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martes, 29 de junio de 2010

CUESTIONÁNDOME

Todos los días a varias horas me cuestiono. Todos los días me pregunto porqué hice o no hice algo, qué sentido tiene que me guste la poesía, cómo es que me dio por encuevarme entre libros. Todos los días, al menos 96 veces, me planteo a qué se debe que disfrute mucho más con Julio Verne que con Mark Twain, o que me pierda sin miedo entre Borges, o que necesite a Cortázar para ser. Todas las horas, al menos una vez, pienso que algunos amigos deben tener razón y que no son vitales Zambrano, ni Lispector. Todos los días, entonces, abro al azar alguno de los libros leídos y me rehago desde ellos. Hoy abrí Agua Viva, de Clarice Lispector y me leí dentro en un lápiz que aquí verdeo.

Relectura completa en Valle Gran Rey en agosto de 2005
LIBROS DEL TIEMPO
Expresiones extraordinarias
Ya he vuelto
He estado existiendo
Necesito su biografía
Siempre he estado sola de ti y no lo sabía
Bestial
El espejo es el espacio más hondo que existe
Leerla siempre hasta un día ser
No puedo resumirme porque no se puede sumar una silla y dos manzanas.
Cuando pienso en lo que ya he vivido me parece que he ido dejando mis cuerpos por los caminos.
Ya he vuelto. He estado existiendo.

Cierro el libro. Me cuestiono. Me reafirmo. No entiendo de calidades literarias. Solo leo. Y siento. Sé que hay gente que no vibra con esto, y respeto que así sea. Sé que hay personas que la citan porque desde hace unos años es autora de culto, y no me importa. Yo necesito volver siempre a mis fuentes, a las letras en las que me vivo, a los lugares de mi descanso. Por eso, permítanme que para mí Clarice Lispector sea una clásica que requiero cerca. Porque yo, en palabras de ella, me dejo suceder.

(Y sí. Esto es en parte una justificación de la gran cantidad de libros de Clarice que habrá en la Librería de Mujeres. Y es que cuestionarse está bien. Y reconocerse, también).

domingo, 27 de septiembre de 2009

NOVELEREANDO y con Un tal Lucas

Así, como suena, como aquel "andando quejerundio" que pobló mi infancia. Novelereando yo, lectora poco novelera como otras veces he declarado, con mis hijos y con ustedes. Con los niños haciendo uso del gerundio para aprendizaje novelesco, pues como decía mi abuela materna "cortando huevos se aprende a capar". Con ustedes abusando del chismorreo para ventilar mi desesperación de estos otoños que me mordisquearon muy dentro y contarles que, después de una semana de desesperación (sin bolero, y sin beso) en la que llegué a extremos vergonzantes de súplica colectiva, gracias a sus respuestas y a la cabezonería que no abandono, aquí estoy, viva y, para no abandonar el tiempo del título, coleando. (Vergulítica también, pero eso y el exceso de paréntesis cuyo nombre desconozco por hoy me los perdono).

Novelereando en el intento de que Adalberto y Tomás, buenos lectores que ya cambiarán con el tiempo como cualquier hijo de vecino, den el salto del cuento a la novela, si es que hay salto, y con todas las dudas existenciales y más. El caso es que yo, lectora de poemas, ensayos y cuentos..., muy mala lectora de novelas según creo (aunque enamorada de Rayuela desde cuando) me lancé en agosto a leerles "La vuelta al mundo en ochenta días" a mis dos vástagos, mientras releía yo "La vuelta al día en ochenta mundos" por aquello de las simetrías que me vencen y por pura casualidad. Y de esa lectura que ha dado paso a "La isla del tesoro" y de la experiencia habida con mis hijos en ese cotidiano acto de hablar con palabras de otro y escuchar con ilusión renovada es de lo que quiero hoy aquí cotillear un poco. Porque emprendíla lectura en voz alta de la obra de Julio Verne en versión completa aunque, eso sí, traducida al español que es lo único que hablo y ha sido un enorme placer, aunque soy yo señora adicta a los verbos densos y a los dolores eternos. Y es que después de casi un mes de lectura (uno, dos capítulos por noche) Tomás me paró ya en Liverpool para interpelarme muy serio diciendo:
-"Espera, espera, mamá. A ver. ¿Phileas Fogg no existió? ¿Se lo inventó Julio Verne, con patillas y todo?"
Y la sentida pregunta me hizo tan, tan feliz como la observación de Adalberto cuando, al finalizar la novela, y tras taparse púdico los oídos cuando Aouda y Phileas intercambiaban palabras de amor, dijo:
-"Mami, una novela es como tener la tele en la cabeza.Tú lees y mi cerebro pone las imágenes".

Después de la experiencia Tomás lee solo Óscar,papá y el trampolín de tres metros, Adalberto me lee Charlie y la fábrica de chocolate y los tres me escuchamos de día, que ya hemos comprobado que por la noche nos da miedo, La isla del tesoro. Así, disfrutando de los descubrimientos de mis niños paso los días pensando en la lectura y la escritura, revolviendo a Cortázar, a Pizarnik y a Duras. Y por aquello de mis fidelidades que son demasiadas, dejo aquí, tras tremenda perorata, un texto de Julio Cortázar que también me parece perfecto para ilustrar lo que (él lo sabía bien) no pasa con los textos que aquí he mencionado:


"Lucas, sus comunicaciones
Como no solamente escribe sino que le gusta pasarse al otro lado y leer lo que escriben los demás, Lucas se sorprende a veces de lo difícil que le resulta entender algunas cosas. No es que sean cuestiones particularmente abstrusas (horrible palabra, piensa Lucas que tiende a sopesarlas en la palma de la mano y familiarizarse o rechazar según el color, el perfume o el tacto) pero de golpe hay como un vidrio sucio entre él y lo que estáleyendo,de donde impaciencia,relectura forzada,bronca en puerta y al final gran vuelo de la revista o el libro hasta la pared máspróxima con caída susiguiente y húmedo plof.
Cuando las lecturas terminan así, Lucas se pregunta qué demonios ha podido ocurrir en el aparentemente obvio pasaje del comunicante al comunicado. Preguntar eso le cuesta mucho,porque en su caso no se plantea jamás esa cuestión y por más enrarecido que esté el aire de suu escritura, por más que algunas cosas sólo puedan venir y pasar al término de difíciles transcursos, Lucas no deja nunca de verificar si la venida es válida y si el paso opera sin obstáculos mayores. Poco leimporta la situación individual de los lectores, porque cree en una medida misteriosamente multiforme que en la mayoría de los casos cae como un traje bien cortado, y por eso no es necesario ceder terreno ni en la venida ni en la ida: entre él y los demás se dará puente siempre que lo escrito nazca de semilla y no de injerto. En sus más delirantes invenciones algo hay a la vez de tan sencillo, de tan pajarito y escoba de quince. No se trata de escribir para los demás sino para uno mismo, pero uno mismo tiene que ser también los demás; tan elementary, my dear Watson, que hasta da desconfianza, preguntarse si no habrá una inconsciente demagogia en esa corroboración entre remitente, mensaje y destinatario. Lucas mira en la palma de su mano la palabra destinatario, le acaricia apenas el pelaje y la devuelve a su limbo incierto; le importa un bledo el destinatario puesto que lo tiene ahí a tiro, escribiendo lo que él lee y leyendo lo que él escribe, qué tanto joder."
Julio Cortázar, Un tal Lucas,
Alfaguara, Buenos Aires,1996,págs.31-33.

domingo, 15 de marzo de 2009

ÚLTIMA ELECCIÓN, Raúl Brasca

Me volví adicta a los micro relatos por imperativo categórico tras mi doble maternidad. Fue una vía de escape para no prescindir totalmente de la lectura en aquellos tiempos de pañales compartidos, trabajo a jornada completa, exigencias laborales y angustias personales. No encontraba tiempo para nada y el sueño me acechaba en cualquier descanso, pero como soy una animal de costumbres seguía yendo por la librería de Nano y empecé a ver pequeños libros de Thule que compraba por vicio. Así me encontré leyendo Todo tiempo futuro fue peor, de Raúl Brasca, y me redescubrí riendo. ¡Tremendo bestia el caballero! Llevé sus relatos en el bolso y hasta los leí en clase, sobé el libro hasta el desmarque y comprobé su anunciada resistencia al agua. Todo me gustó; el origen de la oreja de burro que es una de mis flores emblemáticas, la descripción del amor I y II en que él y ella monologan, la presencia de fantasmas de aparición irreversible, la crítica de la ciencia, la "digestión del mundo", la llave que me dejó pasmada. Todo. Y entre todo una mini de cinco líneas en la edición que tengo que me resulta de una extrema crueldad cierta. Es la que hoy les copio. Espero que también a los que no la conocen les guste esta ¿ficción?




