Ana como residencia. Fue él quien tomó, con firmeza, las llaves que pendían de la mano de la recepcionista. En el rostro de Ana una plácida sonrisa contrastaba con el aleteo de su pecho de nuevo apasionado.



Subieron caminando los dos pisos. Cuando cerró la puerta ella esperaba ya sobre la cama. Por fin iban a lamer sus heridas.
















lunes, 9 de febrero de 2009

MI AMIGO SERGIO


Estoy desasosegada. Desinquieta dicen por estos lares y no me hallo decíamos en mi adolescencia malagueña. Estoy extraña en mi cuerpo menopáusico y en mis tiempos. Ajena de mí y perpetuamente cansada, me encuentro. Pero quiero seguir. Me propuse este ejercicio de tecleo al desnudo público y no quiero cesarlo. No, al menos, mientras no sea la yo que conocí quien lo decida. Recurro entonces al viejo truco de pedir ayuda a un amigo, y tiro de Sergio. Todos los que aquí vienen (creo) conocen los Antojos de Sergio. Hoy yo abuso de su amistad (algún día les hablaré de ese fantástico acontecimiento) y reproduzco su texto de hoy para que brille con luz propia donde mi hueco queda.


















Gracias a todos.











Gracias a Sergio.








EL SOMBRERO LUMINOSO











No podría ser de otra manera, las cosas toman el temperamento del que las usa.





- Exageras. Las cosas son cosas. Se compran, se usan y se tiran.





-Las cosas chupan el carácter de su dueño. Te digo. Así como los animales, se parecen tanto a las personas con las que viven que se personalizan.





-Exageras, ¿cuándo se ha visto tal cosa?





Mi café se enfriaba, sentado en mi mesa de costumbre con mi periódico y mis notas de las ventas del día anterior, no podía evitar escuchar la conversación de dos hombres que estaban sentados a mi lado. Podía distinguir en uno de ellos una cicatriz, todavía encarnada, correrle a lo largo del cuello. Tenía una cara larga, escurrida, como si la viéramos a través de un vidrio mojado; el otro tenía una cara ancha y una voz sonora como de tambor militar.





-Te digo. Yo puedo demostrarte. Tengo ejemplos inapelables. Las cosas toman el carácter de sus dueños.





-¡Que terco!





-¿Recuerdas a María Paredes?





-¿La que murió de pulmonía?





- No murió de pulmonía. Murió de rencor.





-¿De rencor? Yo fui al hospital y hablé con el doctor que la atendió.





-María Paredes era una mujer envidiosa, ¿no? Deseaba siempre los vestidos de sus hermanas. Pues uno de esos vestidos la asfixio.La cicatriz parecía que reventaría en cualquier momento, el de la cara ancha jugaba con una pluma roja mientras respiraba complacido.





-Es una historia estúpida. Cada día estás más loco. Se te está enfriando la cabeza. Deberías comprarte otro sombrero.





-¿No me crees? Es natural. Pero yo vi como uno de los vestidos la asfixiaba. Las cosas tienen vida. ¡Mírate! Desde que mojaste tu cachucha estás como ella, escurrida y sin color. No puedes negar la evidencia.





-Es absurdo, es como si me dijeras que tú perdiste la razón por tener la cabeza al descubierto desde que perdiste el sombrero o que estás más gordo porque tus pantalones se ensancharon.





Mi café estaba helado, mi trabajo sin hacer y yo no podía irme sin saber en que terminaría la discusión. El tipo de la cara escurrida tomaba agua y el gordo un vaso de leche.





-Tu mismo lo has confirmado, el gato tiene las mismas pestañas que Mario y el gato tiene la misma manía de rascarse la nariz, de una forma, diríamos humana. Doña Rosa tiene la misma cara de su perra y el mismo olor.





-Tu lo has dicho: animales y personas, eso es común. Son seres vivos. Las cosas son cosas.





-Las cosas se humanizan. Observa a ese paraguas, tiene la misma forma de su dueño; y que me dices de José, tiene la misma cara de sus platos, y esa niña, mira como el vestido se pega a sus caderas.





-Cada día estás más perdido. ¿Pusiste el anuncio en el periódico?





-Si. Toda la semana.





-¿Te han llamado?





-No.





-¿Fuiste claro en el anuncio?





- Hasta ofrecí una recompensa. Aquí tengo el anuncio: “A la persona que encuentre mi sombrero castaño brillante con las iníciales BC en su interior será gratificado. Por favor comunicarse…”





Traté de disimular mi sorpresa. Salí rápidamente del café. Oculto en el abrigo un reflejo luminoso perfilaba el sombrero.Sergio Astorga.
Acuarela/papel 20 x 30 cm.

lunes, 1 de diciembre de 2008

HISTORIA DE UN AMOR: EL CUMPLEAÑOS DE LILIAN

En el mes de abril del año en curso estaba yo de baja laboral con un diagnóstico de trastorno ansionso depresivo (no recuerdo las siglas y números de la OMS y no me apetece levantarme a buscar partes médicos). Andaba muy cansada y llorosa revolviendo todas mis neuronas y neurosis en un intento, por esta vez útil, de tomar decisiones definitivas respecto a mi lugar de trabajo. Hacía ya mucho tiempo que sabía que debía abandonar el colegio de mi vida, pero hacerlo se estaba conviertiendo en un extraño martirio a la manera de destino implacable.



Vamos, que corrían para mí tormentosos tiempos y paseaba yo la ciudad siempre con libreta y lápiz, siempre con angustia y miedo, siempre con necesidad de encontrar a alguien que me comprendiera.



Un día de ese mes, no recuerdo exactamente cuál, volvía a casa con mis hijos al atardecer cuando me encontré a Juan Yanes y nos paramos a hablar (mis hijos se enfadaron pertinentemente) sobre la decisión que había tomado y sobre su blog literario (máquina de coser palabras, como saben). Y así hablando le comenté mi pasión por una escritora que sólo a través del blog conocía y de la que no lograba encontrar nada de nada por más que visitaba las librerías. Me refería yo a Lilian Elphick de la que Juan, amable cual suele, me contó algunas cosas y prometió pasarme más textos. Nos despedíamos cuando me comentó el profesor que no conseguía que amigas de esta isla le escribieran algún cuento y yo arranqué de la libreta el único que llevaba ese día y le regalé mi "Perfecto" que en un par de días apareció en la máquina de coser. Recibí así el gran obsequio de ver un escrito de mi libreta en la pantalla acompañado de unas bellísimas fotos. Fue bondadoso Juan. Mucho y me sentí yo regalada y alabada y anonadada porque envié más y colgó más y Pizarr comentó, y Dédalus y ¡Lilian!



Leer a Lilian animándome fue para mí una sorpresa maravillosa porque la escritora chilena se había convertido en mi más preciada lectura, entrando en los altares de Lispector y Pizarnik, de Cortázar. Yo lectora reverencial me encontraba con la letra de mi escritora cumbre, de mi ídolo que pronto me pedía foto y biografía para meterme en Letras de Chile y me publicaba minis como si fuera natural y me escribía correos internáuticos como mujer. Y así, de pronto, inesperadamente Lilian Elphick entró en mi vida como lectura necesaria y como mujer amiga. ¡No podía soñar más!



Estamos en diciembre. Lilian me dedicó un cuento que algún día subiré aquí y me ha seguido escribiendo y animando. Yo la leo a diario, tengo un libro-objeto de tacto papel cartón sin satín y con dedicatoria de esta admirada autora. Leo sus relatos y disfruto admirada de su capacidad y admiradora de su trabajo. Leo sus artículos y reseñas, sus blogs y sus colaboraciones. Leo en voz alta para compartir y saborear, en voz baja para deleitarme, a media voz antes de dormir. Leo a Lilian y me enamoro. Hoy es (ha sido, casi) su cumpleaños. Llamé para felicitarla y fui feliz con su voz al otro lado. Leí su blog y no sé qué comentar. Ana, Adalberto y Tomás le escribieron tarjetas. Toda la familia brindó por ella. Todo este rollo que escribo es para felicitarla.