ÚLTIMA ELECCIÓN
Raúl Brasca
El pez resuelto al suicidio evita veloz la red en la que moriría con sus compañeros, pasa de largo frente al anzuelo del pescador rutinario que hojea una revista, y traga sin dudar el de un chico que recordará mientras viva los espasmos terribles de su asfixia.
Raúl Brasca, Todo tiempo futuro fue peor, Thule Ediciones, 2004, p. 31.

sábado, 14 de febrero de 2009

EL PERRO EXISTENCIALISTA, Zoe Berriatúa

Entre los libros teóricamente infantiles (o al menos considerados como tales por quienes los colocan en las librerías que frecuento) que tengo en casa hay uno que me parece muy curioso y que compré por el título y por descocimiento de su editorial (más tarde en Madrid descubrí la fuerza de Panta Rhei como editora). El libro, escrito e ilustrado por Zoe Berriatúa está dedicado a todos los perros y lleva por título "El perro existencialista". De los 12 relatos perros que componen el libro les copio aquí hoy el que da título al volumen.



Espero que les guste.



EL PERRO EXISTENCIALISTA
ZOE BERRIATÚA
Jerry vivía para comer, dormir y cagar.
Era una vida cómoda, pero tenía insomio por su angustia vital.
Sentía que todo era estúpido, y la estupidez de quienes le rodeaban
le recordaba a la suya propia.
Así que se puso a leer. Leý a Aristóteles y a Kant...
luego a Nietzsche y a Kierkegaard.
Pero tras leer a Sócrates sentía que cuanto más leía, meos sabía.
Entonces se dio a la bebida y a las malas perras,
deambuló por todos los antros, arrastrándose a duras penas.
Un mal día conoció a una dama que le fascinó,
buscó en ella el sentido se su vida... pero ella se agobió.
Jerry lloró y aulló, por las mismas calles de sus fiestas deambuló...
... Hasta que un perro evangelista le encontró.
Él le enseñaría el camino de la iluminación...
a cambio de su rata de goma y un par de huesos.
Le explicó que si le seguía, tras la muerte visitaría un lugar
donde o hay nada que hacer más que lamerse la entrepierna. Jerry le contestó:
"¿Nada que hacer? ¿Un lugar sin sentido ni ocupación?... ¡Allí no voy yo!"
Poco después, Jerry encontró la solución.
Hasta el fin de sus días, se centró en una ocupación.
Un estupendo trabajo en una sucursal de correos...
lamiendo sellos, para cartas de promoción.
Zoe Berriatúa, El perro existencialista,
Panta Rhei, Madrid, 2004

lunes, 9 de febrero de 2009

MI AMIGO SERGIO


Estoy desasosegada. Desinquieta dicen por estos lares y no me hallo decíamos en mi adolescencia malagueña. Estoy extraña en mi cuerpo menopáusico y en mis tiempos. Ajena de mí y perpetuamente cansada, me encuentro. Pero quiero seguir. Me propuse este ejercicio de tecleo al desnudo público y no quiero cesarlo. No, al menos, mientras no sea la yo que conocí quien lo decida. Recurro entonces al viejo truco de pedir ayuda a un amigo, y tiro de Sergio. Todos los que aquí vienen (creo) conocen los Antojos de Sergio. Hoy yo abuso de su amistad (algún día les hablaré de ese fantástico acontecimiento) y reproduzco su texto de hoy para que brille con luz propia donde mi hueco queda.


















Gracias a todos.











Gracias a Sergio.








EL SOMBRERO LUMINOSO











No podría ser de otra manera, las cosas toman el temperamento del que las usa.





- Exageras. Las cosas son cosas. Se compran, se usan y se tiran.





-Las cosas chupan el carácter de su dueño. Te digo. Así como los animales, se parecen tanto a las personas con las que viven que se personalizan.





-Exageras, ¿cuándo se ha visto tal cosa?





Mi café se enfriaba, sentado en mi mesa de costumbre con mi periódico y mis notas de las ventas del día anterior, no podía evitar escuchar la conversación de dos hombres que estaban sentados a mi lado. Podía distinguir en uno de ellos una cicatriz, todavía encarnada, correrle a lo largo del cuello. Tenía una cara larga, escurrida, como si la viéramos a través de un vidrio mojado; el otro tenía una cara ancha y una voz sonora como de tambor militar.





-Te digo. Yo puedo demostrarte. Tengo ejemplos inapelables. Las cosas toman el carácter de sus dueños.





-¡Que terco!





-¿Recuerdas a María Paredes?





-¿La que murió de pulmonía?





- No murió de pulmonía. Murió de rencor.





-¿De rencor? Yo fui al hospital y hablé con el doctor que la atendió.





-María Paredes era una mujer envidiosa, ¿no? Deseaba siempre los vestidos de sus hermanas. Pues uno de esos vestidos la asfixio.La cicatriz parecía que reventaría en cualquier momento, el de la cara ancha jugaba con una pluma roja mientras respiraba complacido.





-Es una historia estúpida. Cada día estás más loco. Se te está enfriando la cabeza. Deberías comprarte otro sombrero.





-¿No me crees? Es natural. Pero yo vi como uno de los vestidos la asfixiaba. Las cosas tienen vida. ¡Mírate! Desde que mojaste tu cachucha estás como ella, escurrida y sin color. No puedes negar la evidencia.





-Es absurdo, es como si me dijeras que tú perdiste la razón por tener la cabeza al descubierto desde que perdiste el sombrero o que estás más gordo porque tus pantalones se ensancharon.





Mi café estaba helado, mi trabajo sin hacer y yo no podía irme sin saber en que terminaría la discusión. El tipo de la cara escurrida tomaba agua y el gordo un vaso de leche.





-Tu mismo lo has confirmado, el gato tiene las mismas pestañas que Mario y el gato tiene la misma manía de rascarse la nariz, de una forma, diríamos humana. Doña Rosa tiene la misma cara de su perra y el mismo olor.





-Tu lo has dicho: animales y personas, eso es común. Son seres vivos. Las cosas son cosas.





-Las cosas se humanizan. Observa a ese paraguas, tiene la misma forma de su dueño; y que me dices de José, tiene la misma cara de sus platos, y esa niña, mira como el vestido se pega a sus caderas.





-Cada día estás más perdido. ¿Pusiste el anuncio en el periódico?





-Si. Toda la semana.





-¿Te han llamado?





-No.





-¿Fuiste claro en el anuncio?





- Hasta ofrecí una recompensa. Aquí tengo el anuncio: “A la persona que encuentre mi sombrero castaño brillante con las iníciales BC en su interior será gratificado. Por favor comunicarse…”





Traté de disimular mi sorpresa. Salí rápidamente del café. Oculto en el abrigo un reflejo luminoso perfilaba el sombrero.Sergio Astorga.
Acuarela/papel 20 x 30 cm.

viernes, 6 de febrero de 2009

EL TURISTA EXCEPCIONAL, Ramón Gómez de la Serna

Los escritores me gustan por motivos tan variados como el chocolate. Porque me desangustian, porque me enamoran, porque me vapulean, porque los pienso en voz alta, porque me sacan sonrisas, porque me sonrojan, porque me hunden, porque me hacen sentir distintas, porque me da la gana, porque no le gustan al vecino de enfrente, porque mis hijos leen sus libros, porque son geniales, porque les puedo imaginar vidas, porque me caen bien, porque sí y sobre todo porque me gustan sus libros. A veces son libros requeteconocidos que hay que leer, imprescindibles. Otros libros que me recomienda alguien, o que me fascinan por el título. Libros objetos, libros de bolsillo, libros escritos en español o traducidos, con ilustracioneso o sin ellas, pero buenos libros. Y entre los libros buenos de mi vida tienen un papel muy especial los que mi madre me inculcó, que fueron muchísimos, porque me tocó una madre de extraordinaria cultura y sensibilidad. Y de entre los inculcados, los que la hacían reír a mandíbula batiente cuando aún era capaz de expresarse con palabras. Y entre esos autores estaba don Ramón Gómez de la Serna del que mi madre decía Greguerías como si fueran de ella y del que hoy les copio el turista excepcional, que tengo en casa en una bonita edición de libros del zorro rojo.