Felicidades Lilian. Muchas felicidades.


Te quiero mucho.



PD: este artefacto ha vuelto a deglutir mis puntos y aparte. Me acuesto.

domingo, 16 de noviembre de 2008

LUIS GARCÍA MONTERO Y GRANADA

Luis García Montero, poeta necesario y admirable profesor abandona la Universidad de Granada (según se ha informado en medios periodísticos nacionales) tras una disputa con un señor que trabaja en la misma universidad y la sentencia judicial del pago de una multa y.... bueno, yo no me lo quiero creer porque lo considero una pérdida vital para la universidad granadina y para Granada.
Si se permite este absurdo Granada pierde a uno de sus mejores cantores. Juzguen ustedes:

QUEDARSE SIN CIUDAD
(1994)
Luis García Montero
I
La ciudad vino a posarse en mi hombro.
Yo la estaba viendo en el horizonte, nocturna, abierta de luces y de alas, quieta, como buscando el calor de la luna o el mensaje de los faros del coche. Lentamente me acercaba a ella, cumplía mi regreso. Granada se parece entre las sombras a un pájaro dormido.
Pero hubo un momento en que puede notar el temblor de sus nervios, la repentina agitación del sueño, la llamada de un instinto poderoso, la disciplina de un horario. Y todo de repente. Y levantó vuelo, y cruzó el aire como una flecha en llamas, como una predestinación encendida. Y vino a posarse en mi hombro, y dejó su beso sangriento en mi cuello.
Desde entonces la temo con una entrega absoluta, igual que la víctima necesita a su vampiro. Pálido, con ojeras, casi sin sangre, a la ciudad regreso todavía. Soy el aparecido de las sombras, el que cruza la calle, el que se pierde hacia un destino secreto. Y te miro un momento, y me poso en tu hombro, y acerco mis labios a tu cuello.
VII
En el interior de la ciudad hay un laberinto de citas y palabras perdidas. Las llamadas telefónicas que nadie contesta, los timbres que se estrellan en la quietud oscura de los pasillos, el cliente desconocido y regular que deja de tomarse la última copa en la barra de siempre, las sillas vacías, los coches muertos, todo lo que funda un hueco en el alma de la ciudad, todo lo que aparece como el cuerpo atropellado de un perro, el aceite impuro de los aparcamientos subterráneos, los ángeles abandonados de los jardines públicos, todo va formando una red de silencios, un laberinto de secretos y pérdidas.
La multitud cruza por delante de los resales secos, camina ensimismada, no pregunta por la hora del amor o de los desengaños, no se detiene a mirar la soombra de los desamparados. La multitud y los desamparados siguen el camino de las serpientes telefónicas, de los tiempres que no hallan respuesta. Desembocan en el laberinto que teje la ciudad con sus citas y sus palabras perdidas.
Granada es una rosa sin contorno, el pétalo que pisan la multitud y los desamparados.
X
¿Sigue siendo mía esta ciudad?
Para el paseante que dobla el cabo de la plenitud y descubre las sombras y la picadura envenenada de la memoria, sólo hay un recurso: la dignidad de ser mortales.
Para la ciudad que se duele de sus cicatrices y recuerda otras mundos en su propio paisaje, sólo hay un camino: la dignidad de lo transitorio.
Y tú, metáfora que pervives en la ola de un bosque, palacio del deseo y la melancolía, ten piedad del pez de plata que se acaba en la dureza seca de los adoquines; ten p iedad de los ojos asustados que desde lejos te miran. Ten piedad, porque el caminante sabe que está condenado a ser extranjero en su propio deseo, en su propia ciudad.
VISTA CANSADA
2008
DEFENSA DE AQUELLA AMISTAD
A Juan Manuel,
maestro de la duda.
La ciudad prometida que se llamaba noche
tuvo dos argumentos para buscar la luz.
Cuando Javier veníes escondido en su risa,
la inocencia y el fuego arañaban las copas.
Antonio trajo entonces un sol para noctámbulos.
En aquellos inviernos de nubes escolásticas,
los reunidos pactaban las lluvias de verano.
Juan Carlos, el teórico, descubría dos versos
en los malos poemas y en las buenas canciones.
Mariano conspiraba a favor de la ópera.
En aquella ciudad, en aquella insolente
ciudad de la alegría recién inaugurada,
Álvaro deshojó los ritos del futuro
y la palabra hoy, Juan tenía en sus ojos
el olor a pintura que necesita un sueño.
Las ciudades se pliegan, se despliegan, suceden
y se abren nocturnas, como fotografías,
a través de los hechos, las desapariciones,
existiendo dos veces, temblorosas, verbales,
a la luz del pasado y a los pies de la vida.
No sé qué más. El tiempo de los días siguientes,
como Andrés, se hizo largo en una biblioteca.
Siempre fue de mal gusto cerrar antes de hora.
Ciudad de los olvidos, la fábrica del Sur,
conmigo vas, mi corazón te lleva.
Los poemas los he copiado de la recopilación editada porRenacimiento con el título de
POESÍA URBANA, de la que tengo la 3ªedición, de septiembre de 2008.
Si una ciudad y su cultura oficial necesitan más para mostrar orgullo por este poeta mejor será el abandono como destino.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Pablo