EL TURISTA EXCEPCIONAL
RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
Ser un turista cualquiera no vale la pena,
pues todo lo que se descubre está
como estaba en los libros de estampas.
El turista excepcional sorprendía
las cosas en su momento inesperado.
En la celosía del palacio del Arzobispo
Veía una virreina asomada.
A la torre inclinada de Pisa la veía
en ese momento del amanecer en que se
despereza y se pone derecha unos instantes.
Y a la torre Eiffel la había sorprendido
en ese momento en que, como una jirafa
que baja la cabeza, se pone a comer
hierba en el Campo de Marte.
En Pompeya había sorprendido al poeta
de la casa del poeta dramático, escribiendo
una tragedia.
Y al oráculo de Delfos le había oído
hablar solo, como a un speaker frente
a un micrófono.
Todas esas cosas extraordinarias le sucedían
al turista excepcional cuando iba solo
y por eso nadie le creía sus cuentos de viaje.
Él, sin embargo, no podía por menos
de contar sus hallazgos fantásticos:
-Una vez en Londres sorprendí al reloj
de Westminster cuando se bebe un vaso
de whisky pasada la media noche.
-Una vez en el Japónn vi cómo los bambúes
se paseaban como ibis verdes y pescaban
ranas por su cuenta...
Todos sonreían al oír los cuentos del turista
excepcional.
Pero a él le quedaba la satisfacción íntima
de saber que todo aquello que contaba
era cierto y seguía haciendo sus viajes
de explorador de lo inaudito.
Ramón Gómez de la Serna, El turista excepcional,
Madrid, Libros del zorro rojo, 2006.

martes, 27 de enero de 2009

LA LIBERTAD, Italo Svevo

Tal vez porque mi niñez quedó o porque presiento un viaje aunque no sopla viento del norte. Quizas, y tú me contestas, porque el ánimo me vive inestable o porque los cambios me inestabilizan. Porque quiero y me gusta, desde luego, estoy leyendo fabulitas fabulosas de Svevo y les dejo una para pervivir.
LA LIBERTAD
Italo Svevo
La puertecita de la jaula había quedado abierta. El pajarito se plantó, con un ligero salto, en la entrada y desde allí miró el vasto mundo primero con un ojo y después con el otro. Por su cuerpecito pasó el estremecimiento del deseo de los espacios vastos para los cuales estaban hechas sus alas, pero después pensó: "Si salgo, podrían cerrar la jaula y yo quedaría preso fuera". El animalito volvió a entrar y poco después vio, con satisfacción, cerrarse la puertecita que sellaba su libertad.
Italo Svevo, Fábulas, Ed. Gadir, Madrid 2008, pág. 29

jueves, 8 de enero de 2009

LA MUJER ENSIMISMADA, Menchu Gutiérrez

Hoy me ha vuelto a pasar. Me desperté cansada. El levantar fue un fracaso y cuando quise sentarme a leer estuve un buen rato decidiendo qué libro elegir hasta llegar a La mujer ensimismada de Menchu Gutiérrez. Me compré el libro en la Librería de Mujeres de Madrid hace años, lo tengo entre los libros escritos por mujeres en mis estantes y tengo conciencia de haberlo leído a retazos, casi como un ensayo. Hoy abrí el libro y después de adentrarme en algunas casas que ahora les copio me fui a la primera página y me leí: "Comprado en Madrid, en la Librería de Mujeres, hace mucho (?) tiempo. Leído hoy, de pronto, porque sí." Santa Cruz, nueve de enero de 2004. Hace ahora cinco años, así es mi ciclo. Así soy: repetida.




LA MUJER ENSIMISMADA,
Menchu Gutiérrez
En el centro del jardín aprendo qué he venido a hacer aquí, y mientras las primeras gotas, pesadas y gruesas, comienzan a golpear la tierra y a doblar las ramas infantiles de los árboles, me encamino hacia la primera casa; abro la pequeña verja de la entrada, subo los peldaños del número uno y, sin llamar, y sin llave, empujo la puerta, que se abre sin oponer la menor resistencia.
La casa comunica calor inmediatamente. En el pequeño recibidor hay una mesa con una lámpara encendida y un perchero encendido en el que cuelgo mi abrigo. Camino por una sucesión de alfombras y me detengo en la puerta del salón, una puerta corrediza de madera y cristal. La hago deslizarse sobre los rieles y entro en el salón, iluminado y vacío.
(...)
Menchu Gutiérrez, La mujer ensimismada, Siruela,
Madrid, 2001, página 10.

jueves, 11 de diciembre de 2008

UN FRAGMENTO DE DESMEMORIA de José Cardoso Pires.

El escritor portugués José Cardoso Pires (1925-1998) sufrió en 1995 una isquemia cerebral que lo llevó a un aislamiento del que se recuperó. La experiencia se publicó en 1997 en su obra De Profundis. En 1999 el autor falleció tras un nuevo ataque.



El libro del que voy a copiar el primer capítulo está editado por Asteroide en 2006, con traducción de Carlos Manzano y prólogo de Joao Lobo Antunes (neurocirujano y hermano de Antonio L. A.). Para mí es un libro fetiche que se me presenta según el momento joya, puñal, o diccionario. Es un libro que leo y releo a trocitos en un vano intento de comprender a mi madre encerrada en ella desde hace ya más de ocho años. Hoy traigo aquí las diez primeras páginas del texto.



DE PROFUNDIS
José Cardoso Pires
"Cuando perdiste el sueño y la certeza,
te volviste desorden, te volviste nube."
Simónides de Ceo,
Epitafio para los
caídos en las Termópilas
Enero de 1995, jueves. En bata y con el cigarrillo apagado en los dedos, me disponía a desayunar en la mesa a la que ya estaba sentada mi mujer con Sylvie y António, que habían llegado la víspera a Portugal. Creo que di los buenos días y que, aunque sereno, traía una palidez de cera. Fue una mañana cenicienta que nunca jamás olvidaré: las personas hablaban no sé de qué y yo recorría la sala con la mirada: el suelo, las paredes, el enorme plátano por detrás del balcón. Me detuve en la taza de té y ahí me quedé. "Me siento mal, nunca me he sentido así", murmuré con fría tranquilidad.
Silencio brusco. Yo y la taza ante mis ojos. De repente me vuelvo hacia mi mujer: "¿tú cómo te llamas?"
Pausa. "¿Yo? Edite". Nueva pausa. "¿Y tú?"
"Parece ser Cardoso Pires", respondí entonces.
¿Y ahora, José?
[...]¡Te marchas, José!
José, ¿adónde?
Carlos Drummond de Andrade
Aún hoy sigo oyendo aquel "parece ser". Resulta espantoso cómo mi yo se transformó bruscamente allí en otro alguien, en otro personaje menos inmediato y menos concreto.
En esta introducción a la pérdida de la identidad que un trastorno cerebral acababa de desencadenar, lo que me parece, desde luego, implacable e irreversible es la precisión con la que en tan rápido lapso me vi desposeído de mis relaciones con el mundo y conmigo mismo. Como si acabara de iniciar un proceso de despersonalización (Él -o mi nombre- es) que, encima, se volvía más ajeno por la imprecisión de parece ser. Además, la circunstancia de haber respondido a Edite con el apellido y no con el nombre de pila, el más íntimo entre marido y mujer y el único que nos resultaba natural, es como otro indicio del distanciamiento provocado por el golpe del azar que me había privado de memoria y de pasado.
Él, el Otro. El Otro de mí. Al instante, Edite ya estaba hablando por teléfono con los médicos sobre ese alguien impersonal que yo estaba empezando a ser. Yo la oía desde el centro del vertíbulo con gran serenidad. Sabía -eso creo- que algo me ocurría, algo oculto, activo, pero en aquel momento ya empezaba a oír y a sentir sólo de paso, sin retener. (Aun así, tenía algún conocimiento de la ansiedad que me rodeaba: "Esto no va a ser nada", creo haber dicho a Sylvie, cuando la descubrí en el pasillo, atenta a las llamadas por teléfono de Edite.)
Recuerdo que aquella mañana fue invadida por un aguacero desalmado, se oía una lluvia gruesa y pesada allí fuera, pero debió de ser pasajera, porque, cuando acabó, Edite aún seguía al teléfono. A partir de entonces lo único que sé es que me puse a afeitarme delante del espejo del cuarto de baño con la pasividad de quien afeita a un ausente... y allí fue.
Sí, allí fue. En la medida en que es posible localizar una fracción más que secreta de la vida, fue en aquel lugar y en aquel instante cuando yo, cara a cara con mi imagen en el espejo, pero ya desligado de ella, me convertí en Otro sin nombre y sin memoria y, por siguiente, incapacitado para la menor relación pasado-presente, de imagen-objeto, del yo con otro alguien o de lo real con la visión que entraña lo abstracto. Él. El mismo al que la mujer (Edite, se llama, pero nada garantiza que ese hombre aún conozca su nombre, que no la considere un simple hecho, una presencia), exacto, ese mismo Él, al que Edite encontraría, poco después, peinándose con un cepillo de dientes antes de partir con urgencia para el Hospital de Santa Maria y el mismo al que una enfermera sorprendería días después en la misma operación delante del espejo en el lavabo de la habitación.
Días después ¿cuándo?
Sin memoria, se desvanece el presente, que simultáneamente es ya pasado muerto. Se pierde la vida anterior... y la interior, claro está, porque sin referencias del pasado, mueren los afectos y los lazos sentimentales, y la noción del tiempo, que relaciona las imágenes del pasado y que les da la luz, y el tono que las data y las vuelve significativas: eso también. Es verdad, también eso se pierde, porque la memoria, como aprendí por mí mismo, es indispensable para que se pueda no sólo medir el tiempo, sino también sentirlo. Así, al ver a mi Otro yo peinándose con un cepillo de dientes en una habitación de hospital (según me contaron más adelante), me pregunto cuántas veces le sucedió aquello y al instante veo a una enfermera aparecérsele por detrás y cambiarle el cepillo por el peine, sin un comentario, sin una palabra siquiera, pura y simplemente con la práctica de quien ejecuta una rutina, y a él obdecerla sin la menor resistencia:él, como cumpliendo el papel que le corresponde en dicha rutina. ¿Siempre ese juego?, me pregunto.
Tal vez. Es posible que la aceptación apática del error se debiera a su incapacidad mnemónica para relacionar... y, por tanto, para preguntar. Es posible. Para él, ahora o ayer era todo otrora, mundo ajeno, o como tal, y desinterés: el constante y desinteresado desinterés del hombre deshabitado de personas y lugares, de tiempo y de sentimientos.
¿Apatía, en ese caso? En esta fase del proceso admito que no se trata propiamente de apatía, serán los médicos quienes podrán decirlo. Que yo sepa, él al principio sabía que estaba enfermo. O tendría una mínima percepción de la imposibilidad de vincularse con los demás, la imposibilidad con la que convivía y aceptaba con naturalidad. Recuerdo incluso que, al observar algo que le llamaba la atención, lo dejaba de lado instintivamente, porque estaba convencido de que un segundo después iba a olvidarlo.
el de oír y percibir, mientras oía, pero desconectar rápidamente, era el plano en el que se movía. Oír y al instante desconectar. Desconectar. Y ver: ver también contaba. Ver a personas (figuras) a través de un cristal mudo y perderlas acto seguido: todo ello sin angustia, como quien llenara el tiempo con una serenidad terminal, como quien, en la desertización que lo invadía, fuera avanzando hacia la muerte cerebral en un escenario de contornos indiferentes.
En las Poesías de Drummond de Andrade, que tengo ahí, en la estantería, José caminaba, pero ¿hacia dónde José?
Y página a página entramos en ese Otro que fue Él. Muy bello libro para mí. Muy, muy bello.

martes, 2 de diciembre de 2008

LA NATURALEZA DEL AMOR, Cristina Peri Rossi


Me enamoré de Cristina Peri Rossi cuando leí El museo de los esfuerzos inútiles en el año de su publicación que fue el de vigésimo aniversario. Desde entonces, con los altibajos inherentes a mis horas he ido comprando, regalando, leyendo y disfrutando parte de su obra. Y siempre me ha reenamorado. En este momento tengo en casa Aquella noche, Te adoro y otros relatos, La ciudad de Luzbel, La nave de los locos y Cuentos reunidos. No sé lo que tendré mañana porque de pronto cobro y compro más libros y de pronto encuentro a alguien o recibo una visita y regalo un libro usado. Sé que la prosa y la poesía de esta autora me fascinan y que cuando releí en 1991 La nave de los locos escribí en la primera página: "Me hicieron falta treinta y dos años para entenderte aquí, y ahora, por fin, puedo escribir que te quiero." El relato que copio hoy me parece tristemente bello.

Espero que les guste.



LA NATURALEZA DEL AMOR
de Cristina Peri Rossi
Un hombre ama a una mujer, porque la cree superior. En realidad, el amor de ese hombre se funda en la conciencia de la superioridad de la mujer, ya que no podría amar a un ser inferior, ni a uno igual. Pero ella también lo ama, y si bien este sentimiento lo satisface y colma algunas de sus aspiraciones, por otro lado le crea una gran incertidumbre. En efecto: si ella es realmente superior a él, no puede amarlo, porque él es inferior. Por lo tanto: o miente cuando afirma que lo ama, o bien no es superior a él, por lo cual su propio amor hacia ella no se justifica más que por un error de juicio.
Esta duda lo vuelve suspicaz y lo atormenta. Desconfía de sus observaciones primeras (acerca de la belleza, la rectitud moral y la inteligencia de la mujer) y a veces acusa a su imaginación de haber inventado a una criatura inexistente. Sin embargo, no se ha equivocado: es hermosa, sabia y tolerante, superior a él. No puede, por tanto, amarlo: su amor es una mentira. Ahora bien, si se trata, en realidad, de una mentirosa, de una fingidora, no puede ser superior a él, hombre sincero por excelencia. Demostrada, así, su inferioridad, no corresponde que la ame, y sin embargo, está enamorado de ella.
Desolado, el hombre decide separarse de la mujer durante un tiempo indefinido: debe aclarar sus sentimientos. La mujer acepta con aparente naturalidad su decisión, lo cual vuelve a sumirlo en la duda: o bien se trata de un ser superior que ha comprendido en silencio su incertidumbre, entonces su amor está justificado y debe correr junto a ella y hacerse perdonar, o no lo amaba, por lo cual acepta con indiferencia su separación, y él no debe volver.
En el pueblo al que se ha retirado, el hombre pasa las noches jugando al ajedrez consigo mismo, o con la muñeca tamaño natural que se ha comprado.
Cristina Peri Rossi, La naturaleza del amor, en Cuentos reunidos,
Lumen, Barcelona, 2007, págs. 535-537.

lunes, 24 de noviembre de 2008

RESACA de Shaun Tan




Me enloqueció Shaun Tan cuando conocí su Árbol rojo. Leí el libro una y otra vez fijándome en todos los pequeños detalles, en los cambios de planos, en las entradas de luz, en los símbolos, en el lugar de la hoja en cada página, en el tipo de letra, en los tiempos. Se convirtió desde el primer momento en uno de los libros de mivida, de esos, como los de Lispector, que no paro de regalar y redescrubir y que siempre tengo cerca. Después ahorré para alcanzar sus Emigrantes, muy distintos y nada decepcionantes. Ahora, el viernes le llegó el turno a Cuentos de la periferia, del que extraigo esta joyita que esta vez, gracias a Triana, copio con ilustración, aunque la ilustración es del Árbol rojo.
El cuento se titula RESACA y dice así:



Cuando los vecinos se referían a la casa del número diecisiete lo hacían sólo en voz baja. Todos conocían de sobras los gritos, portazos y el estruendo de objetos rotos que salían de ella. Pero una

calurosa noche de verano ocurrió algo mucho más interesante: la aparición de una gran animal marino en el jardín frente a la casa.



A media mañana, todos los vecinos habían visto ya a esa criatura misteriosa, que respiraba acompasadamente, cuando salieron a comprar el periódico. Naturalmente, se reunieron alrededor para verlo mejor.



-Es un dupongo- dijo un niño pequeño-. El dupongo vive en el océano ïndico y es un mamífero raro que está en peligro de extinción, de la orden de los sirénidos, familia dugongidae, género dugong, especie D. dugong.



Nada de todo eso explicaba que hubiese aparecido en en su calle, a no menos de cuatro quilómetros de la playa más cercana. En cualquier caso, los vecinos se ocuparon simplemente de atender al animal varado con cubos de agua, mangueras y mantas mojadas, tal y como habían visto hacer en la tele con las ballenas.



Cuando la parece joven que vivía en el número decisiete salió finalmente de casa para ver qué pasaba, con la mirada nublada y confusa, su impulso inmediato fue el enfado y el reproche.