Tengo que hablar de ti, Pablo. Necesito hacerlo y no sé de qué modo, y tengo miedo.
Pero lo haré, de todos modos, porque si no lo hago reviento.
Querido Pablo:
Hace ya dieciocho años que me sostienes la mirada. Nadie lo ha hecho tanto tiempo y con tanta constancia como tú, con esos ojos limpios y directos que no me fallan. Te conocí en 1990, cuando regresé a esta isla de mi nacimiento, y desde entonces he contado simpre con tu mirada-soporte. Al principio fue raro, casi no me hablabas y tus ojos se me clavaban con una mezcla de enfado (yo había desplazado a Yolanda) y esperanza. Después me acostumbré, nos acostumbramos creo, a la mirada franca cada mañana. Me acercaba al destino diario sabiendo que tus ojos me esperaban y me exigían. Y nunca me sentí defraudada.
Sé que yo sí te defraudé a ti. Y supongo que sabes cuánto lo padecí y lo siento. Te traicioné, con mi boda primero, y con mi incapacidad, después. La boda pasó. El silencio de la ayuda que no te di en aquel diario no me lo perdonaré nunca... Y sin embargo tu mirada volvió y cuando cenamos este verano y nos mostraste tus trabajos circenses, y brindamos con un tinto no del todo aceptable, y subiste a mis hijos sobre tus hombros,... cuando me recordaste silencioso que llevas dieciocho años mirándome; entonces, mi yo resucitó.
Querido Pablo, en 1990 eras un bellísimo niño de cuatro años, con los mocos colgando, y los ojos en mí clavados. Ahora eres un hombre alto y musculoso que amplía sus estudios en Francia. En 1990 yo era una seño con muchas ganas y ahora una mujer reventada. Hoy, Pablo, como ayer, cada vez más, soy una persona que se honra de haberte conocido y disfruta de tus presencias cuando vienes y de tus recuerdos siempre. Gracias, Pablo, porque cuando vienes y llamas, y cenamos, o nos vemos en una plaza, o tan sólo hablamos por teléfono; cuando te ríes con Adalberto, Tomás y Ana; cuando me tomas de la mano o me alzas en brazos; cuando me cuentas y me reclavas los ojos... entonces, Pablo, sé que volver era, para mí, necesario.
Gracias, Pablo.

sábado, 25 de octubre de 2008

MARTA

Quiero hoy iniciar una serie de semblanzas de personas que son fundamentales en mi vida. No aparecerán por orden de importancia porque sería yo incapaz de ordenar personas ya que apenas puedo ordenar pensamientos. Aparecerán por capricho y sin seso, sólo porque me acuerdo, porque forman parte de mí, porque las quiero. Para inicar la serie elijo a Marta que está de nuevo en esta isla y que desde hace ya trece años no se ha ido de mi vida y espero que nunca lo haga.

Marta fue mi alumna desde los diez años hasta los quince. En aquella época yo solía pedir un diario de clase y de pronto Marta dejó de limitarse a comentar cómo había ido la sesión y pasó a escribir cosas como las que siguen:

"A veces pienso que el tiempo es un remolino, en el cual si uno no anda se queda atrapado" o

"Este tema esconde en sus rincones ideas ocultas, como mi cabeza".

Son, los anteriores, ejemplos tomados del diario de clase que escribía Marta con 11 años. Pero ahí no queda la cosa. Marta se convirtió para mí en una niña flotador, porque desde que salió de la escuela y hasta el día de hoy (a sus veinticuatro años) me han salvado sus palabras y sus músicas muchas, muchas veces. Porque Marta cada año el día 18 de mayo me hace los mejores regalos posibles: uno o varios cedés de la música que ha vivido ese año (el cedé del tiempo que vivió en Lisboa es para mí imprescindible) y el diario (manuscrito o tecleado) de sus sentimientos. No creo que se pueda tener mejores obsequios.

Por eso hoy, Marta:

niña ojos que me introdujo en la fantasía que no tuve en la infancia, me dio un peluche oso que conservo, llevó al colegio a sus invisibles fenicios que alegremente repartía, me presentó a su tortuga Margarita que obtuvo el permiso para asistir a clase con su piel de tela y sus gafas de alambre;

niña delgadez que me leyó los ánimos y me hizo sentir que tenía que ser fuerte;

niña artista que siempre vuelve.

Marta, flotador imprescindible.

Gracias. Este es uno de los trocitos lisboetas.


La ciudad del otoño






Sobre la plaza pasaba el cielo como un país diferente.
Lisboa era un río.
Todas las mañanas me despertaba el hombre que vendía paraguas. Gritaba: “Parachuva, parachuva, parachuva”. Su voz se ramificaba y subía pegada a la fachada de los edificios, como una raíz invertida, desde él hacia el aire, abriéndose y uniéndose en el centro de la plaza, y luego explotaba como las palmeras de fuegos artificiales.
Nada podía escapar a su sonido; saltaba y caía en pedazos violentos como el agua en la ducha.

Los días que no llovía vendía pegamento de contacto y fundas de plástico para guardar tarjetas de visita, y calendarios místicos.
Vivir era estar atada al extremo del hilo de la ciudad. Lisboa tiraba por mí y me sumergía dentro, en El País de Alicia. Más antiguo, más nostálgico, más decadente, muy cicatriz… de esencia de raíz: la ciudad del otoño.



sábado, 27 de septiembre de 2008

MAMICIDIO O ¡ADIÓS MAMÁ O CLORO ROJO, de Sireia.

Antes de iniciar mi aventura en este blog una antigua alumna que finalizó el curso pasado sus estudios de Educación Secundaria Obligatoria me envió un cuento pidiéndome que lo hiciera público. Hoy cumplo su solicitud colgando aquí su relato con pseudónimo tal como ella quiere. Es, sobra decirlo, una de esas exalumnas especiales con las que te unes de por vida.