-¿Esto es lo que entiendes por una broma?- se gritaban el uno al otro, y también a alguno de los vecinos. Pero pronto se callaron, desconcertados, impotentes ante lo absurdo de la situación. No podían hacer nada más que unirse a las tareas de rescate: encendieron los aspersores del jardín y llamaron al servicio de emergencias competente, si es que existía (algo que debatieron durante un buen rato, mientras se arrancaban el uno al otro el teléfono de las manos).



Mientras esperaban a los expertos, los vecinos se turnaron para acariciar y tranquilizar al dugongo. Le hablaban a la altura del ojo, que parpadeaba lentamente -todos se sorprendieron de verlo tan profundamente triste- y apoyaban la oreja contra su piel húmeda y cálida para oír un sonido tenue y lejano, pero por lo demás indescriptible. La llegada del camión de rescate fue casi una interrupción inoportuna, con las luces intermitentes naranjas, con los operarios del ayuntamiento de chaquetas fluorescentes que le decían a todo el mundo que se apartara del lugar. Su eficiencia era impresionante: tenían incluso una especie de grúa y una bañera lo suficientemente grande para acoger a un mamífero marino de dimensiones considerables. En cuestión de minutos cargaron al dugongo en el vehículo y se lo llevaron, como si las situaciones de ese tipo fueran su pan de cada día.



Más tarde, esa misma noche, los vecinos cambiaban impacientemente de canal para ver si decían algo sobre el dugongo, pero al ver que no era así llegaron a la conclusión de que posiblemente todo aquello no había sido tan extraordinario como a ellos les había parecido.



La pareja del número diecisiete empezó a gritarse de nuevo, esta vez porque habría que arreglar el jardín. El césped que había debajo del dugongo había quedado increíblemente amarillo y mustio, como si la criatura hubiera estado allí durante años y no tan sólo unas horas. Entonces la discusión pasó a otro tema completamente distinto, y un objeto, probablemente un plato, impactó contra una pared.



Nadie se fijó en el niño que, con una enciclopedia de zoología marina en los brazos, salió de la puerta delantera de la casa, se acercó a la mancha de césped descolorido con forma de dugongo y se tendió justo en medio, decidido a quedarse allí mientras pudiera, con los brazos pegados a los costados, mirando las nubes y las estrellas hasta que sus padres se dieran cuenta de que no estaba en su habitación y salieran a buscarlo gritando, enfadadísimos. Qué raro fue, entonces, cuando finalmente aparecieron sin hacer ruido, sin brusquedad. Qué raro fue sentir sólo unas manos que, con mucha ternura, lo levantaban del suelo y lo llevaban de vuelta a la cama.



Shaun Tan, Cuentos de la periferia,

Cádiz, Barbara Fiore Editora, 2008.






domingo, 9 de noviembre de 2008

EL ESPEJO, G.K. Chesterton

Adquirí joven la costumbre del estudio frente a la lectura distendida. Me gusta leer con lápiz y me apetecen artículos, reflexiones, ensayos. Hace poco tiempo compré un libro de G.K. Chesterton (me encantan estos nombres que nos hemos a costumbrado a desconocer por el uso excesivo de sus iniciales) titulado Lectura y Locura. Ni que decir tiene que me abalancé sobre él por su título, pero también porque era autor muy querido por mi madre y porque siempre tendré que agradecer aquellos clubes y los hombres jueves. El ensayo que copio aquí pertenece a ese libro y tiene, desde mi punto de vista, varias ideas interesantes que animan, creo, a la reflexión. Espero que les guste.
EL ESPEJO, de G. K. Chesterton
PERDIDO en las inmensas llanuras del tiempo, vaga un enano que es la imagen de Dios y ha sido el artífice, a escala aún más diminuta, de una imagen de la Creación. Ese retrato pigmeo de Dios es lo que llamamos el hombre, su pigmeo retrato de la Creación es lo que llamamos el arte. Sería subestimar la función del hombre decir que únicamente ha expresado su propia personalidad. Pues todo artista expresará, sin duda, su propia personalidad, pero principalmente a través de su interés por otras personalidades -como la de carniceros, panaderos y obispos- o incluso a través de su interés por impersonalidades como el viento, la lluvia, la música o la metafísica. Su tarea -secundaria, aunque divina- consiste en volver a crear el mundo, y ese es el significado tanto de todos los retratos como de todos los edificios públicos. Aun más, si cabe, ha de crear un mundo como si fuera un dios, y no simplemente emitir un ruido, como si fuera un animal o un esteta egoísta. Aun cuando trate de pintar las cosas tal como son, las pintará, inevitablemente, como habrían de ser. Sin embargo, esa tendencia debe ser inconsciente. El artista humanizará por instinto al más inhumano de los mostruos y domesticará a la más salvajes de las fieras. Por su misma naturaleza tratará de comprender a un caballo mejor de lo que el caballo es capaz de entenderse a sí mismo, al igual que el emperador pagano. Y por su propia naturaleza verá también los pájaros y las bestias como presagios antes que como animales, igual que los augures paganos.
Esto quedaba claramente ilustrado en la antigüedad con aquel hábito que enonces existía de transformar a los animales, por medio de símbolos arbitrarios, en virtudes humanas. Así, el león era la magnanimidad, pues jamás tocaba a las doncellas, aunque muy pocos de nosotros llegaríamos al extremo de arrojar inocentes señoritas a las jaulas del zoológico para probar la teoría. Del mismo modo, el pelícano encarnaba la caridad, aunque también somos verdaderamente pocos los que habremos visto nuestros pecados y deudas perdonados por ningún ave de esta especie.
La primera historia natural era algo enteramente sobrenatural, y el hombre elaboraba alegorías en lugar de clasificaciones de los animales. Esto era, claro está, un error producto de la simple teoría del dominio del hombre sobre la naturaleza. Y es sin duda por esa razón por la que la ciencia heráldica , con toda su lógica llena de lucidez, con su atractiva historia y su magnífico arte ornamental, ha sucumbido al tiempo y ha arrastrado en su caída a toda la verdadera aristocracia. Sin embargo, era la realización extrema de algo que debe limitar de modo permanente el arte humano. Ninguno de nosotros sabríamos decir cuál es verdaderamente el valor de un árbol para un árbol, de un arenque para otro arenque, siquiera de un perro para otro perro. Menos aún podría ninguno de nosotros precisar cuál es el valor de ninguno de ellos para esa realidad inconcebible y entronizada que a todos los creó.
Así, pues, dentro de cualquier arte humano, por mimético que sea, ha de introducirse necesariamente algún elemento creativamente humano. Todo caballo creado por la mano de un hombre será en parte humano, como un centauro y, por lo tanto, será en parte fabuloso. Todo pez creado por la mano de un hombre será en parte humano, como una sirena y, por lo tanto, será en parte legendario. Sin embargo, este elemento místico en realidad sólo estará presente cuando el hombre trata de plasmar los contornos reales del pez o el caballo. Toda esta energía personal será efectiva únicamente en tanto parezca impersonal. Pues desde el momento en que el artista moderno renuncia a todo propósito de realidad, pierde prácticamente cualquier poder sobre la fábula. En un cuadro sólido y bien pintado, vemos el elefante sólo a través de su atmósfera. En cambio, en alguno de esos débiles y pobres cuadros modernos, lo que vemos es la atmósfera a través del elefante. Demaisado a menudo el artista moderno se pierde tratando de encontrarse y plasmarse, y superpone un yo ficticio a ese verdader yo inconsciente que, de otro modo, se expresaría con libertad. Se ha convertido en un individualista, y ha dejado de ser un individuo. Más aún, se ha convertido en un loco en el sentido más terrible y literal del término. Se ha vuelto consciente de su subconsciencia.
Así pues, cuando un hombre recrea algo, ha de hacerlo siempre ligeramente de acuerdo con su propia imagen. Si esculpe el más informe "eslabón perdido", éste siempre se asemejará un poco más al hombre que al mono. Si esboza un rinoceronta embrionario, bien puede ser que tenga, como se dice de los recién nacidos, la nariz de su padre. Estos dispersos y huidizos rasgos humanos, sin embargo, son lo máximo que el artista pùede aproximarse a una auto-representación. Pues lo único a lo que un pintor no debería estar legitimado es a pintarse a sí mismo; mientras menos piense en esa persona trivial, mucho mejor. Cierto es que Rembrabdt se autorretrató en varias ocasiones, y cierto que Rembrabdt fue un gran hombre: pero teniendo en cuenta que cada vez que se pintaba lo hacía de un modo totalmente distitnto a las anterior, no creo que estuviera demasiado atenta a su modelo. Escrutar un espejo es, sin duda, un acto poético y fascinante. Bien lo sabía Lewis Carrol. Pero lo que jamás ha de hacerse es mirar un espejo con el objeto de mirarse a uno mismo. Uno es, más bien, tan sólo un irritante obstáculo ante esa puerta mágica. Alicia no se asomó al espejo para encontrar a Alicia. Trató ded ver a través de aquella extraña puerta y se sintió atraída por aquellas extrañas ventanas que abrían hacia fuera por doquier en aquel mundo radiante y silencioso:
Mágicos ventanales abiertos a la espuma
de peligrosos mares del país de las hadas.
Decorado y perspectivas justifican la mirada al espejo del artista, pues poseen una apariencia sobrenatural, inconsciente u extraña, como si formaran parte de ese otro mundo al cual sólo pertenecemos a medias. Pero un artista jamás debería tratar de encontrarse a sí mismo en el hombre del espejo; pues por muy sigilosamente que observe o por muy ágilmente que salte, jamás logrará sorprenderlo en un descuido.
Imagino que muchos de nosostros habremos descubierto las personalidades más fuertes en hombres que ni siquiera saben que poseen una personalidad. Las aguas que manan se esparcen a un lado y a otro derramándose por toda la tierrra. Sólo las aguas que caen giran hacia dentro, hacia su propio eje, en las espirales del remolino. Sin embargo, las más peligrosas de todas las aguas, aun peores que el remolino o la crecida, son aquellas que, al detenerse por un instante, pueden reflejar el rostro de un hombre.
Gilbert K. Chesterton, LECTURA Y LOCURA
Y OTROS ENSAYOS IMPRESCINDIBLES,
ediciones de Espuela de Plata, 2008.

martes, 14 de octubre de 2008

Viejas lecturas: un fragmento de Aurelia de Gerard de Nerval.

por Sergio



Tengo un muy estúpido cansancio preopositorial que no me deja concentrarme en nada, ni mucho menos en lo que debo que, a saber, es el estudio de la mencionada oposición. Así de cansada me quedo como en éxtasis ante la puñetera pantalla y me la paso leyendo los blogs que admiro y abriendo latas de cerveza que trasiego, flagelo en mente. Tomo, como si al azar, un libro de mis estantes no anaqueles, y me reencuentro con Nerval. ¡Cuánto tiempo! Nerval, Gerard de, cuya nota suicida me pareció tremenda putada en su momento, fue lectura asidua de mis diecinueve granadinos años, cuando también Lautréamont. Sé que tengo que proseguir con las unidades didácticas, pero me trabé en América y busco los materiales del Contra V Centenario al que asistí (dieciséis años ya). Por si los encuentro y logro estudiar dejo antes un fragmento de la Aurelia de Nerval que en la juventud perdida señalé:



"Cuando el alma flota errátil entre la vida y el sueño, entre el desorden del espíritu y el retorno de la fría reflexión, es en el pensamiento religioso donde se debe buscar auxilio. Nunca pude encontrar en esa filosofía que no ofrece más que máximas de egoísmo, o como mucho de mera reciprocidad, más que experiencia ociosa, dudas cargadas de amargura. De hecho, se limita a luchar contra los dolores morales dando al traste con la sensibilidad. De manera semejante a la cirujía, no sabe más que amputar el órgano que hace sufrir. Y para nosotros, nacidos en tiempos de revoluciones y de turbulencias en que todas las creencias se han visto destrozadas, educados como máximo en esa difusa fe que se contenta con algunas prácticas externas, la indiferente adhesión a la cual resulta quizás más culpable que la impiedad y la herejía, para nosotros, repito, es muy difícil, cuando sentimos necesidad de ello, reconstruir el edificio místico del que los inocentes y los simples admiten en sus corazones la estructura por completo acabada. '¡El farol de la ciencia no es -desde luego- el árbol de la vida !' Sin embargo, ¿acaso podemos arrojar de nuestra alma lo que tantas generaciones de seres inteligentes vertieron en ella de bueno o de funesto? No, la ignorancia no se aprende."
Nerval, Gerard de, Aurelia, José J de Olañeta Editor,
Barcelona, 1982, pa´gs. 55 y 56.

miércoles, 1 de octubre de 2008

Lucas, sus pudores, de Julio Cortázar

Hoy no es para mí un buen día. Pero empieza octubre, el día trece hará ocho años que veía la luz Adalberto el mismo día que su padre terminaba su primer trabajo como ayudante de dirección en El cumpleaños de Carlos, el otoño se deja oír con lluvia en estas latitudes de exasperante calor y me obligo a intentarlo. Me dedico a estudiar, me releo Antígona (la de Sófocles) y vuelvo a Cortázar para respirar. Fuerzo mi sonrisa con los pudores de Lucas que recuerdo a diario. Se los dejo aquí:
"En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metros del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará de lo más bien, suave y silencioso, pero ya hacia el final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costada e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los mislos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas tiembla por él pues está seguro de que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente parezca no preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas e incluso lo cubre con choque de cucharitas en las tazas y corrimiento de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas es feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mámá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar exento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de la casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piececita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso de Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres."
Julio Cortázar, Un tal Lucas.
Este episodio de Lucas lo he tomado del libro Un tal Lucas, de Julio Cortázar, en la edición hecha por Alfaguara en 1997 y se encuentra en la tercera parte entre las páginas 153-157. No me cabe duda de que es manía pero me gustaba más el libro azul y hueso, también de Alfaguara que manoseé durante años y terminé regalando. El tipo de papel me parecía más apropiado para escribir sobre él, más gustoso.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Escritora por necesidad, Carolina Coronado

Nació Carolina Coronado en Almendralejo (Badajoz) el 12 de diciembre de 1820. Mis referencias de esta mujer convencida de su necesidad de escribir provienen del mismo libro que ya cité cuando copié un fragmento de Juana Manuela Gorriti y al que regreso:
Caballé, Anna (dir.), La vida escrita por las mujeres II. La pluma como espada. Del romanticismo al Modernismo. Barcelona. Círculo de Lectores 2003.
Incluyo hoy a esta autora porque la estoy leyendo, porque su retrato es obligatorio y por la contradicción que representa respecto a la opinión de Natalia Ginzburg en referencia al acto de la escritura. Doña Carolina, nacida en 1820 y muerta en 1911 advierte:


"La cuestión de si las mujeres deben o no dedicarse a hacer versos nos parece ridícula. La poetisa existe de hecho y necesita cantar, como volar las aves y correr los ríos, si ha de vivir con su índole natural, y no comprimida y violenta. Considérenla sus defensores y sus contrarios como un bien o un mal para la sociedad, pero es inútil que decidan su debe o no existir, porque no depende de la voluntad de los hombres. Éstos pueden reformar sus obras, pero no enmendar las de Dios."


Y escribió esta mujer en su pueblo y desde su condición de hembra, en 1846, el poema que sigue:




Libertad
Risueños están los mozos,
gozosos están los viejos
porque dicen, compañeras,
que hay libertad para el pueblo.
Todo es la turba cantares,
los campanarios estruendo,
los balcones luminarias,
y las plazuelas festejos.
Gran novedad en las leyes,
que, os juro que no comprendo,
ocurre cuando a los hombres
en tal regocijo vemos.
Muchos bienes se preparan,
dicen los doctos al reino,
si en ello los hombres ganan
yo, por los hombres, me alegro.
Mas, por nosotras, las hembras,
ni lo aplaudo, ni lo siento,
pues aunque leyes se muden
para nosostros no hay fueros.
¡Libertad! ¿qué nos importa?;
¿qué ganamos, qué tendremos?:
¿un encierro por tribuna
y una aguja por derecho?
¡Libertad!; ¿de qué nos vale
si son los tiranos nuestros
no el yugo de los monarcas,
el yugo de nuestro sexo?
¡Libertad!; ¿pues no es sarcasmo
el que nos hacen sangriento
con repetir ese grito
delante de nuestros hierros?
¡Libertad! ¡ay! para el llanto
tuvímosla en todos tiempos;
con los déspotas lloramos,
con tributos lloraremos;
que, humanos y generosos,
estos hombres, como aquéllos,
a sancionar nuestras penas
en todo siglo están prestos.
Los mozos están ufanos,
gozosos están los viejos,
igualdad hay en la patria,
libertad hay en el reino.
Pero, os digo, compañeras,
que la ley es sola de ellos,
que las hembras no se cuentan
ni hay Nación para este sexo.
Por eso aunque los escucho
ni me aplaudo ni lo siento;
si pierden ¡Dios se lo pague!
y si ganan ¡buen provecho!