MAMICIDIO
O
ADIÓS MAMÁ
O
CLORO ROJO
un relato de Sireia
Lo que más le fastidiaba de las novelas que solía leer eran, invariablemente, sus finales.
Y su final, ahora que se aproximaba, le parecía tan previsible que su vida se tornó en un cuento insulso y sin demasiado sentido.
Y ahora, al mirar aquel cuadro donde una desconocida flotaba bocaabajo en un estanque, recordó el porqué se iba así. El origen de su decisión, ya lejana. Se preguntó, una vez más, antes de quitarse la vida, qué clase de madre podría haber hecho lo que le había hecho la suya cuando apenas comenzaba a vivir.
Apartó la mirada del cuadro, y se permitió recordar la macabra escena con cierta morbosidad, con la amarga sonrisa de un rostro acabado: su madre, con aquel minúsculo y ridículo bikini verdoso que colgaba de su enteco cuerpo de drogadicta; y ella, tan solo una niña, jugando con su madre en aquella piscina comunitaria a mojarse con pistolas de agua.
Sólo que la suya no era para jugar.
Sólo que la suya pesaba un poco más de la cuenta.
"Mamá, ésta, ¿echa agua?" y su madre, con risa histérica, corría alrededor de la piscina, con la otra pistola de agua, de color gris también, aunque más grande, más aparatosa... más de juguete. "¡Apunta y verás renacuaja!" Las palabras se escurrían por su boca de fresa. En su frenesí, resbaló en un charco que rodeaba la piscina. Cayó de culo, y rió con estridencia, revolcándose por el bordillo de la piscina. Luedo se puso de pie de nuevo, o lo intentó, porque el ataque de risa no la dejaba incorporarse. Hacía sol, y calor. No había nadie más que ellas en la piscina. No había nadie cerca. La niña miraba a su madre, y se reía un poquito; la apuntaba mientras con la pesada pistola. La madre consiguió ponerse en pie, y se acercó al trampolín con pasos vacilantes. "Estás lejos mamá: así no va a llegar el chorrito de agua", se quejaba la niña. "Sí llega, mi vida, apunta, apunta y dispara, ¡y verás!" Y vuelta a reír. La madre bajó su arma, y la miró de frente. "¿No vas a probar?" le espetó de pronto, parando de reír. La niña contestó de nuevo que no llegaría. "Pues acércate, por todos los santos! ¿Acaso eres como tu padre, una cobarde?" La niña se acercó y miró a su madre a los ojos. "No soy una cobarde". Sonrió con ternura a su madre y añadió: "¡Ahora verás mami!"
Y acto seguido, disparó.
El inocente chorrito de agua que esperaba se transformó en un estruendo que le quebró el oído. La bala salió disparada. Estalló la cabeza de la madre. Su cuerpo inerte cayó, y la sangre salpicó todo: los bordes de la piscina, el agua, la inocencia.
Y la hija, sosteniendo todavía la pistola en las manos, sólo pudo balbucer "no soy una cobarde".
El ruido de un relámpago la devolvió al presente. Cerró los ojos, y dejó que el veneno del recuerdo, mezclado con el real, corriese agriamente por su lengua. Luego, por su garganta. Todo su ser anhelaba descanso. "No soy una cobarde" se recordó a sí misma. Las cobardes eran mujeres como su madre: que veían la muerte como única alternativa para salir de una mala vida. De una vida difícil que ellas mismas se habían buscado, y que no querían cambiar pese a las oportunidades que tenían. Ella, sin embargo, era decente: había cuidado a sus hijos, les había dado la mejor educación posible, todo su cariño, todo su tiempo. Ahora, los hijos eran mayores, y ella un trasto abandonado. Le llegaba la hora pero no quería morir en un hospital. El asilo que la alojaba se había convertido en su único hogar aquellos últimos meses, y decidió que era un buen momento para irse. "La cobarde era ella, porque abandonó" se dijo de nuevo. Miró otra vez el cuadro: parecía que alguien quisiera recordarle que el suicidio no era la única opción para dejar este mundo, pero quizás sí, la menos cobarde. Son rió, y no puedo evitar pensar de nuevo que su madre, estuviese donde estuvieses, era la auténtica cobarde, mientras que ella sí había luchado por salir adelante. A la mañana siguiente la encontraron desmadejada sobre la cama del asilo, con la mirada perdida en aquel cuadro tan horripilante que nadie deseó en su habitación.
Y sin embargo, ella sí supo apreciar la imagen.
La imagen de su vida.