jueves, 25 de septiembre de 2008

Mi oficio, de Natalia Ginzburg

MI OFICIO
texto escrrito por Natalia Ginzburg
en Turín en el otoño de 1949.
Ahora bien, cuidado: no es que uno pueda esperar consolarse de su tristeza escribiendo. Uno no puede abrigar la ilusión de que el propio oficio lo acaricie y lo acune. En mi vida hubo domingos interminables, desolados y desiertos, en los que deseaba ardientemente escribir algo para consolarme de la soledad y el aburrimiento, para ser acariciada y acunada por frases y palabras. Pero no hubo manera de que me saliera una sola línea. En esos casos, mi oficicio siempre me rechazó, no quiso saber nada de mí. Porque este oficio no es nunca un consuelo o una distracción. No es una compañía. Este oficio es un amo, un amo capaz de azotarnos hasta hacernos sangrar, un amo que grita y condena. Nosotros debemos tragar saliva y lágrimas, apretar los dientes, sacar la sangre de nuestras heridas y servirlo. Servirlo cuando él nos lo pide. Entonces, nos ayuda también a mantenernos en pie, a tener los pies bien asentados sobre la tierra, nos ayuda a vencer la locura y el delirio, la desesperación y la fiebre. Pero quiere ser él quien manda y se niega siempre a prestarnos atención cuando lo necesitamos.
Natalia Ginzburg, Mi oficio, en Las pequeñas virtudes, Barcelona, Acantilado, 2002.

martes, 16 de septiembre de 2008

Punto final, de Cristina Peri Rossi

PUNTO FINAL
Cuando nos conocimos. ella me dijo: "Te doy el punto final. Es un punto muy valioso, no lo pierdas. Consérvalo, para usarlo en el momento oportuno. Es lo mejor que puedo darte y lo hago porque me mereces confianza. Espero que no me defraudes". Durante mucho tiempo, tuve el punto final en el bolsillo. Meaclado con las monedas, las briznas de tabaco y los fósforos, se ensuciaba un poco; además, éramos tan felices que pensé que nunca habría de usarlo. Entonces compré un estuche seguro y allí lo guardé. Los días transcurrían venturosos, al abrigo de la desilusión y del tedio. Por la mañana nos despertábamos alegres, dichosos de estar juntos, cada jornada se abría como un vasto mundo desconocido, lleno de sorpresas a descubrir. Las cosas familiares dejaron de serlo, recobraron la perdida frescura, y otras, como los parques y los lagos, se volvieron acogedoras, maternales. Recorríamos las calles observando cosas que los demás no veían y loso aromas, los colores, las luces, el tiempo y el espacio eran más intensos. Nuestra percepción se había agudizado, como bajo los efectos de una poderosa droga. Pero no estábamos ebrios, sino sutiles y serenos, dotados de una rara capacidad para armonizar con el mundo. Teníamos con nuestros sentidos una singular melodía que respetaba el orden exterior, sin sujetarse a él.
Con la felicidad, olvidé el estuche, o lo perdí, inadvertidamente. No puedo saberlo. Ahora que la dicha terminó, no encuentro el punto final poro ningún lado. Esto crea comflictos y rencores suplementarios. "¿Dónde lo guardaste? -me pregunta ella, idignada-. ¿Qué esperas para usarlo? No de mores más, de lo contrario, todo lo anterior perderá belleza y sentido." Busco en los armarios, en los cajones, en el forro de los sillones, debajo de la mesa y de la cama. Pero el punto no está; tampoco el estuche. Mi búsqueda se ha vuelto tensa, obsesiva. Es posible que lo haya extraviado en alguno de nuestros momentos felices. No está en la sala, ni en el dormitorio, ni en la chimenea. ¿El gato se lo habrá comido?
Su ausencia aumenta nuestra desdicha de manera dolorosa. En tanto el punto no aparezca, estamos encadenados el uno al otro,hoy esos eslabones están hechos de rencor, apatía, vergüenza y odio. Debemos conformarnos con seguir así, desechando la posibilidad de una nueva vida. Nuestras noches son penosas, compartiendo la misma habitación, donde el resquemor tiene la estatura de una pared y asfixia, como un vapor malsano. Discutimos por cualquier cosa, aunque los dos sabemos que, en el fondo, se trata de la desaparición del punto, de la cual ella me responsabiliza. Creo que a veces sospecha que en realidad lo tengo, escondido, para vengarme de ella. "No debí confiar en ti-se reprocha-. Debía imaginar que me traicionarías."
Era un estuche de plata, largo, de los que antiguamente se usaban para guardar rapé. o compré en un mercado de artículos viejos. Me pareció el lugar más adecuado para guardarlo. El punto estaba allí, redondo, minúsculo, bien acomodado. Pero pasaron tantos años. Es posible que se extraviara durante una mudanza, o quizás alguien lo robó, pensando que era valioso.
Luego de buscarlo en vano casi todo el día, me voy de casa, para no encontrar su mirada de reproche, su voz de odio. Toda nuestra felicidad anterior ha desaparecido, y sería inútil pensar que volverá. Pero tampoco podemos separarnos. Ese punto huidizo nos liga, nos ata, nos llena de rencor y de fastidio, va devorando uno a uno los días anteriores, los que fueron hermosos.
Sólo espero que en algún momento aparezca, por azar, extraviado en un bolsillo, confundido con otros objetos. Entonces será un gordo, enlutado, sucio y polvoriento punto final, a destiempo, como el que colocan los escritores noveles.
Muy joven le cogí gusto a este relato que el año pasado reconseguí al comprar los Cuentos reunidos, de Cristina Peri Rossi, que editó en Barcelona Lumen. El cuento ocupa las páginas 282-284 del citado volumen.

martes, 9 de septiembre de 2008

Lo íntimo, un fragmento de Juana Manuela Gorriti.


LO ÍNTIMO
Anteayer fue aniversario de la muerte de mi hija Clorinda, que todavía me parece no una realidad, sino una borrosa pesadilla.
Cuando pienso en las penas que desde entonces han minado mi existencia, asómbrame hallarme viva aún, y me hago de ello un reproche. ¡Quien tanto ha sufrido debe estar ya muerta!
Sin embargo, nunca estuve colocada en un círculo de tan activa y violenta acción.
Me levanto a las seis de la mañana, tan enferma, que me es preciso hacer un esfuerzo para dejar la cama, porque cuerpo y espíritu están mortalmente abatidos. Mas a medida que me engolfo en el trabajo, la vida vuelve, y me siento fuerte para pensar, sufrir, luchar y vivir; pero no sin anhelar ardientemente el eterno reposo [...].
Cuando voy al cementerio, y siento la inquietud inmensa de ese recinto, ¡qué envidia tengo a los muertos!
Y no obstante, como acabo de decirlo, torrentes de vida se agitan en torno mío, y agitarse la mía con el poderoso galvanismo de la literatura.
Mi casa es el centro de un círculo de escritores que se reúmen para discutir y juzgar, aprobar y rechazar todo cuanto en el día se produce en ciencias y letras.
Mi tiempo está repartido entre la enseñanza y la composición.
Quizá este prodigio de actividad me hace vivir [...].
La vida en lo material se ha reducido para mí a su menor expresión. Tengo dos túnicas negras y un manto. Con este guardarropa me basta para la calle y la casa.
Y no hay que pensar que no ando elegante; mucho que lo estoy. Parezco una Sibila.
Por lo que hace a comer, soy más cigarra que antes, cuando mi hija Mercedes se ocupaba de guardarme provisiones para la hora del hambre. Sólo que ahora, como está lejos de mí esa querida Providencia, me paso los días sin llevar un bocado a los labios, enteramente absorta en mis pensamientos, y sólo pienso en ello cuando los clamores de mi estómago me fuerzan a descender a la tierra.
Lima, 11 de marzo de 1876
Hace algunos años que me dio por aumentar en mi biblioteca pa resencia de autoras. No puedo explicar con exactitud el motivo. Lo cierto es que gusta leer escritos de mujeres y dentro de esa dinámica compré en el Círculo de Lectores cuatro volúmenes dirigidos por Anna Caballé bajo el título de LA VIDA ESCRITA POR LAS MUJERES. En el segundo toma, La pluma como espada, se encuentra recogida esta autora argentina.Tiene cosas que me parecen muy, muy interesantes.

domingo, 24 de agosto de 2008

Correspondencia. De José Lezama Lima, en La Habana a María Zambrano, en la Piéce, Francia.

31 de Dic. de 1975,
La Habana.
Mi muy querida amiga María Zambrano:
Recibí con emoción su bellísima carta. Una de las más hermosas que han tocado mi alma. Su carta revela la raíz iluminativa que resume su vida y su escritura. Sí, la vi con los ojos azules y la sigo viendo con ese color tan español, el azul pálido de la Ascensión. Y así la veo siempre en esa ascensión que ha sido su vida. Formada en lo profundo para esa soledad que Ud. ha sabido resistir. Pues en realidad siempre la sitúo en aquellos años en que nos veíamos con tanta frecuencia que nuestra conversación parecía no interrumpirse sino una continuación invisible en la que no se nos escapaban ni los corderos blancos ni los negros cuyos sacrificios sirven para penetrar en los infiernos, según las viejas lecturas odiseicas. Pero entonces la veía en su presencia, ahora la veo en su transfiguración, en la otra figura que todos somos y que pocos logramos ver, pero Ud. lo ha logrado, vivir en los dos planos, en algo que pudiéramos llamar sobrenaturaleza como si estuviera y no estuviera en estrecha relación una cámara con la otra. Es lo que hace ya muchos siglos los benedictinos llamaban la sobria ebriedad del espíritu, que nos permite la comunicación del Eros estelar con Gea, la devoradora.
Desde aquellos años Ud. está en estrecha relación con la vida de nosotros, eran años de secreta meditación y desenvuelta expresión. La veíamos con la frecuencia necesaria y nos daba la compañía que necesitábamos. Éramos tres o cuatro personas que nos acompañábamos y nos disimulábamos la desesperación. Porque sin duda donde Ud. hizo más labor de amistad secreta e inteligente fue entre nosotros. De ahí empezamos ya a verla con sus ojos azules, que nos daban la impresión de algo un tanto sobrenatural que se hacía cotidiano. Yo recuerdo aquellos años como los mejores de mi vida. Y Ud. estaba y penetraba en la Cuba secreta, que existirá mientras vivamos y luego reaparecerá en formas impalpables tal vez, pero duras y resistentes como la arena mojada.
No crea que he dejado de verla con su azul pálido. A través del tiempo he aprendido a mirarla como algo que está y no está y que se se nos presenta como una lejanía. Ud. ha sabido cultivarla y habitar esa lejanía que le da algo estelar y como de llegada en los momentos más difíciles.
Le escribo en estos días de Navidad en los que un suave rocío nos envuelve con su aire de epifanía. Quizás sea la mejor época para dialogar con Ud. ¿A quién dirigirnos sino a Ud. en los momentos de prueba, pero en los que permanece firme nuestro sentido de la persona y la de su dignidad?
Mi esposa tiene siempre la nostalgia de no haberla conocido en persona, pero yo la consuelo leyéndole algo suyo y nos comunicamos los tres. Ella y yo le mandamos nuestros mejores y cariñosos recuerdos. Un gran abrazo y la mejor salud espiritual y corporal con alegría.
José Lezama Lima
Supongo que hay algo de mirona en esto de gustar de la lectura de cartas ajenas. A mí me gustan las correspondencias. También. Miro, leo y redescubro autores cuya obra pública me apasiona y cuya escritura privada me parece, en su hermetismo, fascinante. Esta es la Carta XXXV de la correspondencia entre José Lezama Lima- María Zambrano. María Zambrano-María Luisa Bautista publicada por Ediciones la Espuela de Plata en edición de Javier Fornielles.
¡Que la disfruten!

miércoles, 13 de agosto de 2008

Tempestad de almas, Clarice Lispector

Ah, si lo hubiera sabido, no nacía, ah, si lo hubiera sabido, no nacía. La locura es vecina de la más cruel sensatez. Devoro la locura porque ella me alucina calmosamente. El anillo que tú me diste era de vidrio y se quebró y el amor no terminó, pero en lugar de él, el odio de los que aman. La silla es un objeto. Inútil mientras la miro. Dime, por favor, qué hora es, para que yo sepa que estoy viviendo en esta hora. La creatividad es desencadenada por un germen y yo no tengo hoy ese germen, pero tengo una incipiente locura que en sí misma es creación válida. Nada más tengo que ver con la validez de las cosas. Estoy libre o perdida. Voy a contarles un secreto: la vida es mortal. Mantenemos ese secreto en mutismo cada uno frente a sí mismo porque conviene, si no, sería volver cada instante mortal. El objeto silla siempre me interesó. Miro ésta que es antigua, comprada en un anticuario, y estilo imperio; no se podría imaginar mayor simplicidad de líneas, contrastando con el asiento de fieltro rojo. Amo a los objetos en la medida en que ellos no me aman. Pero si no comprendo lo que escribo no es mi culpa. Tengo que hablar, pues hablar salva. Pero no tengo una sola palabra que decir. Las palabras ya dichas me amordazan la boca. ¿Qué es lo que una persona le dice a otra? Además del "Hola, ¿qué tal?". Si tuvieran la locura de la franqueza, ¿qué se dirían las personas, unas a otras? Y lo peor sería lo que se diría una persona a sí misma, pero sería la salvación, aunque la franqueza esté determinada por el nivel consciente y el terror de la franqueza venga de la parte que está en el vastísimo inconsciente que me liga al mundo y a la creadora inconsciencia del mundo. Hoy es día de mucha estrella en el cielo, por lo menos así promete esta tarde triste que una palabra humana salvaría.
Abro bien los ojos, y no cambia: sólo veo. Pero el secreto, no lo veo ni lo siento. La victrola está rota y vivir sin música es traicionar la condición humana que está rodeada de música. Además, la música es una abstracción del pensamiento, hablo de Bach, Vivaldi, de Haendel. Sólo puedo escribir si estoy libre, y libre de censura, si no, sucumbo. Miro la silla estilo imperio y entonces es como si ella también me hubiera mirado y visto. El futuro es mío en tanto vivo. En el futuro se va a tener más tiempo de vivir, y de pso, escribir. En el futuro: si lo llego a saber, yo no hubiera nacido. Marli de Oliveira, yo no te escribo cartas porque sólo sé ser íntima. Además, sólo sé ser íntima en todas las circunstancias, por eso, soy muy callada. Todo lo que nunca se hizo, ¿se hará un día? El futuro de la tecnología amenaza destruir todo lo que es humano en el hombre, pero la tecnología no alcanza a la locura, y en ella es donde lo humano del hombre se refugia. Veo las flores en el jarrón: son flores del campo, nacidas sin ser plantadas, son lindas y amarillas. Pero mi cocinera dice: qué flores tan feas. Sólo porque es difícil de comprender y amar lo que es espontáneo y franciscano. Entender lo difícil no es mérito, pero amar lo fácil de amar es un gran paso en la escala humana. Cuántas mentiras estoy obligada a decir. Pero me gustaría no estar obligada a mentir conmigo misma. Si no, ¿qué me queda? La verdad es el residuo final de todas las cosas, y en mi inconsciente está la verdad que es la misma del mundo. La Luna está, como diría Paul Éluard, éclatante de silence. Hoy no sé si vamos a tener Luna visible, pues ya es tarde y no la veo en el cielo. Una vez miré de noche el cielo, con la cabeza echada para atrás, y me quedé tonta de tantas estrellas que se ven el campo, pues el cielo del campo es limpio. No hay lógica, si se piensa un poco, en la ilogicidad perfectamente equilibrada de la naturaleza. De la naturaleza humana también. Qué sería del mundo, del cosmos, si el hombre no existiera. Si yo pudiera escribir siempre así, como estoy escribiendo ahora, estaría en plena tempestad del cerebro que es lo que significa brainstorm. ¿Quién habrá inventado la silla? Alguien con amor a sí mismo. Inventó, entonces una mayor comodida para su cuerpo. Después los siglos se sucedieron y nadie más prestó realmente atención a una silla, pues usarla es casi automático. Es preciso tener valor para hacer un brainstorm: nunca se sabe lo que puede venir a asustarnos. El monstruo sagrado murió: en su lugar nació una niña que estaba sola. Bien sé que tengo que parar, no por causa de falta de palabras, sino porque estas cosas, y sobre todo las que sólo pensé escribir, no suelen publicarse en periódicos.
Este relato de Clarice Lispector pertenece a su libro Silencio.
Yo lo tengo traducido por Cristina Peri Rossi, a quien también admiro.
Debajo del título del relató, en lápiz escribí: marzo de 1996, porque a veces me da por intentar no perderme en los tiempos. Las partes que están en negrita son las que entonces subrayé. Claro que doce años después no todas tiene sentido, pero Clarice Lispector sigue siendo una de mis lecturas de la red que tejo para protegerme.
Espero que les resulte interesante.